LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (V): El don de ciencia

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma?” (Mt 16,26)

A través de los cuatro primeros dones (el de temor, piedad, fortaleza y consejo), el Espíritu Santo guía sobre todo nuestra vida moral. En cambio, a través de los tres últimos dones (ciencia, entendimiento y sabiduría), Él conduce directamente nuestra vida sobrenatural; es decir, nuestra vida centrada en Dios.

Los cuatro primeros dones llevan a su perfección a las virtudes cardinales; los últimos tres, en cambio, completan las virtudes teologales. Estos tres últimos dones se relacionan con la contemplación, con la vida de oración, con la unificación con Dios.

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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (IV): El don de consejo

“Habla, Señor; tu siervo escucha.” (1Sam 3,9)

El Espíritu Santo nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (cf. Jn 14,26). Él habita en nosotros y nos enseña qué hacer en las situaciones concretas de nuestra vida. Gracias al don de consejo, llegamos a ser capaces de percibir en nuestro interior la silenciosa voz del Espíritu Santo y a distinguirla de otras voces. Sin embargo, esto requiere la capacidad del silencio interior y estar dispuestos a sustraerse del bullicio y del caos de tantas diversas opiniones y puntos de vista, ya sea fuera como dentro de nosotros.

Al practicar la virtud de la prudencia, hemos aprendido a verlo todo desde la perspectiva de Dios. Sin embargo, debido a la imperfección de nuestra naturaleza, queda la incertidumbre de si realmente somos capaces de distinguir la voz del Espiritu Santo de nuestros propios pensamientos u otras voces. La acción del Espíritu Santo en nuestro interior es más bien suave y silenciosa, como una suave brisa (cf. 1Re 19,11-12). A medida que nos familiarizamos con Él, aprendemos a distinguir con mayor precisión su voz. Sin embargo, precisamos una creciente libertad interior, para que no estemos tan atrapados en nuestros propios puntos de vista, deseos e ilusiones que la delicada voz del Espíritu no pueda penetrar en nosotros. Necesitamos esta luz interior, que nos permite captar en un instante la Voluntad de Dios.

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 LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (III): El don de fortaleza

“Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro” (Lc 11,21)

El don de fortaleza se encarga de robustecer al alma para que sea cada vez más valiente en el servicio del Señor. Nos da la fuerza para seguir las mociones e impulsos del Espíritu Santo, para aceptarlo todo y querer todo lo que Dios quiere.

La virtud de la fortaleza sola llega a sus límites cuando se enfrenta a las exigencias más altas de la vida espiritual. Puede suceder, por ejemplo, que queremos entregarnos del todo a Dios, pero aún sentimos miedo de desprendernos por completo y abandonarnos enteramente en Él. Aunque reconocemos lo que Dios quiere de nosotros, y en principio nosotros mismos también lo queremos, somos demasiado débiles para concretizarlo. Entonces, Dios interviene directamente con el espíritu de fortaleza, ayudándonos así a dar los pasos decisivos. De esta manera, el alma fortalecida queda dispuesta a cumplir la Voluntad del Padre, aunque sea a precio de grandes sacrificios.

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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (II): El don de piedad

“El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16)

El don de piedad nos lleva a adherirnos a Dios con amor filial, no queriendo ofenderlo de ninguna manera.

El espíritu de piedad toca y vivifica nuestra vida espiritual con un nuevo brillo, suave y delicado. Bajo su influjo, la relación con Dios y con el prójimo alcanzará otro nivel de amor. La piedad quiere conquistar el corazón de Dios, a quien reconoce como amantísimo Padre.

Por tanto, no se contenta con evitar todo lo que podría afectar aun en lo más mínimo la relación con Él (lo cual es efecto del don de temor); sino que va más allá, queriendo complacer al Señor en todas las cosas. El hombre movido por el espíritu de piedad busca vivir como verdadero hijo de Dios. De esta manera, aún las obligaciones más duras y pesadas pueden tornarse fáciles y dulces. En este contexto, vale recordar una frase de la venerable Anne de Guigné (que murió en olor de santidad con apenas 11 años de vida): “Nada es difícil si se ama a Dios”.

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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (I): El don de temor de Dios

En la Fiesta de Pentecostés, celebramos el descenso del Espíritu Santo.

¡Qué extraordinario cambio vemos en los apóstoles! Ellos, que eran pusilánimes y temerosos, se convierten, gracias a la presencia del Espíritu Santo, en potentes mensajeros del amor de Dios; y proclaman intrépidamente el Evangelio. El gran milagro de que cada uno de los oyentes –procedentes de los más diversos rincones del mundo– podía entender el mensaje de los apóstoles en su propia lengua (cf. Ap 1,8), era un signo para el futuro. Fue como si por un momento se hubiese abolido la confusión de lenguas, para que, al anunciar los apóstoles las maravillas de Dios, todos los hombres pudiesen escucharlas.

Vemos, pues, que el Espíritu Santo fue enviado por el Padre y el Hijo para la evangelización; para llevar adelante la obra del Señor, iluminando, fortaleciendo y moviendo a la Iglesia, que había recibido del Resucitado el encargo de ir al mundo entero y anunciar la Buena Nueva (Mt 28,19-20). Por tanto, el Espíritu Santo es el gran evangelizador.

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VIA CRUCIS – XIV Estación: Jesús es sepultado

 VÍA CRUCIS

                 XIV Estación: “Jesús es sepultado”

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)

R. Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).

“Informado por el centurión [de que Jesús había muerto, Pilato] entregó el cuerpo muerto a José. Entonces éste, después de comprar una sábana, lo descolgó y lo envolvió en ella, lo depositó en un sepulcro que estaba excavado en una roca e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de José observaban dónde lo colocaban” (Mc 15,45-47).

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 VÍA CRUCIS – XIII Estación: “Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su madre”

 

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)

R. Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).

Una vez más nos encontramos con María en el Vía Crucis, así como en la Cuarta Estación y a los pies de la Cruz.

Dios quiso que su Hijo, a quien Ella dio a luz, volviera a ser colocado en su regazo después de su muerte, antes de descender al Reino de los muertos para anunciar la Buena Nueva a los que allí le esperaban, para que también ellos recibieran la gracia de la Redención.

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 VÍA CRUCIS – XII Estación: “Jesús muere en la cruz”  

 

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)

R. Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46).

“Todo está cumplido” (Jn 19,30).

Estas son dos de las palabras que escuchamos de boca de Jesús antes de expirar, según el testimonio de los evangelios.

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” –exclama Jesús en representación nuestra, puesto que Él carga en la cruz todo el peso de nuestros pecados. El pecado nos separa de Dios, desfigura nuestro ser, nos desarraiga y nos conduce hacia el abismo de la nada: falta de sentido, desesperanza, dependencia del pecado y de aquel que quiere inducirnos a pecar…

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VÍA CRUCIS – X Estación: “Jesús es despojado de sus vestiduras”  


 

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)

R. Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).

A los verdugos que tenían el encargo de matar a Jesús no les bastó con crucificarlo. Quisieron humillarlo aún más al despojarlo de sus vestiduras.

Nosotros, los hombres, somos despojados de nuestra dignidad cuando pecamos.  Mientras que la gracia nos envuelve con la luz de Dios y nos transforma con la vida divina, el pecado desgarra la túnica de la gracia y nos deshonra, de manera que quedamos desnudos y desprotegidos, poniendo en peligro nuestra dignidad.

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VÍA CRUCIS – IX Estación: “Jesús cae por tercera vez bajo la cruz”



V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)

R. Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).

Todo tiene que consumarse. Desde esta perspectiva, también podemos comprender la triple caída de Jesús. El mundo imperfecto y pecaminoso debía ser redimido en su totalidad.

La triple caída de Jesús nos recuerda a la triple negación de su amado discípulo Pedro.

Jesús lo tiene todo en cuenta, callando, escuchando a Dios, cargando el pecado de la humanidad y volviéndose a levantar bajo el peso de la cruz. Continúa su camino hacia la glorificación del Padre. Él cumplirá su misión por nosotros, los hombres, para que no perezcamos y para convertirse Él mismo en nuestro camino, verdad y vida.

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