“Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases Israel!” (Sal 80,9).
Conocemos un poco el gran sufrimiento que resulta cuando no escuchamos la voz del Señor, cuando no prestamos atención a sus advertencias y directrices, cuando nos desviamos de sus mandamientos… Cuando esto sucede, el hombre se aleja de la guía del Señor e incluso puede caer bajo el dominio de influencias hostiles a Dios. Así, la vida puede convertirse en un desastre.