«Tengo una profunda confianza en mi querido Padre del Cielo de que todo saldrá bien, y por eso aguardo con calma todo lo que esté por venir» (Santa Isabel de Dijon).
La frase de hoy es de una carmelita a la que generalmente se conoce por su nombre religioso: Sor Isabel de la Santísima Trinidad.
El estado interior que describe la santa es envidiable. Como ella misma nos cuenta, ya de niña amaba profundamente al Señor: «Me encantaba rezar y amaba tanto a Dios que, incluso antes de mi primera comunión, no entendía cómo se podía entregar el corazón a nadie más que a Él».
Hay personas en las que esa confianza en Dios parece innata. Sin embargo, también hay otras en las que tal actitud se va forjando poco a poco en el camino interior con el Señor.
A través del Mensaje a sor Eugenia Ravasio, nuestro Padre nos hace saber cuánto anhela esa confianza de nuestra parte, que es el gran deseo de su corazón. Se trata de la apertura de nuestro corazón hacia Él, lo que le permite comunicarnos su amor. Cuando nos sabemos amados por Dios y estamos seguros de ese amor, podemos afrontar con serenidad todo el porvenir.
Es importante que tomemos conciencia de ello, pues significa que la confianza en que todas las cosas que están por venir serán para nuestro bien es fruto de un amor cada vez más profundo hacia Dios. Eso no quita que pueda haber etapas difíciles en el camino: cruces que debemos cargar, valles que hay que atravesar, acontecimientos inesperados que hay que afrontar… Sin embargo, la confianza íntima en nuestro amado Padre no solo nos sostiene, sino que es la luz que nos permite comprender por fe que todo lo que pueda suceder permanece firmemente en las manos de Dios, quien lo conducirá todo a buen término.
Esta actitud de confianza honra a nuestro amado Padre. ¡Podemos pedírsela y dar cada día pasos de confianza!
