Elogio a la sabiduría

Sab 7,7-10.15-16

Lectura correspondiente a la memoria de Santo Tomás de Aquino

Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena, y ante ella la plata es como el barro. La quise más que a la salud y a la belleza y preferí tenerla como luz, porque su claridad no anochece. Que Dios me conceda hablar con conocimiento y tener pensamientos dignos de sus dones, porque él es quien guía a la sabiduría y quien dirige a los sabios. En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, toda prudencia y toda habilidad práctica.

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“ORAR CON TODAS NUESTRAS FUERZAS”

«La oración que el hombre eleva con todas sus fuerzas tiene gran poder. Endulza un corazón amargo, alegra un corazón triste, enriquece un corazón pobre, hace sabio un corazón necio, hace valiente un corazón pusilánime, fortalece un corazón débil, abre los ojos de un corazón ciego, enciende un alma fría. Atrae al gran Dios hacia un pequeño corazón y eleva el alma hambrienta hacia el Dios de la plenitud» (Santa Matilde de Hackeborn).

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El verdadero parentesco de Jesús

Mc 3,31-35

En aquel tiempo, vinieron la madre y los hermanos de Jesús y, quedándose fuera, enviaron a llamarlo. Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre, y le dicen: “Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera”. Y, en respuesta, les dice: “¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: “Éstos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Este pasaje del evangelio no es, de ningún modo, un rechazo del Señor a su madre y a sus hermanos, como podría dar la impresión a primera vista. Más bien, el Señor amplía nuestra mirada dirigiéndola a la humanidad entera, que está llamada a constituir una sola familia celestial y universal.

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Memoria de los Santos Timoteo y Tito: “Reavivar el don de Dios”

2Tim 1,1-8

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, encargado de anunciar la promesa de vida que está en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido. Gracia, misericordia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús Señor nuestro.

Doy gracias a Dios, a quien, como mis antepasados, rindo culto con una conciencia pura, cuando continuamente, noche y día, me acuerdo de ti en mis oraciones. Al acordarme de tus lágrimas, siento vivos deseos de verte, para llenarme de alegría. Pues evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti.

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“MANTENTE SERENO”  

«Mantente sereno. Yo soy el Eterno y tengo el tiempo en mis manos» (Palabra interior).

Con frecuencia, los maestros espirituales nos hablan de la serenidad. Significa que no debemos dejar que los diversos acontecimientos que nos sobrevienen nos roben la calma ni nos lleven a actuar de forma precipitada. Sin embargo, no se trata de una «calma estoica», que observa todas las cosas con cierta indiferencia y evita cualquier posicionamiento interior. Tampoco se refiere a la pereza del alma o del espíritu, que no se deja sacudir ni motivar por nada y termina cayendo en la indiferencia.

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Fiesta de la conversión de San Pablo: “La grandeza de una vocación”

NOTA: A pesar de ser domingo, queremos dedicar la meditación de hoy a la fiesta litúrgica que normalmente se celebra el 25 de enero: la conversión de san Pablo. De hecho, el incansable Apóstol de los Gentiles se ha convertido en nuestro santo patrón para la misión que nos ha sido encomendada. Quien prefiera escuchar una meditación sobre la lectura del día, puede encontrar el enlace correspondiente al final del texto.

Hch 22,3-16

En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: “Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros antepasados. Estuve lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy. Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, como pueden certificarlo el Sumo Sacerdote y todo el consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados. Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo. Caí entonces al suelo y oí una voz que me decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Yo respondí: ‘¿Quién eres, Señor?’ Me dijo: ‘Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.’ Los que estaban allí vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba.

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“ESTE ES EL DÍA QUE HIZO EL SEÑOR”

«Considera que el día de hoy te ha sido dado para que a través suyo te ganes la eternidad. Propónte firmemente aprovechar bien el día para esta causa» (San Francisco de Sales).

¡Hoy es el día que me ha sido dado por el Padre celestial! Si habrá un mañana, no podemos saberlo con certeza. Si aprovechamos bien el día de hoy para la eternidad y no lo desperdiciamos, nuestra vida adquirirá un enfoque fructífero.

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PARTE IV: Fiel hasta la muerte   

ESCENA 15

AMBROSIO: Hermanos míos, ¿recordáis lo que en la parábola le dijo Abraham al rico epulón? “Si no creen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos” (Lc 16,31). Pues bien, sucedió exactamente así cuando Claudio hubo resucitado. Aquella generación, que no había creído el elocuente testimonio de tantos mártires, tampoco al ver este potente signo se convirtió de sus malas obras ni dio la gloria al Dios del cielo (Ap 16,9.11). Antes bien, así como en su tiempo los fariseos quisieron aniquilar el testimonio del Lázaro a quien Jesús hubo resucitado, los sacerdotes de los ídolos enviaron a Claudio al destierro, para silenciar este viviente testimonio a favor de Cristo. Su padre Minucio Rufo, Prefecto y Supremo Juez de Roma, al ver tan grande milagro, quiso una vez más salvar a Inés; pero temió la cólera del pueblo y abdicó su autoridad en manos de su representante, por nombre Aspasiano.

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“EL DESEO DE NUESTRO ÁNGEL CUSTODIO”  

«El deseo de nuestro ángel de ayudarnos es mucho mayor que nuestro deseo de dejarnos ayudar por él» (San Juan Bosco).

En su infinita bondad, nuestro Padre celestial nos concede un amigo y compañero fiable para toda la vida. Para nuestro ángel custodio es una gran alegría poder acompañarnos, pues por un lado este servicio le permite mostrar su amor a Dios, cuyo encargo cumple, y por otro, puede brindarnos su amor a través de su ayuda y cercanía fraterna.

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