SEGUNDA HERIDA: LA DECLARACIÓN DE ABU DABI

El Señor Resucitado dejó a sus discípulos el mandato de llevar el Evangelio al mundo entero, para ofrecer a todos los hombres la salvación en Cristo Jesús (Mt 28,19). Este mandato misionero sigue estando en vigencia.

La Iglesia es fecunda en la medida en que asume esta tarea. Es el Espíritu Santo quien la amonesta, la fortalece, la ilumina y le recuerda siempre la misión que el Redentor le encomendó. Si la Iglesia descuidara esta misión, daría un signo inequívoco de que el Espíritu Santo ya no está tan vivamente presente en ella. En su lugar se colocarían entonces las reflexiones meramente humanas. Pero el pensamiento humano puede ofuscarse con mucha facilidad, porque las intenciones del hombre, por buenas que sean, pueden caer bajo la influencia de las tinieblas y ponerse a su servicio.

Encontramos un claro ejemplo de esto en el Apóstol Pedro: él quiso impedir que Jesús subiera a Jerusalén porque sabía que allí le aguardarían sufrimientos. Pero Jesús le reprendió con toda vehemencia: “¡Apártate de mí, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mt 16,23).

Este pasaje del evangelio nos deja en claro que incluso detrás de una buena intención humana puede esconderse el demonio. Si no se aplica suficientemente el discernimiento de los espíritus, el diablo puede valerse de estas intenciones para sus planes inicuos.

En nuestra reflexión sobre Amoris Laetitia ya habíamos descubierto esta forma de proceder. Y algo similar podemos identificar en el ámbito del diálogo interreligioso. Este último sólo puede ser fecundo a nivel espiritual cuando sirve para preparar el terreno para el anuncio del Evangelio. El conocimiento de otra religión puede ayudar a percibir lo bueno que Dios ha sembrado en ella y servir de punto de partida para el anuncio de la Buena Nueva. El diálogo interreligioso también puede contribuir a una mejor convivencia entre personas de distintas religiones y a hacerla menos tensa, y puede servir para aplacar un endurecimiento infructuoso de los corazones.

Pero este diálogo jamás debe convertirse en un instrumento para relativizar la importancia del Evangelio y colocarlo a un mismo nivel con las otras religiones. Esto es lo que, por desgracia, sucedió en una declaración conjunta del Papa Francisco y el Gran Imán Ahmed Al-Tayyeb, firmada en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019. En un pasaje de esta “Declaración sobre la Fraternidad Humana” puede leerse la siguiente afirmación: “El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos.”[1]

Aun si posteriormente –a petición de Monseñor Athanasius Schneider (obispo auxiliar de Santa María en Astaná, Kazajistán)– el Papa Francisco aclaró que esta afirmación se refería a la voluntad permisiva de Dios, los textos oficiales permanecieron inalterados y están siendo utilizados como punto de referencia para el encuentro con las otras religiones[2]. Partiendo de esta declaración, se pretende enseñar que Dios quiere la diversidad de religiones.

Muchas otras declaraciones del actual Pontífice también sugieren que él ha renunciado a la misión entendida en su sentido originario; a saber, anunciar el Evangelio con autoridad para mover a los hombres a la conversión y a entrar en la Iglesia Católica.

Un claro indicio de esta tendencia fue la conferencia del arzobispo Bruno Forte el 4 de abril de 2022 en la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino (“Angelicum”) en Roma sobre la perspectiva de la Iglesia Católica en relación con el judaísmo.

Entre otras cosas, Monseñor Forte sugirió que, para promover las relaciones judeo-cristianas, “purificadas de toda forma de antisemitismo”, los cristianos deberían dejar de afirmar y predicar que la fe en Cristo es necesaria para la salvación también de los judíos.

El arzobispo Forte se hizo eco de una declaración publicada por judíos en 2016 (“Entre Jerusalén y Roma”), citando el siguiente pasaje de dicho documento: “Hacemos un llamamiento a todas las confesiones cristianas para que, si aún no lo han hecho, sigan el ejemplo de la Iglesia Católica y eliminen el antisemitismo de su liturgia y sus enseñanzas, pongan fin a la misión activa hacia los judíos y trabajen de la mano con nosotros, el pueblo judío, para alcanzar un mundo mejor.” [3]

Como trasfondo de estas declaraciones de Bruno Forte está el punto de vista de que Dios dispuso para los judíos un camino propio hacia Él a través de la Antigua Alianza y que, por tanto, no necesitan que se les anuncie el Evangelio. Las siguientes palabras de Jesús se oponen claramente a esta tendencia: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14,6). Vale recordar también esta frase de San Agustín: “Sólo la religión cristiana señala el camino hacia la salvación del alma, abierto a todos los hombres. Sin ella nadie se salvará” (De civitate Dei, 10, 32,1).

Siempre y cuando no cerremos nuestros ojos a la realidad, podremos notar inmediatamente la gravedad de la Declaración de la Abu Dabi y de las afirmaciones de Monseñor Bruno Forte. Si el diálogo interreligioso emprende este rumbo, pasa de ser un buen instrumento para el anuncio del evangelio a ser un arma de relativización y destrucción del carácter único e indispensable del mensaje del Evangelio. Lo trágico es que la actual jerarquía de la Iglesia y el actual Pontífice representan esta postura en el ámbito público. Evidentemente, también en esta cuestión puede verse una obediencia ciega a la jerarquía, sin darse cuenta de que aquí se está falsificando el mandato misionero del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos.

No sería justo echar la culpa de todo esto únicamente al Papa Francisco y a su Pontificado. Después del Concilio Vaticano II, algunos de cuyos documentos contenían –en mi opinión– formulaciones imprecisas sobre la relación entre la Iglesia y las demás religiones, cobró cada vez más fuerza aquella corriente que valoraba el diálogo interreligioso en sí mismo, sin considerarlo ya como un instrumento al servicio de la evangelización.

El entonces Cardenal Ratzinger, siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, definió claramente la unicidad de Cristo en el documento “Dominus Iesus” del 6 de agosto de 2000, señalando también de forma implícita los límites del diálogo interreligioso: “Sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios”[4].

El Pontificado actual, en cambio, es un vivo ejemplo de que la corriente de equiparar las religiones se ha impuesto en gran medida en la Iglesia. Esta tendencia ha obtenido su expresión oficial, por así decir, en la Declaración de Abu Dabi.

El renombrado filósofo Josef Seifert calificó esta Declaración como la “herejía de todas las herejías” y se pregunta en su artículo del 8 de febrero de 2019: “¿Cómo puede Dios querer religiones que niegan la divinidad de Cristo y su resurrección?” [5] Por tanto, concluye que la declaración de Francisco abarca todas las herejías.

A este grave error le han sido abiertas ahora de par en par las puertas de la Iglesia Católica, cuyo aspecto ha sido transformado en consecuencia. En lugar de que los católicos anuncien a todos los hombres la salvación a través de todos los caminos que el Espíritu Santo les muestre, su pensamiento está siendo confundido por esta tendencia errónea. Si se continúa por este rumbo, es de temer que se renuncie a la unicidad del mensaje de salvación de Cristo en aras de fomentar la paz entre las religiones.

El Papa León XIII ya había señalado con claridad este peligro: “El grande error de estos tiempos [es] el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás.” [6]

¡Qué gran engaño se manifiesta aquí, obrado por ese “espíritu distinto” (cf. 2Cor 11,4), que nada teme tanto como al anuncio del Evangelio y la sincera conversión de los hombres a Dios! Parece escucharse nuevamente aquí la voz de la serpiente en el Paraíso, que ahora aparece disfrazada con un ropaje religioso para engañar con mayor eficacia. Es como si dijera: “¿Acaso Dios ha dicho que una sola religión es el camino recto? ¿Acaso no quiso a todas las religiones por igual?”

Pero, ¿cómo fue posible que se introdujera este flagrante cambio en nuestra santa Iglesia?

Evidentemente el fuego del Espíritu Santo ya no arde en ella con la misma fuerza, porque esta tergiversación del mandato misionero no puede ser inspirada por el mismo Espíritu que impulsó a tantos misioneros a llevar el Evangelio hasta los confines más recónditos de la tierra, aun arriesgando su propia vida y asumiendo fatigas inimaginables. Un espíritu de engaño debe haberse infiltrado hasta las más altas cúpulas de la Iglesia, empañando su espíritu de discernimiento.

¿Cómo es posible que el mandato inequívoco de Jesús de evangelizar a todos los pueblos –empezando por los judíos– se haya descuidado a tal punto que los responsables de la Iglesia incluso estén en peligro de convertirse en instrumentos para fomentar una religión universal?

Algo similar está sucediendo en el ecumenismo. En lugar de hacer traslucir la catolicidad de la Santa Iglesia e invitar así a las diversas confesiones cristianas a acoger la plenitud de la fe contenida en ella, se oculta cada vez más la propia identidad, con la ilusión de que así se podría lograr una mayor unidad.

Pero, ¿qué es lo que realmente necesitan los hombres? Están llamados a convertirse y volverse a Dios, a guardar sus mandamientos y a acoger la gracia que el Padre nos ofrece en su Hijo. Si aceptan esta gracia y cooperan con ella, entonces también estará en condición de configurar las realidades políticas y la vida de las naciones a la luz de Dios. Sin embargo, esto no será posible mientras los gobiernos y las instituciones internacionales confundan y coaccionen a los hombres con sus políticas anticristianas.

Nunca se podrá insistir lo suficiente en que la Declaración de Abu Dabi es un engaño, que persigue una unidad que no está cimentada en Dios, porque al mismo tiempo implica renunciar al mandato misionero que el Señor encomendó a la Iglesia. Los hombres están siendo privados del anuncio del Evangelio. A los representantes del Islam se los deja en su desconocimiento sobre Jesús como Hijo de Dios, de modo que no encuentran el camino de la salvación. A los judíos –el “primer amor” de Dios– se los priva de la luz del Evangelio, que es el único que puede mostrarles en toda su plenitud el camino hacia Dios.

Además, esta actitud afecta también a los pertenecientes a las otras religiones y a todos los hombres del mundo entero. Ya no se les anuncia auténticamente el Evangelio y, por tanto, se les engaña, porque el Nombre de Jesús es el único “nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados” (Hch 4,12).

Detrás de tales desarrollos sólo puede estar la influencia de Lucifer mismo, que engaña a los hombres.

Monseñor Athanasius Schneider tiene razón cuando dice:

“Ninguna autoridad en la tierra – ni siquiera la autoridad suprema de la Iglesia – tiene el derecho de dispensar a cualquier seguidor de otra religión de la fe explícita en Jesucristo, es decir, de la fe en el hijo de Dios encarnado y en el único Redentor de los hombres asegurándoles que las diferentes religiones son como tales, deseadas por Dios mismo.” [7]

En la próxima herida, en la que abordaremos el culto idolátrico a la Pachamama en el Vaticano, veremos hasta qué punto se puede llegar –incluso dentro de la Iglesia Católica– cuando se emprende esta dirección errónea y ya no se aplica lo suficiente el discernimiento de los espíritus.

 

[1] https://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html

[2] https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=34833

[3] https://www.lifesitenews.com/news/italian-archbishop-contradicts-church-teaching-says-jews-dont-need-to-accept-christ-to-be-saved/

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración “Dominus Iesus” (6 de agosto de 2000), Art. 21: https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20000806_dominus-iesus_sp.html

[5] https://infovaticana.com/2019/02/11/profesor-seifert-como-puede-dios-querer-religiones-que-niegan-la-divinidad-de-cristo/

[6] León XIII, Encíclica “Humanum genus” (20 de abril de 1884), n. 13: https://es.catholic.net/op/articulos/2509/humanum-genus.html

[7] https://www.infocatolica.com/blog/caritas.php/1902081022-239-mons-schneider-reafirma-l

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