«No presumas de sabio, teme al Señor y evita el mal» (Prov 3,7).
¡Qué insensatez presumir de los propios dones y creerse superior a los demás a causa de ellos! ¿Acaso hay algo que no hayamos recibido de nuestro Padre? Incluso si hemos contribuido a desarrollar los dones mediante nuestro esfuerzo y el estudio, al fin y al cabo, todo nos ha sido dado por Dios.
Se trata de una constatación sencilla, pero decisiva para la actitud básica de nuestra vida. Si sabemos que todo se lo debemos a Dios y se lo atribuimos como corresponde, entonces la sabiduría divina encuentra cabida en nuestra alma. La gloria y la alabanza de Dios han de ocupar el primer lugar. Por ello, evitaremos cuidadosamente ponernos a nosotros mismos en primer plano y mirarnos con vanidad.
El espíritu del temor del Señor —uno de los siete dones del Espíritu que actúa en nosotros— velará para que nunca le robemos la gloria a nuestro Padre Celestial ante los hombres. ¡Con cuánta facilidad esto puede suceder, quizá sin darnos cuenta siquiera! Sin embargo, cada vez que lo hacemos y no le atribuimos todo el mérito a Dios, al menos interiormente, ocultamos la realidad en lugar de dar la gloria a quien la merece.
También podemos asimilar el segundo consejo que nos ofrece el Libro de los Proverbios: evitar el mal. Para ello, se requiere más vigilancia que miedo, ya que el mal no siempre se nos presenta con una apariencia aterradora, sino que también es capaz de ocultarse para engañarnos con mayor facilidad.
La vigilancia nos enseña a apartarnos inmediatamente del mal. La unión interior con nuestro Padre Celestial nos confiere una especie de «sentido del gusto espiritual» que percibe rápidamente lo que procede de Dios, lo que es de naturaleza puramente humana y lo que es incluso un engaño demoníaco. No debemos permitir que nada oscuro ejerza influencia en nuestra alma, sino que solo la luz del Señor debe iluminarla.
