SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI: La presencia real de Cristo en la Eucaristía

1Cor 11,23-26

Yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.” Asimismo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía.” Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

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Meditaciones sobre el Espíritu Santo (4/14): EL DOMINIO DE SÍ MISMO

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Amado Espíritu Santo, en el principio Tú aleteabas sobre las aguas y transformaste el caos en orden (cf. Gen 1,2). Ahora, también quieres traer orden al caos causado por el pecado: orden en nuestra vida interior y exterior. Fue tanto lo que se alborotó con el pecado original y los consiguientes pecados personales, a tal punto que tu amigo Pablo gemía al advertir esta ley en sus miembros que luchaba contra la ley de su espíritu, y que lo esclavizaba bajo la ley del pecado (cf. Rom 7,23). Junto con él, también nosotros gemimos: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…?” (Rom 7,24)

¡Pero esta situación no ha de permanecer así! ¡Debemos recuperar el dominio sobre nosotros mismos y no ser esclavos de nuestras pasiones y sentimientos! Nuestro Padre lo había dispuesto tan maravillosamente: Su Espíritu iluminaba nuestro espíritu humano, éste activaba a la voluntad, y todos los impulsos naturales estaban al servicio de las potencias superiores.

Pero ahora, Amado Espíritu Santo, las pasiones se rebelan contra nosotros, reflejando la Creación caída, que se rebela contra Dios. A esto vienen a añadirse, además, los espíritus caídos, que intentan confundirnos y obstaculizar los caminos de salvación de Dios.

¡Pero esta situación no ha de permanecer así!  

Oh Espíritu Santo, introdúcenos en la escuela del dominio de sí; enséñanos, a través de una prudente ascesis, a recuperar paso a paso el señorío sobre nosotros mismos. Si queremos crecer espiritualmente en el camino contigo, no podremos rehuir de este combate.

A Tu amigo San Benito, el padre de los monjes, le recomendaste la medida apropiada, para hallar equilibrio en la vida monástica: Ni demasiado ni muy poco. ¡Qué consejo tan sabio! Si lo acogemos y lo ponemos en práctica, aprenderemos a percibir con sensibilidad el camino a seguir, y seremos instruidos con prudencia en la continencia, porque con tanta facilidad perdemos la medida justa y caemos de un extremo al otro.

Pero, Amado Espíritu Santo, a veces tenemos que hacernos violencia, cuando nuestra concupiscencia nos provoca, presentándonos todo tipo de seducciones y queriendo embriagar nuestros sentidos. Muchas veces el enemigo de la humanidad se vale de esta concupiscencia y la acrecienta aún más, y tenemos que defendernos intensamente y luchar por nuestra libertad.

Pero no son sólo las fuertes emociones las que nos seducen. Incluso con los pensamientos debemos tener cuidado, para recuperar el dominio también sobre ellos y no darles rienda suelta, especialmente cuando tratan de imponerse.

Tener dominio sobre sí mismo significa que uno decide a cuáles pensamientos vale la pena entregarse y a cuáles, en cambio, les negamos nuestra atención, por ser malos, sin sentido o improductivos. A éstos últimos, como dice San Benito, debemos estrellarlos contra la roca que es Cristo.

Aunque debamos poner de nuestra parte y cooperar contigo, oh Espíritu Santo, nunca lograríamos todo esto con nuestras propias fuerzas.

Necesitamos Tu presencia, en la que podemos refugiarnos cuando nos vemos asediados; Tu presencia, en la que encontramos fortaleza para resistir; Tu presencia, en la que nuestra voluntad encuentra cada vez más su hogar y aprende a ejercer el dominio sobre nuestros impulsos, en la medida en que esto nos sea posible en nuestra vida terrenal…

¡Por eso, oh Espíritu Santo, te invocamos una y otra vez!

Es bueno rechazar con Tu fuerza el ataque del momento presente y todo aquello que quiere hacernos perder el equilibrio. Pero aún mejor es estar en constante e íntimo contacto contigo, de modo que Tú te conviertas en nuestra “brújula interior” y junto a ti podamos ejercer el dominio sobre nuestros deseos y pensamientos.

Así, Tú eres nuestro Señor, y en ti nos convertimos en señores sobre nosotros mismos. ¡Todo en un santo orden espiritual! ¡Y en tu luz, vemos la luz (cf. Sal 36,9)!

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Ser purificados para dar fruto

Jn 15,1-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Él corta todo sarmiento que en mí no da fruto, y limpia todo el que da fruto para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros podréis si no permanecéis en mí.

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Dios nos espera

Jn 6,35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Ésta es la voluntad de mi Padre: que quien vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y que yo le resucite el último día.”

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Apacienta mis ovejas

Jn 21,1.15-17 (Lectura correspondiente a la memoria de San Pío V)

En aquel tiempo, volvió a aparecerse Jesús a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dijo: “Apacienta mis corderos.” Volvió a preguntarle por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dijo: “Pastorea mis ovejas.” Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: ‘¿Me quieres?’, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.” Le dijo Jesús: “Apacienta mis ovejas.”

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Auténticas conversiones

Hch 2,14a.36-41

El día de Pentecostés, dijo Pedro a los judíos: “Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado.” Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados y para que recibáis el don del Espíritu Santo. La Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.”

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Elegir la vida es elegir a Dios

Dt 30,15-20

Moisés habló al pueblo diciendo: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios que yo te mando hoy, amando a Yahvé tu Dios, siguiendo sus directrices y guardando sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; Yahvé tu Dios te bendecirá en la tierra en la que vas a entrar para tomarla en posesión.

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Consejos espirituales

St 1,19-27

Tened esto presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar y para la ira, pues la ira del hombre no desemboca en lo que Dios quiere. Por eso, desechad todo tipo de inmundicia y de mal, que tanto abunda, y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras vidas.

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