“Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo” (Sal 30,5).
El salmista no se refiere aquí a la red del amor, aquella que los discípulos del Señor han de echar en el mundo para conquistar almas para el Reino de Dios (Mt 4,19).
“Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo” (Sal 30,5).
El salmista no se refiere aquí a la red del amor, aquella que los discípulos del Señor han de echar en el mundo para conquistar almas para el Reino de Dios (Mt 4,19).
Apenas habías llegado al mundo, oh Divino Niño, cuando Tus padres tuvieron que huir contigo a Egipto. Es admirable la obediencia de Tu padre adoptivo, San José, al partir de inmediato en cuanto hubo recibido esta orden en un sueño (Mt 2,13-14).
El esfuerzo, las fatigas y adversidades, el sufrimiento y la muerte caracterizan este mundo como consecuencia del pecado, y estaríamos para siempre perdidos si no fuera porque Tú viniste a nosotros y nos trajiste la luz de la esperanza.
“No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él” (Sal 48,17-18).
¿Qué nos llevaremos a la hora de nuestra muerte? ¿Qué podremos ofrecerle como regalo a nuestro Padre, a Aquél que es dueño de todo, que es inconmensurablemente rico y a quien nada le falta?
Como judíos fieles a la Ley del Señor, a los ocho días de Tu Nacimiento Tus padres te circuncidaron y te pusieron el nombre de Jesús, el Salvador (Lc 2,21).
Cuando, cuarenta días después, te llevaron al Templo para presentarte al Señor, te encontraste con Simeón, uno de los fieles de Tu Pueblo (Lc 2,22-25). El Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de haberte visto. ¡Y así sucedió! Lleno del Espíritu Santo y tomándote en Sus brazos, pronunció sobre Ti aquellas inolvidables palabras:
“No temas a la vejez; Yo soy la eternidad” (Palabra interior).
La edad puede traer sabiduría. Cuando una persona ha madurado bajo la guía de Dios, también será capaz de transmitir esta sabiduría a otras personas. El Padre mismo se hace presente en ella. La mayor sabiduría consiste en hacer todo lo que Dios nos ha encomendado en esta vida con la mirada puesta en la vida eterna.
Amado Niño, podríamos exultar de gozo sin cesar, especialmente cuando miramos a Tu incomparable Madre y a San José…
¡Qué calidez rodea a la Sagrada Familia! Con su humanidad, impregnada por el Espíritu de Dios, santifica al núcleo de la sociedad humana: la familia.
¿Cómo se habrán sentido María y José, teniéndote entre ellos y comprendiendo quién es Aquél que les había sido encomendado?
“Así hace el que teme al Señor, el que abraza la Ley logra sabiduría” (Sir 15,1).
“Primicia de la sabiduría es el temor del Señor” –nos dice el salmo (Sal 110,10). Este precioso don del Señor quiere llevarnos a no hacer nada que pudiese ofender de una u otra manera al Señor o al prójimo, que fue creado a su imagen y semejanza (Gen 1,27). Así, nos enseña una gran vigilancia y precaución, sabiendo bien con qué facilidad se puede ofender al amor y cuán graves consecuencias puede esto acarrear.
Tú quisiste escoger personas sencillas: eran pastores (Lc 2,8-20). Tú, Amado Niño, amas la sencillez. En un corazón sencillo Tú puedes entrar más fácilmente.
Y Tú también nos haces sencillos. No hace falta saberlo todo de inmediato. Más importante es dejar arder Tu amor en nosotros y apresurarnos como los pastores a transmitir la Buena Nueva.
“Mi alma está unida a ti, porque por ti, Dios mío, mi cuerpo fue lapidado” (Antífona de Laudes para la Fiesta de San Esteban).
Estas palabras habría exclamado San Esteban, expresando en ellas su gran amor al Padre. Su alma le pertenecía a Dios, quien lo había atraído tan cerca de su corazón que lo hizo dispuesto incluso a la muerte por amor a Él.
“Gloria cantan los querubes en los campos de Belén…”
Tú no solamente eres la alegría de Israel y de la humanidad entera; sino también la de los ángeles, nuestros amigos del cielo.
¡Cómo os habréis regocijado, amados ángeles, cuando reconocisteis en la luz de Dios Su inmensa Sabiduría al escoger este camino de salvación!