Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…). Vio Dios cuanto había hecho, y todo era muy bueno” (Gen 1,26.31).
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Solemnidad de la Asunción de la Stma. Virgen María
Lc 11, 27-28 (Evangelio de la Misa vespertina de la Vigilia de la Asunción)
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. leer más
CONFIANZA ANTE EL PORVENIR
“No tengas miedo de lo que podría sobrevenirte” (Palabra interior). leer más
La vida de los justos
Sab 3,1-9 (Lectura correspondiente a la memoria de San Maximiliano Kolbe)
Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; se tuvo por quebranto su salida, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz. Aunque, a juicio de los hombres, hayan sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad; por una corta corrección recibirán largos beneficios. Pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí; como oro en el crisol los probó y como holocausto los aceptó. El día de su visita resplandecerán, y como chispas en rastrojo correrán. Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos y sobre ellos el Señor reinará eternamente. Los que en él confían entenderán la verdad y los que son fieles permanecerán junto a él en el amor, porque la gracia y la misericordia son para sus santos y su visita para sus elegidos.
BAJO LA MIRADA DEL PADRE
“Tu vida está totalmente en mis manos, y yo decido qué y cuándo sucede” (Palabra interior).
Quien se haya entregado a nuestro Padre y haya correspondido así a su amor, puede apelar con gran confianza a estas palabras. Éstas le acompañarán en todas las situaciones críticas de la vida y le darán la fuerza no sólo para superarlas, sino para reconocer en ellas la providencia y el cuidado de nuestro Padre.
La Palabra de Dios
Ez 2,8–3,4
“Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte; no seas rebelde como ellos. Abre la boca y come lo que te voy a dar.” Al mirar, vi una mano tendida hacia mí, que sostenía un libro enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: “Lamentaciones, gemidos y ayes.” Luego me dijo: “Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel.” Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: “Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy.” Lo comí y me supo dulce como la miel. Entonces me dijo: “Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras.”
Verdadera libertad
Mt 17,22-27
En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán, y al tercer día resucitará.” Ellos se entristecieron mucho. Cuando entraron en Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobraban el tributo y le preguntaron: “¿No paga vuestro maestro el tributo?” Respondió él: “Sí.”
ENTREGARSE AL PADRE SIN RESERVAS
“Dame, Señor, lo que me pides y pídeme luego lo que quieras” (San Agustín).
Con la mirada puesta en nuestro Padre Celestial, podemos pronunciar confiadamente esta oración, que nos mueve a entregarnos completamente al Señor y a no negarle nada. A menudo todavía vacilamos a la hora de confiarnos sin reservas a nuestro Padre y nos aferramos al fundamento aparentemente sólido de nuestras inclinaciones naturales. Tal vez incluso puede haber un cierto temor de que nuestro Padre pudiese pedirnos algo que no estaríamos dispuestos a darle.
EL TIMÓN DE LA JORNADA
“La primera hora de la mañana es el timón de la jornada” (San Agustín). leer más
No desfallecer en el camino
1Re 19,4-8
En aquellos días, Elías caminó por el desierto una jornada, hasta llegar y sentarse bajo una retama. Imploró la muerte, diciendo: “¡Basta ya, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!” Se recostó y quedó dormido bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: “Levántate y come.” Miró y vio junto a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a recostar. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: “Levántate y come, pues te queda un camino muy largo.” Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al monte de Dios, el Horeb.
