San Barlaam y Josafat: El verdadero rey

Al acercarnos al final del año litúrgico, me gustaría hablaros de dos santos que, probablemente, hoy en día desconocemos, pero cuya historia era tan popular en la Edad Media que se decía que algunos la conocían mejor que las Sagradas Escrituras.

Se trata del ermitaño san Barlaam y el príncipe indio Josafat. Se considera como autor de su historia a san Juan Damasceno, un padre de la Iglesia nacido alrededor del año 650.

Las antiguas crónicas de la India relatan que algunos ermitaños del desierto de Tebaida se desplazaron a la tierra de los hindúes, donde habrían conquistado para el cristianismo a personas de todas las castas. Muchos de ellos imitaron el ejemplo de los apóstoles de Egipto y se dedicaron a la contemplación en la soledad. Su número era considerable, por lo que la «nueva religión» atrajo la atención de los reyes. Entonces se levantó Abener, un poderoso rey de la India cuyo reino se encontraba en las fronteras de Persia, y comenzó a perseguir a los cristianos. Él adoraba al dios Brahma y no desdeñaba ningún placer sensual. Pero, por muy rico que fuera el tesoro de su palacio y por más que sus ropas abundaran en oro y piedras preciosas, su alma era pobre en sabiduría.

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Contado, pesado, dividido

Dan 5,1-6.13-14.16-17.23-28

En aquellos días, el rey Baltasar ofreció un banquete a mil nobles del reino, y se puso a beber delante de todos. Después de probar el vino, mandó traer los vasos de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, había cogido en el templo de Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey y los nobles, sus mujeres y concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que habían cogido en el templo de Jerusalén, brindaron con ellos el rey y sus nobles, sus mujeres y concubinas. Apurando el vino, alababan a los dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y madera. De repente, aparecieron unos dedos de mano humana escribiendo sobre el revoco del muro del palacio, frente al candelabro, y el rey veía cómo escribían los dedos. Entonces su rostro palideció, la mente se le turbó, le faltaron las fuerzas, las rodillas le entrechocaban.

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Santa Catalina de Alejandría: Yo os daré las palabras y la sabiduría

 

Hoy celebramos la memoria de Santa Catalina de Alejandría, que vivió entre el siglo III y IV en Alejandría (Egipto). Catalina, hija única de un gobernador pagano llamado Costus, recibió una buena educación. Siendo aún muy joven, abrazó la fe cristiana.

Cuando se enteró de que el emperador Majencio había ordenado que todo el pueblo acudiera a Alejandría para ofrecer sacrificios a los dioses, Catalina se dirigió deprisa al lugar donde se encontraban los cristianos, atemorizados frente a la muerte que les esperaba si se negaban a sacrificar.

Con valentía, la joven se presentó ante el Emperador y le dijo:

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La virtud de la fortaleza (Parte III)

Habíamos reflexionado sobre la virtud de la fortaleza en contexto con las lecturas del libro de los Macabeos; aquellos hombres y mujeres valientes del Pueblo de Israel. También señalé que necesitamos esta virtud para nuestro testimonio cristiano en el mundo, que, en un caso extremo, puede llegar hasta el martirio. Podemos entrenarnos en la virtud de la fortaleza, y no debemos dejarnos desanimar en caso de que seamos temerosos por naturaleza. La historia de la novicia Blanca de la Force (narrada en la novela de Gertud von Le Fort: “La última del cadalso”) puede alentar a estas almas temerosas, mostrándoles que también ellas pueden ser capaces de actos heroicos.

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Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo: “El Reino de Cristo”

Lc 23,35b-43

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas y decían: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido.” También los soldados se burlaban de él; se acercaban, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!” Había encima de él una inscripción: “Éste es el rey de los judíos.” Uno de los malhechores crucificados lo insultaba: “¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!” Pero el otro le increpó: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.” Y le pedía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.” Jesús le contestó: “Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.”

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La virtud de la fortaleza (Parte II)  

La fortaleza –que es considerada como una de las cuatro virtudes cardinales­– hace parte del equipamiento básico de un soldado. Si éste no se vuelve valiente, no se podrá contar con él en las batallas más duras, pues el miedo se apoderaría de él, de tal manera que la situación se pondría peligrosa para todos sus compañeros.

Es fácil hacer esta constatación cuando pensamos en una guerra física. Pero la guerra física es un reflejo del combate espiritual en el que nos encontramos. En el capítulo 6 de la carta a los Efesios, San Pablo nos hace entender que nuestra lucha se dirige contra “los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los espíritus del mal que están en el aire” (v. 12).

La guerra en la que nos encontramos debe librarse a muchos niveles, y el Señor no nos exonera de hacer la parte que nos corresponde. Cada uno a su manera y según las circunstancias en que se encuentra, necesita la virtud de la fortaleza y debe aprender a vencer toda cobardía y a refrenar su temerosidad, para que no le impida hacer aquello que el Señor quiere de él.

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La virtud de la fortaleza (Parte I)  

Las lecturas de los últimos días nos presentaron impresionantes ejemplos de fe, fidelidad y fortaleza. Por ello, he decidido dedicar la meditación de hoy y de los próximos días a la virtud cardinal de la fortaleza. En estos tiempos de confusión, resulta particularmente importante aspirar y practicar esta virtud, para poder resistir a las diversas tentaciones que se nos ofrecen. Tomemos como modelo a aquellas personas que conocimos en las lecturas de los últimos días, que nos mostraron que la obediencia y la fidelidad a Dios están por encima de todos los valores terrenales y que, con la ayuda de Dios, incluso es posible vencer el miedo.

La fortaleza no significa ausencia de miedo. No es, entonces, ese ideal de valentía que nos transmiten las historias de los héroes, que no le temen a nada ni a nadie. También una persona miedosa puede, por la gracia, llegar a ser fuerte y valiente, porque es Dios quien la hace capaz de ello. Pero ella, por su parte, tendrá que ejercitarse en esta virtud e irla adquiriendo. No es que podamos simplemente evitar que nos invada ese miedo que aparece sin que lo busquemos, pero lo que sí podemos hacer son actos concretos, para que no nos paralice, impidiéndonos hacer lo que nos ha sido encomendado.

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Obedecer a Dios antes que a los hombres

1Mac 2,15-29

Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios. Muchos israelitas acudieron donde ellos. También Matatías y sus hijos fueron convocados. Tomando entonces la palabra los enviados del rey, se dirigieron a Matatías y le dijeron: “Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad, y estás bien apoyado de hijos y hermanos. Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y numerosas dádivas.”

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Extraordinaria valentía

2Mac 7,1.20-31

En aquellos días, siete hermanos fueron apresados junto con su madre. El rey, para forzarlos a probar carne de puerco (prohibida por la Ley), los flageló con azotes y nervios de buey. Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue también aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les decía: “Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora, por amor a sus leyes, no miráis por vosotros mismos.” Antíoco creía que se le despreciaba a él y sospechaba que eran palabras injuriosas.

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Fidelidad hasta la muerte

2Mac 6,18-31

En aquellos días, a Eleazar, uno de los principales escribas, hombre de edad avanzada y semblante muy digno, le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida. Los que estaban encargados del banquete sacrificial contrario a la Ley, como ya conocían de antiguo a este hombre, lo ponían aparte y le invitaban a traer carne preparada por él mismo, que le fuera lícita, y a simular como si comiese la mandada por el rey, tomada del sacrificio. Lo hacían para que, obrando así, se librara de la muerte, y por su antigua amistad hacia ellos alcanzara benevolencia.

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