“Confiádselo todo a mi Madre” (Palabra interior).
Al considerar los regalos más grandes que el Padre Celestial nos ha concedido a los hombres, nuestra mirada se posa en la Virgen María, la Madre de su Hijo divino.
“Confiádselo todo a mi Madre” (Palabra interior).
Al considerar los regalos más grandes que el Padre Celestial nos ha concedido a los hombres, nuestra mirada se posa en la Virgen María, la Madre de su Hijo divino.
Sir 2,1-11
Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme, y no te angusties en tiempo de adversidad. Adhiérete a él, no te separes, para que seas exaltado en tu final. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en las humillaciones. Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación.
“Mándala [la sabiduría] de tus santos cielos y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato” (Sab 9,10).
Día a día deberíamos hacer nuestra esta oración de Salomón, para poder reconocer mejor lo que agrada a Dios.
Sir 1,1-10
Toda sabiduría viene del Señor y está con él por siempre. La arena de los mares, las gotas de la lluvia y los días del mundo, ¿quién los contará? La altura de los cielos, la anchura de la tierra y la profundidad del abismo, ¿quién las escrutará? ¿Quién ha escrutado la sabiduría de Dios, que es anterior a todo? Antes que todo fue creada la sabiduría, y la inteligencia prudente desde la eternidad.
“Ellos [los santos ángeles] serán tus más fieles amigos y te asistirán en todo” (Palabra interior).
Nuestro Padre no sólo nos acompaña Él mismo y habita en nosotros, sino que además envía a sus santos ángeles para que tengamos comunión con ellos. Él quiere que sean nuestros acompañantes y que estén unidos a nosotros en su amor. Hemos de tener una verdadera amistad con ellos y deleitarnos en estos poderosos ayudantes.
Mt 5,38-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con él dos.
“Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? ‘Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos’” (Jer 17,9-10).
Ayer reflexionábamos sobre el corazón que, tras haber sido puesto a prueba, ha demostrado su fidelidad a Dios, como fue el caso del Profeta Jeremías. Hoy, en cambio, se nos recuerda el deplorable estado de nuestro corazón, del que también el Señor nos advierte en el Evangelio (cf. Mt 15,19). Para que un corazón resista la prueba, necesita atravesar primero una purificación, porque a menudo ni siquiera está consciente de su maldad.
Hb 11,1-7
La fe es garantía de lo que se espera y prueba de lo que no se ve. Por ella fueron alabados nuestros mayores. Por la fe sabemos que el universo, tanto lo visible como lo invisible, fue formado por la palabra de Dios.
“Tú, Señor, me conoces y me ves; has comprobado que mi corazón está contigo” (Jer 12,3).
¡Dichoso el hombre que pueda unirse a las palabras de Jeremías! Muchas adversidades precedieron a esta declaración del profeta, pues Dios había puesto a prueba su fidelidad y, a través de muchas luchas, Jeremías supo resistir.
Mc 8,34–9,1
En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.