“LA GUÍA PACIENTE DE DIOS”

«Siempre debe ser mi guía la que ordene todo según la sabiduría» (Palabra interior).

A través de sus mandamientos y santas palabras, así como de las circunstancias de vida en las que nos ha colocado, nuestro divino Padre no solo nos ofrece una orientación general sobre cómo debemos vivir, sino que también quiere asumir concretamente las riendas de nuestra vida. Nos resultará fácil comprenderlo si tenemos presente que el Padre conoce nuestra vida en su totalidad y que, desde el principio, le ha dado un sentido y una misión específicos. En la Carta a los Efesios, san Pablo afirma: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer las obras buenas que Dios había preparado para que las practicáramos» (Ef 2,10).

Por lo tanto, se trata de encontrar la pista que nuestro Padre ha trazado para nuestra vida y seguir su guía en este camino. En realidad, es una tarea fácil, pues siempre podemos contar con la ayuda de Dios. ¿Qué anhela más el Señor que el hecho de que le escuchemos y que nuestra vida se despliegue en toda su fecundidad?

Lo que a menudo nos falta es la intimidad con Dios y la capacidad para percibir su voz. Para ello, también es necesario atravesar ciertos procesos de purificación, ya que debemos aprender a distinguir entre la guía del Señor y nuestros propios deseos. Además, hemos de superar nuestras inclinaciones desordenadas, que disminuyen nuestra receptividad hacia la voz del Señor.

Sin embargo, nuestro Padre no se rinde ante nuestras deficiencias. Con gran paciencia y perseverancia, intenta ordenar nuestra vida según su Espíritu y su sabiduría. Así, nos saca una y otra vez de diversos enredos, ya sean interiores o exteriores, hasta que seamos capaces de percibir con mayor facilidad su suave voz en el Espíritu Santo y la sigamos de buen grado.

Entonces, el camino se vuelve más fácil y nuestros pasos, más ágiles, aunque, visto desde fuera, parezca más difícil y cargado de fatigas.