EL DON DEL ESPÍRITU SANTO

“El Espíritu Santo está siempre dispuesto a iluminaros y fortaleceros” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

El gran don del Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, hace que nuestra alma sea iluminada por la luz sobrenatural de Dios, de manera que aprendemos a verlo todo desde la perspectiva de nuestro Padre Celestial. Él es la luz de la luz, y en cuanto nos dirigimos al Espíritu Santo pidiéndole que nos ilumine, Él abrirá nuestros ojos interiores para que podamos ver y percibir mejor la gloria del Padre. 

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Os envío como ovejas en medio de lobos

Lc 10,1-9

En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las poblaciones y sitios adonde él había de ir. Pero antes les dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id, pero sabed que os envío como ovejas en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.

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Dios se manifiesta en las obras de la Creación

Rom 1,16-25

Yo no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío en primer lugar, pero también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: ‘El justo vivirá por la fe’. En efecto, la ira de Dios se revela desde el cielo contra las maldades e injusticias de los hombres que aprisionan la verdad con su injusticia, pues ellos tienen claro lo que se puede conocer de Dios, ya que el propio Dios se lo manifestó.

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UNA IMAGEN DE DIOS PADRE

“Que el signo visible de mi presencia invisible sea una imagen, mostrando que realmente estoy presente. Así, todos los hombres desarrollarán sus actividades bajo la mirada de su Padre” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Este es uno de los deseos que nuestro Padre Celestial transmitió a la Madre Eugenia Ravasio. A raíz de ello, se hizo y se difundió una imagen de Dios Padre. Yo (el Hno. Elías), quien escribe esta meditación, le pedí a un iconógrafo búlgaro que escribiera un ícono conforme a las prescripciones de la imagen existente. Este ícono se encuentra en la cripta de adoración perpetua en nuestro monasterio en Alemania y, cuando recibimos pedidos, también enviamos copias de esta imagen (contact@jemael.org).

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“YO ME ALEGRARÉ CON EL SEÑOR”

“Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras: que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor” (Sal 103,31.34).

¡Qué maravilloso es cuando, en vez de mirarnos a nosotros mismos, aprendemos a centrar nuestro corazón en Dios; cuando ya no pasamos tan ocupados con nosotros mismos, sino que procuramos hacer aquello que agrada al Señor! En efecto, cuando empezamos a buscar agradarle, cuando le preguntamos a nuestro Padre Celestial cómo podemos causarle alegría hoy, nuestros ojos se levantan y podemos encontrar fácilmente la “pista de oro” que marcará nuestro día.

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La responsabilidad de la fe

Lc 11,29-32

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir a la gente reunida junto a él: “Esta generación es una generación malvada; pide un signo, pero no se le dará otro signo que el de Jonás. Porque así como Jonás fue signo para la gente de Nínive, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón; y aquí hay algo más que Salomón. La gente de Nínive se levantará en el Juicio con esta generación y la condenarán, porque al menos ellos se convirtieron con la predicación de Jonás; y aquí hay algo más que Jonás.”

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DIOS SE ABAJA A NOSOTROS

“Me hago semejante a vosotros, para haceros semejantes a mí” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre Celestial quiere que lleguemos a conocerle. Él no puede introducirnos a contemplar eternamente su gloria, de faz en faz, sin antes habernos preparado. Primero tenemos que recorrer nuestro camino en la tierra como hombres redimidos. En la Persona de su Hijo, nuestro Padre desciende a nuestra naturaleza humana y se hace uno de nosotros, “en todo igual a nosotros menos en el pecado” (Concilio de Calcedonia, año 451 d.C.). Así, Dios se abaja y se nos comunica en el ámbito de nuestra experiencia humana.

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El traje de fiesta

Mt 22,1-14

En aquel tiempo, tomó Jesús la palabra y les habló en parábolas. Les dijo: “El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete ya está preparado. Ya han sido matados mis novillos y animales cebados, y todo está a punto. Venid a la boda.’ Pero ellos no hicieron caso y se fueron: el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.

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NUNCA OLVIDARSE DE DIOS

“Recordad las maravillas que él ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca” (1Cro 16,12).

La Sagrada Escritura no se cansa de recordarnos los prodigios de Dios ni de alabar sus sabios preceptos. En efecto, nosotros, los hombres, olvidamos con mucha facilidad lo que nuestro Padre Celestial ha hecho, hace y seguirá haciendo a nuestro favor.

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Escuchar y poner en práctica

Lc 11,27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.” Pero él replicó: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan.”

Siguiendo el calendario tradicional, celebramos hace pocos días (el 11 de octubre) la Fiesta de la Maternidad de María. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tenido en alto esta vocación especial de la Madre de Dios y, con justa razón, le ha dedicado una Fiesta especial a su Maternidad divina.

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