“ENVAINA TU ESPADA”

“Jesús le dijo a Pedro: ‘Envaina tu espada. ¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?’” (Jn 18,11).

¿Acaso no podemos comprender la reacción de Pedro? En el huerto de Getsemaní, tuvo que ver con sus propios ojos cómo apresaban a su amado Maestro. ¿No debería defenderlo? ¿No estaría demostrándole así a Jesús su amor, su fidelidad y también su valentía?

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“ESCUCHADLE”

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17,5).

Nuestro Padre nos da esta instrucción en el Monte Tabor, durante la Transfiguración de Jesús, dirigiéndose en primera instancia a los 3 discípulos que acompañaron a Jesús en ese momento. Ellos pudieron experimentar la gloriosa Transfiguración del Señor, y sabemos cuán sobrecogido quedó Pedro al ver que aparecieron también Moisés y Elías, los representantes de la Ley y de los Profetas. ¡Qué plenitud! Ciertamente los discípulos apenas podían creer lo que sus ojos estaban viendo.

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“QUIERO QUE ESTÉN CONMIGO” 

“Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado” (Jn 17,24a).

En estas palabras, Jesús expresa a plenitud su amor por nosotros. Él quiere tenernos para siempre consigo. A ningún mejor lugar podría llevarnos que a su Reino eterno, en comunión con el Padre Celestial, el Espíritu Santo y todos aquellos cuyo corazón pertenece a Dios.

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“RECONOCER A DIOS COMO PADRE” 

“En mi bondad paternal os lo daré todo, siempre y cuando me reconozcáis como vuestro verdadero Padre” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre puede y quiere darnos todo; dársenos Él mismo junto con todo lo que necesitamos para nuestra vida natural y sobrenatural; darnos alegría en la vida presente y dicha incesante en la eternidad. Y la condición que nos pone para recibir todo ello es muy fácil pero indispensable: es necesario que lo reconozcamos como nuestro Padre.

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EL NOMBRE DE JESÚS

“Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11b).

El Nombre de Jesús…

¡Cuán fuerte resuena en el corazón!
Su Nombre puede y debe convertirse en el gran amor de nuestra vida.
Fue el Padre quien le dio “el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,9) y “no hay ningún otro Nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados” (Hch 4,12).
Es el Padre quien nos preserva en el Nombre de su Hijo.
Si morimos con el Nombre de Jesús en los labios, viviremos para la eternidad.

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“SALÍ DEL PADRE” 

“Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16,28).

Esta es la realidad de nuestro Señor Jesús, que todo lo abarca. El Señor procede del Padre, cumple su misión en el mundo y vuelve al Padre. Todo se orienta al Padre; todas las palabras que Jesús pronuncia, todas sus obras, todo es un testimonio vivo del amor del Padre por el Hijo y por nosotros, así como también del amor del Hijo por el Padre y por nosotros, los hombres.

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“EL QUE ME HA VISTO A MÍ, HA VISTO AL PADRE”

“Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre. El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,7.9).

Estas palabras de nuestro Señor nos llevan al conocimiento del Padre. Nuestro Salvador quiere darnos a conocer al Padre, y entendemos que Él realiza las obras de su Padre para que el Padre sea glorificado y nosotros lo conozcamos como Él es en verdad (Jn 10,37-38).

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“EL HIJO OS DA LIBERTAD”

“Mientras el hombre no viva en la verdad, no podrá gustar la verdadera libertad” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Sin verdad, no puede haber auténtica libertad. “La verdad os hará libres” –nos dice el Señor en el Evangelio. Sólo el vivir en consonancia con el Padre nos conducirá allí donde habita la verdadera libertad.

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