En realidad, amado Padre, nuestra vida podría ser tan sencilla, incluso después de la dolorosa pérdida del Paraíso, porque Tú pones todo de tu parte para que vivamos con la dignidad que nos has otorgado. La vida contigo es, en realidad, de una magnífica sencillez: te reconocemos como nuestro amantísimo Padre, escuchamos tus instrucciones y, con tu gracia, ponemos en práctica lo que nos dices. Entonces, la paz y la felicidad habitan en nosotros, aunque, mientras dure nuestra peregrinación hacia la eternidad, tengamos que librar algunos combates en la tierra. Incluso cuando nos haces partícipes del sufrimiento de tu Hijo, como explica san Pablo (Col 1, 24), para cooperar en la salvación de otras personas que aún viven lejos de ti y a las que quieres conducir a su hogar eterno como hijos tuyos, ¡permanece en nosotros la verdadera dicha que eres Tú!
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