“EL COMPROMISO QUE CONLLEVA LA FE”

«Quienquiera que reciba la fe, también tiene el deber de compartirla. La luz del Señor, que brilla en nuestra oscuridad, es la luz para el mundo. Se la debemos a nuestros semejantes» (Papa Juan Pablo II).

Así nos exhorta el papa Juan Pablo II, haciendo un llamamiento para anunciar el Evangelio a todos los hombres. Con ello, respondió a su misión como papa.

Nuestro Padre Celestial no tiene mayor deseo que éste. Para ello envió a su propio Hijo al mundo.

Si queremos amar de verdad y adentrarnos en la aventura de un amor desinteresado, como reflexionamos en la meditación de ayer, debemos tener siempre presente que no hay mayor muestra de amor que llevar el Evangelio a los hombres. Si ya no anhelamos que todos los hombres se encuentren con el Hijo de Dios y le sigan, es señal de que se ha extinguido parte de ese fuego que ardió durante tantos siglos, impulsando a los misioneros hasta los confines de la Tierra para anunciar allí el amor de nuestro Padre.

Si este fuego se apaga cada vez más, ¿con qué será sustituido? ¿Podríamos acaso hacer algo más valioso que ayudar, a nuestra manera, a que las personas reconozcan a Aquel que nos concede la vida eterna y a que escuchen la voz de quien nos anuncia: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado» (Jn 17,3)?

Así como el amor nos impele a ayudar a aquel que ha caído en manos de los ladrones, como lo hizo el buen samaritano, y a no pasar de largo, tampoco podemos simplemente dar la espalda a un mundo que ha caído en manos de los enemigos y en el que la oscuridad se extiende cada vez más, sin esforzarnos por hacer nuestra parte para anunciar la fe. ¡Esta es nuestra deuda de amor hacia las personas! ¡Hemos de hacerlo oportuna e inoportunamente (cf. 2Tim 4,2)!