ALABANZA A LA SANTÍSIMA TRINIDAD (I)

“Alabado seas, Padre eterno, Dios santo, fuerte y vivo. No hay nadie como Tú y nada se compara a las obras que Tú has creado” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

El Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad, cuya primera frase acabamos de escuchar, surgió después de que alguien me preguntó cuál podría ser un buen inicio para nuestro tiempo de oración en silencio en la mañana, que es lo primero que hacemos en nuestra comunidad temprano en la madrugada. 

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LA CLEMENCIA DE NUESTRO PADRE

“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102, 8).

Nuestro Padre es compasivo. 

De su plenitud, nos colma con todo aquello que tiene preparado para nosotros. Toda nuestra existencia es expresión de su amor, que se abaja a nosotros –seres humanos falibles y limitados– para elevarnos a Él. Nuestro Padre no nos creó porque nos necesitara. No, fue un acto libre del amor el llamar a sus criaturas a la vida, darles todo lo que necesitan para vivir y colmarlas consigo mismo.

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LA ETERNA DESGRACIA

“Mi bondad y mi amor me hacen ver que aquellos seres que he sacado de la nada y que he adoptado como verdaderos hijos, están a punto de precipitarse en gran número a la eterna desgracia con los demonios” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Cuando amamos a nuestro Padre, compartimos también su preocupación y su dolor por las almas. A nadie le gusta hablar o pensar en el infierno. Sin embargo, si desterramos de nuestro anuncio esta realidad, como si el infierno no existiera o estuviera vacío –tal como dan a entender ciertas falsas doctrinas–, entonces no hemos entendido correctamente la seriedad de nuestra fe ni la justicia de Dios.

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LA PALABRA DEL PADRE

“He manifestado tu nombre a los del mundo que me diste (…), y han guardado tu palabra” (Jn 17,6).

Para nuestro Señor es importante que lo acojamos como el Enviado del Padre y guardemos su Palabra, pues es la Palabra de nuestro Padre Celestial.

Los que cumplen esto están a salvo, porque, como nos dice el Señor en el evangelio “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35). ¡Y así es!

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GRANDE ES EL AMOR

“Hijos predilectos de mi amor: ¡tengo grandes planes para vosotros!” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre siempre proyecta grandes planes para nosotros, aunque su infinita paciencia también nos acompaña en los pasos más pequeños y aun en nuestros desvíos. Sí, Dios es tan fiel que incluso acompaña a aquellos que le han dado la espalda, buscando siempre guiarlos de regreso a casa.

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VERDAD Y AMOR

“Anuncia el amor en la verdad. Sólo entonces será realmente sanador para las personas” (Palabra interior).

Estas palabras nos trazan claramente el camino a seguir. De hecho, es ésta la manera de actuar y de ser de nuestro Padre mismo. La verdad sin amor puede adoptar el carácter de una espada implacable, capaz de herir profundamente a las personas. El amor sin verdad, en cambio, pierde sus contornos y puede degenerar, por ejemplo, en una falsa misericordia, que engaña a las personas.

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“RESTÁURANOS”

“Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79,8).

Es el Pueblo de Israel el que profiere esta plegaria, implorando al Señor que cambie su suerte. Atraviesa gran aflicción, porque una y otra vez se ha apartado de Dios y le ha sido infiel, y nuestro Padre le ha permitido sentir las consecuencias: “Nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros” (v. 7).

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“PEDID A MI HIJO”

“Pedid a mi Hijo que os haga reconocer cada vez más cuán misericordioso y bondadoso soy con vosotros” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

¿Qué podría agradar más a nuestro Señor que cumplir tal petición? En efecto, el gran deseo de su Corazón es que su amado Padre sea conocido. Por ello, Jesús se apresurará a atender esta plegaria.

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