¡Ahora estás aquí, Niño Divino!
¿Qué te movió a venir donde nosotros, a un mundo tan hostil?
La razón sólo puede estar en Tu inconmensurable amor a nuestro Padre Celestial, y en Tu infinito amor a nosotros, los hombres.
¡Ahora estás aquí, Niño Divino!
¿Qué te movió a venir donde nosotros, a un mundo tan hostil?
La razón sólo puede estar en Tu inconmensurable amor a nuestro Padre Celestial, y en Tu infinito amor a nosotros, los hombres.
“Quiero proteger a la juventud, como un tierno padre (…). ¡Oh, vosotros que estáis especialmente necesitados de alguien que os proteja en la vida, para que podáis evitar el mal, venid a mí! ¡Yo soy vuestro Padre, que os ama más de lo que cualquier otra criatura podrá amaros jamás!” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
¡Cuánto peligro corren los jóvenes de entregarse a falsos ideales y tomar así un rumbo errado en la vida! Todos sabemos que, debido a los medios de comunicación, el potencial de seducción ha aumentado enormemente en los tiempos modernos. Cada vez se encuentran menos estructuras familiares sanas, de modo que los jóvenes no tienen una base sólida y muchas veces tampoco cuentan con una comunidad cristiana que pueda acogerlos y darles estabilidad.
¡Cuánto tiempo esperaron los israelitas al Mesías! Luego, cuando Él vino y empezaron a cumplirse las promesas, no lo reconocieron. ¡Qué tragedia! Ahora, los judíos creyentes siguen aguardándolo… Asimismo esperan la llegada del Profeta Elías, que ha de preceder al Mesías. Sin embargo, también él vino ya: “Si queréis comprenderlo, él es Elías, el que iba a venir” –dice Jesús, refiriéndose a Juan el Bautista (Mt 11,14).
“De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida” (Sal 42,9).
Un alma atenta espera siempre al Señor y experimenta su auxilio en pleno día, cuando tiene que realizar todas las tareas que se le encomiendan. Cuando ella acoge la bondad de Dios, que la acompaña siempre como un cálido rayo del “sol que nace de lo alto”, nuesto Padre la hace capaz de todo. De este modo, cada día se convierte en una posibilidad de que Dios derrame su bondad en este mundo a través de nuestro servicio cotidiano.
Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro,
esperanza de las naciones y salvador de los pueblos:
ven a salvarnos, Señor Dios nuestro. leer más
“Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien también hizo el universo”(Hb 1,1-2).
Cuando se cumplió el tiempo, Dios habló de forma auténtica e incomparable por medio de su Hijo amado y nos exhortó a escucharle, según nos relata el Evangelio:
Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos,
Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo:
ven y salva al hombre,
que formaste del barro de la tierra. leer más
“No tengas miedo de tu debilidad. ¡Yo soy tu fuerza!” (Palabra interior).
¡Qué palabras tan acertadas! A nosotros, los hombres, nos gusta ser fuertes y sentirnos seguros; pero con cuánta frecuencia experimentamos que no lo somos. A veces incluso tenemos la impresión de que todo se derrumba bajo nuestros pies. Parecería que nada puede deterner a este mundo para saltar de una catástrofe a otra. Las realidades políticas, sociales e incluso eclesiásticas se tambalean, y el hombre, en su debilidad, se siente impotente frente a todo ello.
Oh Amanecer,
Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia:
ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. leer más
Aún no podemos contemplar a Dios cara a cara. La visión beatífica nos está reservada para la eternidad y será una dicha sin fin. Sin embargo, ya antes nuestro Padre se da a entender de muchas maneras y, de forma insuperable, se manifiesta en su propio Hijo: “El que me a mí, ve al Padre” (Jn 14,9)