La iglesia de Éfeso y el primer amor

Ap 1,1-4;2,1-5a

Revelación de Jesucristo, que le fue confiada por Dios para que manifestase a sus siervos lo que ha de suceder pronto. Él envió a su ángel para dárselo a conocer a su siervo Juan, que ha dado fe de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo: de todo lo que vio. Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen las palabras de esta profecía y tengan en cuenta lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca.

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LA CASA DEL SEÑOR

“Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (Sal 23,6).

El salmista expresa lo que el Padre Celestial ha dispuesto para nosotros, los hombres, y que podemos reconocer por la fe: es el gran “sí” de Dios a nuestra existencia; un “sí” que se nos manifiesta de diversas maneras. Es un “sí” que jamás revoca, después de haberlo pronunciado de una vez y para siempre sobre nuestra vida. Incluso la persona que rechaza a Dios atestigua con su sola existencia el “sí” de Dios sobre ella.

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El Fin de los Tiempos

Lc 21,5-11

En aquel tiempo, como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: “De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, ni una que no sea derruida.” Le preguntaron: “¿Cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Jesús respondió: “Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘El tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis. Es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.” Y añadió: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares; se verán cosas espantosas y grandes señales en el cielo.”

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“ME UNGES LA CABEZA CON PERFUME”

“Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos. Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa” (Sal 23,5).

Este verso está tomado de los salmos de David, a quien el Señor eligió como rey de Israel. Asimismo, cada uno de nosotros, los cristianos, ha sido ungido por la gracia de Dios para ser “hijo del gran Rey”. Así, podemos adaptar las palabras de este salmo también para nosotros, porque nuestro Rey es Dios mismo. Cuando Poncio Pilato le preguntó a Jesús si era rey, Él le respondió: “Tú lo dices, soy rey” (Jn 18,37).

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Orar sin desfallecer

Lc 18,1-8

 En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: “Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquel mismo pueblo una viuda que acudió a él y le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’ Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de importunarme de una vez’.”

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“TÚ VAS CONMIGO”

“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu callado me sosiegan” (Sal 23,4).

¿Quién no ha atravesado cañadas oscuras en la vida? ¿Quién no percibe los abundantes peligros que nos rodean?  Muchas veces incluso están presentes en nuestro interior e intentan devorarnos. Pero también la vida en este mundo habla de la oscuridad del alejamiento de Dios.

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La seriedad de la fe

Lc 17,26-37

 Jesús dijo a sus discípulos: “Como sucedió en los días de Noé, así ocurrirá también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían y tomaban mujer o marido, hasta que entró Noé en el arca. Entonces vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo, que destruyó a todos.

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EL SEÑOR SATISFACE MI ANHELO

 “El Señor repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre” (Sal 23,3). 

La traducción alemana de este versículo dice: “El Señor satisface mi anhelo” en lugar de “repara mis fuerzas”. En efecto, Dios ha sembrado profundamente en nuestro corazón el anhelo hacia Él. En su Sabiduría, nos permite experimentar que nuestra vida carece de algo esencial cuando no lo conocemos y otras cosas ocupan su lugar en nuestro corazón. Aunque inicialmente no percibamos ni entendamos mucho este vacío, y aunque las muchas distracciones nos satisfagan temporalmente, en el fondo de nuestra alma sabemos que: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío” –como lo expresa el salmista (Sal 42,2).

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