«No duerme ni reposa el guardián de Israel» (Sal 120,4).
Así es, amado Padre: Tú siempre velas sobre nosotros. Esa vigilancia brota de tu amor por nosotros y no tiene nada que ver con la desconfianza que nosotros, los hombres, lamentablemente aún solemos albergar.
Es una forma totalmente distinta de velar por alguien y resulta casi inimaginable para nuestra limitada capacidad humana. Pero confiamos en tu palabra y nos sabemos cobijados bajo tu mirada. Si realmente asimiláramos esta frase en lo más profundo de nuestro ser, ¡cómo cambiaría nuestra vida! Podríamos liberarnos de la tensión con la que a menudo cuidamos de nosotros mismos. Si, además, buscamos tus caminos y no los nuestros, ¿qué puede sucedernos?
En realidad, cada día es una maravillosa oportunidad para aceptar sin miedo todo lo que éste trae consigo y superarlo en unión contigo. Por desgracia, lo olvidamos con tanta frecuencia que, a veces, nuestra alma parece quedarse pegada al suelo. La certeza de que Tú estás ahí y nunca nos olvidas, aunque nosotros muchas veces te perdamos de vista, debería ahuyentar cualquier tristeza desordenada.
Pero no solo estás pendiente de nosotros, amado Padre, sino que tampoco se te escapa el mal y la miseria de este mundo: las guerras y tantas injusticias. Aunque no siempre nos resulte fácil comprenderlo, sabemos que tú lo conducirás todo hacia la meta que tu sabiduría ha dispuesto. Puesto que no podemos prever de antemano cómo lo harás, hemos de dar pasos de fe y confianza.
Al mismo tiempo, el verso del salmo es una invitación a prestar mucha atención a nuestra vida, para que refleje tu amor y podamos rendirte cuentas de lo que hemos hecho con ella.
Quizás, amado Padre, podamos despertar de nuestro letargo y tu amor nos enseñe a estar siempre en vela, cuidando en tu Espíritu de aquellos que nos has confiado.
