«Prestemos mucha atención a que, una vez que hayamos emprendido el camino del Señor, no nos alejemos de él en ningún momento por nuestra propia culpa o ignorancia» (Santa Clara de Asís).
Podemos estar seguros del amor de Dios, que nunca nos abandona. Sin embargo, al mismo tiempo, estamos llamados a recorrer nuestro camino en pos de Cristo con suma vigilancia. Eso corresponde a una visión realista de nuestra condición de seres humanos falibles. La vigilancia combina una profunda confianza en nuestro Padre Celestial con la sobriedad y la prudencia necesarias para evitar cualquier tipo de frivolidad y falsa seguridad.
No obstante, la atención a la que nos exhorta santa Clara no es ansiosa ni, mucho menos, tensa. Más bien, es la actitud de un guerrero lleno de amor que, con el don del temor de Dios, evita todo aquello que pudiera separarlo de su amado Padre.
En efecto, es el amor el que nos mueve, pues es él quien responde a la invitación de Dios. En primer lugar, nos lleva a adoptar ante nuestro Padre la actitud receptiva de la Virgen María. A continuación, nos impulsa a la lucha activa para preservar la gracia recibida. Se le ha encomendado el combate espiritual, que debe librar con profunda confianza, pero también con la vigilancia de un guerrero. Los enemigos están ahí, tanto dentro como fuera de nosotros. En cierto sentido, mientras dure nuestra vida terrenal, nunca podremos despojarnos por completo de la armadura espiritual (cf. Ef 6,13-17), pues «vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1Pe 5, 8).
Como «guerreros del amor», pedimos al Espíritu Santo que vele sobre nosotros, que nos haga notar hasta la más mínima desviación de nuestro camino y que se interponga. Este es un paso eficaz para conservar nuestra vigilancia y para no alejarnos en ningún momento del camino del Señor por nuestra propia culpa o ignorancia.
