«Cuando Dios mira a un alma con ojos de misericordia y se inclina hacia ella para perdonarla, todas sus faltas quedan arrojadas al olvido eterno» (Santa Matilde de Hackeborn).
¡Nunca nos cansaremos de escuchar cuán grande es el deseo de nuestro Padre Celestial de perdonar los pecados de los hombres! Deberíamos permitir que esta certeza cale hondo en nuestro corazón. Puesto que Dios es así, no debemos perder la esperanza ni en relación a nosotros mismos ni a los demás. Nuestro Padre busca a los hombres y no deja piedra sin remover para que las almas correspondan al cortejo de su amor y despierten de su letargo.
¿Podemos imaginárnoslo? ¡Los pecados quedan totalmente perdonados!
«¡Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso!» (Lc 23,43) , le asegura Jesús al malhechor crucificado junto a él cuando este se dirige a Él. Por causa de Jesús, Dios nos perdona incluso los pecados más graves si nos convertimos a Él.
Este solo hecho hace que nuestra santa fe sea incomparable y debería ser una motivación constante para anunciarla sin descanso. También en el diálogo con representantes de otras religiones se debería poner una y otra vez sobre la mesa esta verdad. Gracias al amor y al perdón de Dios, toda persona puede encontrar esperanza y volver a levantarse.
¡Cuán reconfortante es esta enseñanza, cuán sanadora para los corazones atormentados y para todos aquellos que se encuentran con Jesús y reciben de Él el regalo del perdón: el olvido eterno!
Una vez perdonados, los pecados ya no se nos tendrán en cuenta. El amor de Dios ha derretido toda su amargura y oscuridad. Ha infundido nueva vida en nuestro corazón.
Junto a este Padre, que nos mira a través de su amado Hijo, estaremos por toda la eternidad. El Señor nos ha preparado moradas en la casa del Padre (Jn 14,2-3). Cuando lleguemos allí, participaremos de la inconmensurable alegría del Cielo. El pecado ya no existirá. ¡Qué perspectiva!
