Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

Una vez más, san Pablo nos deja claro que Jesús ha sido enviado para reconciliarlo todo con el Padre. Este es el camino de salvación que Dios ha elegido. Al anunciar esta verdad como Iglesia, de ningún modo nos estamos considerando superiores a los demás, sino que simplemente transmitimos lo que Dios mismo nos ha revelado. Sería falsa humildad dejar de proclamar el mensaje del Señor para evitar dar esa impresión.

Es importante volver a tomar conciencia de esta verdad, porque hoy en día, en no pocas ocasiones, parece que ya no se quiere profesar la misión de la Iglesia como es debido, especialmente entre sus líderes. Pero, si se ha recibido un encargo —y fue el propio Señor Resucitado quien se lo encomendó a sus discípulos—, entonces los enviados deben colocarse por detrás de aquel que los ha enviado. Los mensajeros pueden sopesar con prudencia cuándo, cómo y en qué momento decir lo apropiado, pero eso nunca les da el derecho de alterar de ningún modo el mensaje que se les ha encomendado anunciar.

Sin duda, la cuestión de la paz en el mundo reviste una gran importancia en el tiempo actual. Si escuchamos atentamente las palabras de Jesús en el Evangelio de san Juan, en las que habla de la paz que Él nos deja y que el mundo no puede dar (Jn 14, 27), podemos constatar fácilmente que existen requisitos previos para que reine la verdadera paz. San Pablo las menciona en su «himno cristológico»: «Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas: haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra».

Por tanto, la reconciliación se produce gracias al sacrificio del Señor. La verdadera paz sólo puede entrar en el corazón de los hombres cuando aceptan el don de Dios, se convierten a Él y se someten a su guía.

Sería fatal que la Iglesia dejara de cumplir la misión que se le ha encomendado en este ámbito, anunciando precisamente estas condiciones indispensables. Los acuerdos humanos se desmoronan con mucha facilidad, y la colaboración entre las diferentes religiones en pro de la paz tampoco será la solución. Una verdadera contribución a la paz que proviene de Dios siempre debe incluir el anuncio de que sólo a través de la reconciliación con Dios por medio de Cristo puede surgir aquella paz que se cimienta en el amor y en la verdad.

Si nos preguntamos cuál es la paz que Jesús estableció «con los seres del cielo» mediante su sacrificio, puede resultarnos útil la siguiente explicación del exégeta Cornelio a Lapide:

«San Juan Crisóstomo, san Agustín, Teodoreto y muchos otros que siguieron su pensamiento consideran que los ángeles buenos solo se ven afectados por la pacificación, pero no por la reconciliación. Al igual que su Maestro, estos estaban con toda razón indignados ante la humanidad pecadora, pero cuando Dios se reconcilió con los hombres, restableció la paz entre las huestes angélicas y el mundo humano».

Concluido el himno cristológico, san Pablo aplica concretamente sus palabras y se dirige directamente a la comunidad de Colosas:

«Y a vosotros, que en otro tiempo erais extraños y enemigos por vuestros pensamientos y malas obras, ahora sin embargo os reconcilió mediante la muerte sufrida en su cuerpo de carne, para presentaros santos, sin mancha e irreprochables delante de él, con tal de que permanezcáis cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que escuchasteis, que fue predicado a toda criatura que hay bajo el cielo, y del cual yo, Pablo, he sido constituido servidor. Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina, dada en favor vuestro: para cumplir el encargo de anunciar la palabra de Dios, es decir, el misterio que estuvo escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha sido manifestado a sus santos» (Col 1,21-26).

Al tomar conciencia de todo lo que el Señor les había concedido, los cristianos de Colosas debían emprender con seriedad el camino en pos de Cristo, agradecidos por haber sido liberados del alejamiento de Dios, de la enemistad y de las malas obras. El recuerdo de las malas acciones cometidas en el pasado debía ayudarles a mantener viva la conciencia de que habían sido rescatados. La salvación no nos llega por nuestros propios méritos, sino por el sacrificio de Cristo. Solo puede desvanecerse el recuerdo de los pecados del pasado cuando los fieles empiezan a cooperar con la gracia de Dios. Para ello, necesitan perseverancia. Por lo tanto, es necesario ofrecer resistencia a todos los ataques contra la fe y cimentarse cada vez más en ella.

La tarea del Apóstol de los Gentiles consistía en anunciarles esta fe en toda su plenitud. Para cumplir esta misión, estaba dispuesto a ofrecer todos sus sufrimientos, completando así lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo. En la meditación de mañana, retomaremos y profundizaremos en esta última afirmación.

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Meditación sobre la lectura del día:

https://es.elijamission.net/la-humildad-es-servir-a-la-verdad-2/

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