LA VERDADERA DICHA

“La única razón para tener miedo de entregarle a Dios toda tu vida es creer que tu propio proyecto es mejor” (Esther María Magnis).

La autora de esta frase describe con mucho acierto lo que nos impide abandonarnos por completo en nuestro Padre Celestial. En efecto, no puede haber motivos ni del entendimiento ni de la fe y del amor que pudieran desaconsejar la entrega confiada a nuestro amoroso Padre. Entonces, ¿qué nos hace titubear a la hora de seguir su invitación, como correspondería al amor y a la verdad?

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INFLAMADOS POR EL AMOR

“Si los santos del cielo pudieran volver una vez más a la Tierra, se empeñarían incansablemente, inflamados por el amor, en difundir la fe por todo el mundo, con la intención de dar a conocer al mundo entero el infinito amor de Dios por las almas. Porque los santos saben mucho mejor que cualquier habitante de la Tierra cuánto merecen ser conocidos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos quedan extasiados al ver con cuánta gloria se recompensa en el cielo aun el más mínimo acto que se haya realizado por difundir la fe” (San Vicente Pallotti).

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“TÚ ME CONOCES”

“Tú me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos” (Sal 138,2).

¡Qué inconmensurable gracia es la de vivir con la certeza de que todo lo que hacemos sucede bajo la amorosa mirada de nuestro Padre Celestial!

San Benito instaba a sus monjes a cobrar consciencia de la constante presencia de Dios, y Santa Teresa de Ávila exhortaba a sus hermanas a tener en mente a quién se dirigían cuando rezaban el Breviario.

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EL SENTIDO ESPIRITUAL DE LAS TENTACIONES

“Sin tentaciones, no percibiríamos el cuidado de Dios por nosotros, ni adquiriríamos la confianza en Él, ni aprenderíamos la sabiduría del Espíritu, ni se consolidaría el amor a Dios en el alma” (Isaac de Siria).

La tentación, el sufrimiento y la persecución son algunas de las lecciones más difíciles en nuestro camino de seguimiento del Señor. No nos resulta fácil conciliarlas con el tierno amor de nuestro Padre, aunque sabemos que éste siempre nos envuelve y que nos ha sido asegurado de tantas maneras. ¿Quién escogería voluntariamente cargar semejante cruz? 

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CREER PARA ENTENDER

“Me dice alguien: ‘Tengo que entender para creer’. Le respondo: ‘Cree para entender’.” (San Agustín).

No todo es accesible para nuestro entendimiento. Particularmente la fe se nos revela ante todo a través de la luz sobrenatural del Espírituo Santo, más que por los esfuerzos de la razón. El entendimiento necesita la luz divina para penetrar más profundamente en los misterios de la fe. En este contexto, se nos vienen a la memoria las palabras que Jesús, lleno de gozo en el Espíritu Santo, exclamó: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21).

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La luz de las naciones

Is 49, 3.5-6

El Señor me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”. Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza.

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