LA DIGNIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS

“¡Elevaos todos a esta dignidad de hijos de Dios! ¡Sabed apreciar vuestra grandeza, y yo seré más que nunca vuestro Padre, el más amoroso y misericordioso de los padres!” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Aquí nuestro Padre aborda una cuestión sumamente esencial para la vida de los hombres. ¿En qué consiste la grandeza y la dignidad del hombre? Incluso los discípulos del Señor discutían entre sí sobre quién de ellos era el más grande (Lc 22,24). En respuesta, Jesús les enseñó que la verdadera grandeza consiste en servir (v. 26).

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Los dos testigos

Ap 11,3-12

Me fue dicho a mí, Juan: “Haré que mis dos testigos profeticen, durante mil doscientos sesenta días, cubiertos de sayal.” Ellos son los dos olivos y los dos candelabros que están ante el Señor de la tierra. Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos; si alguien pretendiera hacerles mal, tendría que morir de ese modo.

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“LES ENVIÉ A MI HIJO”

“Les envié a mi Hijo, adornado con toda la perfección divina, siendo el Hijo de un Dios perfecto. Fue Él quien vino a trazarles el camino a la perfección. A través de Él os adopté en mi amor infinito como verdaderos hijos.” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Ser verdaderos hijos de Dios… Ya no hay límites por parte de nuestro Padre. El hombre ya no es considerado sólo como una criatura suya, sino que, gracias a la Redención que el Hijo de Dios nos alcanzó, se convierte en hijo y coheredero con Cristo (Rom 8,17).

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EL CAMINO REGIO 

“Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16b).

Ya sea que se exprese en la contemplación, en la meditación o en las obras, el camino regio es el amor. Si permanecemos en el amor, el Padre permanece en nosotros. Y este camino podemos recorrerlo en todo momento y en cualquier circunstancia: siempre podemos intentar optar por el mayor amor.

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Digno es el Cordero

Ap 5,1-10

 Yo, Juan, vi que el que estaba sentado en el trono sujetaba con su mano derecha un libro, escrito por el anverso y el reverso, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que proclamaba con voz potente: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” Pero nadie era capaz -ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra- de abrir el libro ni de leerlo.

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Santa reverencia

Ap 4,1-11

Yo, Juan, miré y vi una puerta abierta en el cielo, y aquella voz que me había hablado antes, parecida al sonido de una trompeta, me decía: “Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después.” Al instante caí en éxtasis. Vi entonces un trono erigido en el cielo, y a Uno sentado en el trono. El que estaba sentado tenía el aspecto del jaspe y la cornalina.

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LA MEDITACIÓN 

“Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4).

En la contemplación nos encontramos con nuestro Padre en lo más profundo de nuestra alma y permanecemos en Él. Así lo expresan los místicos. La meditación sobre la Palabra de Dios tiene un carácter algo distinto.

Los padres del desierto hablan de que es necesario “rumiar” la Palabra de Dios. A través de su repetición constante, se nos revela cada vez más profundamente su sentido y empieza a asentarse en el alma.

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Las iglesias de Sardes y Laodicea

Ap 3,1-6.14-22

 Yo, Juan, escuché al Señor que me decía: “Al ángel de la iglesia de Sardes escríbele: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Mantente en vela y reanima lo que te queda, pues está a punto de morir. Pues he descubierto que Dios no considera perfectas tus obras.

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