ADMINISTRAR EL MUNDO CON SANTIDAD Y JUSTICIA

“Con tu Sabiduría formaste al hombre para que (…) administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu” (Sab 9,2a.3).

El Padre no sólo encomendó a nuestro cuidado la Creación irracional; sino también el mundo, que ha de ser modelado por el hombre. Si en lo que respecta a nuestra responsabilidad frente a la Creación el Padre puso énfasis en que la tratáramos con sabiduría, para administrar el mundo menciona como criterio la santidad y la justicia. Aquellas cualidades que nuestro Padre posee a plenitud –la santidad y la justicia–, y que de Él podemos recibir, quiere verlas reflejadas en nosotros a la hora de asumir responsabilidad en el mundo humano.

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“NADIE PUEDE ARREBATARLAS DE LA MANO DEL PADRE”

“Mi Padre, que me las dio [las ovejas], es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre” (Jn 10,29).

En las manos de nuestro Salvador, en las que el Padre nos ha colocado, podemos atravesar seguros el tiempo de nuestra vida terrena y enfrentar de forma correcta los peligros que se nos presentan en el camino. Éstos nunca podrán adquirir poder sobre nosotros, por más amenazadores que parezcan. Pensemos en la victoria del Señor en la Cruz: los poderes de las tinieblas creían haber triunfado; pero en realidad fue la hora de su derrota.

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“TENED PIEDAD DE VOSOTROS MISMOS” 

Mis queridos hijos, desde hace ya veinte siglos os he colmado de estos bienes con gracias especiales, ¡pero el resultado es mínimo!” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Estas palabras del Padre nos permiten echar una mirada en su Corazón. La relación entre las riquezas que Dios nos da y los frutos que damos a partir de ellas es desproporcionada. Día a día podemos fortalecernos a través del Santo Sacrificio de la Misa, recibir el perdón en el sacramento de la penitencia cuando hemos caído en nuestra debilidad, acoger el amor que el Redentor nos ofrece desde la Cruz y tantas otras gracias que el Padre nos brinda para nuestra vida espiritual. ¡Todo está a nuestra disposición y en abundancia!

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“TE COMPADECES DE TODOS”

“Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan” (Sab 11,23).

La compasión de nuestro Padre va de la mano con su amorosa Omnipotencia. Si no fuera así, cuántas veces los hombres se habrían autodestruido, habrían tenido que beber ellos mismos el amargo cáliz de sus pecados y soportar sin mitigación las consecuencias de sus culpas. Pero nuestro Padre ama compadecerse de los hombres.

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LOS FIELES PERMANECERÁN JUNTO A ÉL

“Los que en él confían entenderán la verdad y los que son fieles permanecerán junto a él en el amor” (Sab 3,9a).

En un corazón que confía en el Padre puede penetrar la verdad, pues Dios mismo lo atrae hacia sí y lo colma consigo mismo. Un corazón tal se desprende de las falsas seguridades que lo atan a un mundo de ilusiones, de modo que nuestro Padre puede despertar plenamente en este corazón el amor a Él. Así, el corazón se entrega por completo a Él. Dios entra en él y pone su morada en él. Ya no es sólo un huésped ocasional, sino que convierte a este corazón en su Templo, en el santuario de su presencia, en su morada…

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“MEJORES SON QUE EL VINO TUS AMORES” 

Son los místicos quienes pueden describirnos vívidamente el amor de Dios, a menudo empleando un lenguaje extasiado, como sucede a veces en el plano humano con los enamorados, que quieren expresar su amor.

Estos místicos están como embriagados, porque el sobrecogedor amor divino ha abierto las profundidades de su alma, derramándose en ellos y llegando a desbordarse también. ¡Apenas pueden contenerlo! Por nuestras limitaciones terrenales, resulta difícil describir en palabras lo que el alma experimenta. Sin embargo, se puede recurrir al lenguaje del amor.

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“TÚ ERES NUESTRO ESPLENDOR” 

“Tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo. Porque tú eres su esplendor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder” (Sal 88,17-18).

El corazón se inunda de gran alegría cuando llega a conocer a nuestro Padre tal como Él es en verdad.

Cada vez que su Nombre resuena, cada vez que se habla bien de Él, cada vez que se alaban sus obras, se reconoce su misericordia y se canta su esplendor, nuestra alma exulta de alegría, porque en ella –la amada– despierta el amor.

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“A LA LUZ DE TU ROSTRO”

“Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro. El Santo de Israel es nuestro rey” (Sal 88,16.19).

Quien aclama al Señor y lo reconoce como Rey, penetra en la realidad establecida y revelada por Dios, porque, efectivamente, el Señor es un rey. Más aún: Él es el verdadero Rey, en quien todo tiene su origen.
“Pilato le dijo: ‘¿Luego tú eres Rey?’. Jesús contestó: ‘Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz’” (Jn 18,37).

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