“TODO ESTÁ CONSUMADO”

“’Todo está consumado.’ E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30).

Hoy, junto con el Padre Celestial y todos los fieles, nuestra mirada se posa en la Cruz de la que pendió el amado Hijo. Allí, en la Cruz erigida sobre el Calvario, fue quebrantado el poder del mal por el amor manifiesto de Dios. Es el Padre quien nos concede la verdadera vida a través del sacrificio de su Hijo; una nueva vida, que ya no tiene que esconderse de Dios a causa de sus culpas. “Él mismo cargó nuestros pecados en su cuerpo” (1Pe 2,24), y hemos sido liberados. ¡Hoy es el gran viernes, el viernes santo! Dios, el Bueno, todo lo ha hecho bien (cf. Mc 7,37).

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Viernes Santo: “Redimidos por amor”

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Judas consumó su traición y Jesús es apresado. Esto acontece después de que el Señor, en Getsemaní, había aceptado el sufrimiento de manos de su Padre y había dado su ‘sí’ a todo lo que tenía por delante.

Un SÍ que tuvo que atravesar la angustia y la agonía; un SÍ, después de haberle pedido a su Padre que, si era posible, aquel cáliz pasara sin tener que beberlo (cf. Mt 26,39-44); un SÍ que expresa la entrega incondicional al Padre; un SÍ por amor a nosotros, los hombres.

Ahora Jesús se entrega sin reservas al sufrimiento que ha de soportar por nuestra Redención; se enfrenta a todas las burlas y humillaciones, a todas las ofensas, al desamor y a la crueldad que encontrará en su camino doloroso. Todo el odio de las tinieblas se cierne sobre Él; la espantosa oscuridad del pecado con su terrible consecuencia: el alejamiento de Dios.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  (Mt 27,46)

¡Parece haber llegado la hora del triunfo del Adversario!

Pero no es la hora del Mal, aunque él lo pretenda. Es la hora del Señor, en que las tinieblas son vencidas de una vez y para siempre. Es la hora del indecible amor del Señor a su Padre y a nosotros, sus criaturas perdidas. Es la hora en que nuestro Padre Celestial ofrece a toda la humanidad el perdón de sus culpas y la salvación. ¡Es la hora del Señor; es el día de la Redención; es el Viernes Santo!

“Como un cordero llevado al matadero” (Is 53,7), el Señor recorre aquel camino que llamamos ‘Vía Crucis’. Exteriormente privado de todo poder; pero interiormente sostenido por su Padre, para cumplir de forma plena Su Voluntad. Quienes lo vieron pasar en Jerusalén, se encontraron frente a frente con el siervo doliente de Dios, con el Mesías que esperaban, aunque su aspecto era muy distinto al que hubieran imaginado, sin los honores y ademanes que corresponden a un rey.

En su camino hacia la Cruz, Jesús se encuentra con su Madre, que permanece fiel junto a Él. También se encuentra con Verónica, que le muestra su amor, y con las mujeres de Jerusalén, cuyo llanto expresa su compasión por él… Son almas que no están cegadas como aquellas otras que le causan tanto dolor…

Y entonces llega el momento de la consumación. Jesús se deja crucificar, para llevar su misión a su culmen. Elevado en la Cruz, Él redime a la humanidad. ¡La Cruz se convierte en signo de nuestra Redención! El Padre Celestial mismo ha ofrecido el sacrificio que Abrahán no tuvo que ofrecer (Gen 22,1-12):

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” (Jn 3,16)

Ante todo esto, lo único que nos queda por decir es: “Te adoramos, oh Santo Dios, y te damos gracias, porque nos has redimido por tu amor, que te llevó hasta la Cruz. ¡Gloria a Ti!”

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“HÁGASE TU VOLUNTAD”

“¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36).

Estas palabras de Jesús han quedado profundamente marcadas en todos aquellos que han sabido aceptar un sufrimiento de manos del Padre. No es fácil reconocer en ellos su amor paternal, menos aún cuando se trata de sufrimientos que no hemos atraído por nuestra propia culpa. La persona puede encontrarse sumida en una profunda oscuridad y sólo la fe desnuda le ayuda a atravesar aquella situación: la fe en el amor del Padre.

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Jueves Santo: “El servicio y la entrega de Cristo”

 

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Durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. (Jn 13,4-5)

¡Cuán grande amor se nos manifiesta en este día! ¡Con qué gestos tan extraordinarios nos encontramos! El Señor del cielo y de la tierra lava los pies de sus discípulos, revelándoles así más profundamente en qué consiste su seguimiento: se trata de servir. Dios mismo, en su infinito amor, sirve al hombre; y a nosotros nos llama a vivir en este mismo servicio.

Entonces, si nos cuestionamos cómo podemos servir a nuestro prójimo, la respuesta es: ¡Así como Jesús nos sirve a nosotros! No hay nada que le resulte demasiado bajo o despreciable, como para no tocarlo y transformarlo con su amor. A sus discípulos los convierte en príncipes de su Reino; de los pecadores quiere hacer santos.

“Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros.” (Jn 13,13-14)

Nosotros lavamos los pies de los demás cuando los acogemos en nuestro corazón, aun a aquellos que están alejados. Nosotros servimos al prójimo –y en primer lugar a nuestros hermanos en la fe– cuando día a día intentamos imitar al Señor en todo y realizar en Él nuestras obras. Nosotros servimos cuando no cerramos los ojos ante la necesidad de otras personas, ya sea material o espiritual. Nos lavamos unos a otros los pies cuando nos exhortamos y animamos mutuamente a vivir y actuar en el espíritu de Jesús, pues Él nos dio un ejemplo para que imitemos lo que Él hizo por nosotros.

Y como si no nos hubiese dado aún suficientes muestras de su amor, Jesús quiso dejarnos para siempre la actualización de su entrega al Padre y a los hombres.

Así, no solamente lava los pies de sus discípulos; sino que Él mismo se da como alimento. Él es el pan que ha bajado del cielo (cf. Jn 6,51); Él es el fruto del árbol de la vida, que no habíamos podido recibir desde el momento en que perdimos el Paraíso; Él nos ofrece su Carne y su Sangre como alimento, en vísperas de su Crucifixión, para que tengamos vida y la vida de Dios crezca en nosotros. Él no sólo entrega algo de Sí; sino que se entrega a Sí mismo.

¡Cuánta gloria le es dada al Padre! ¡Qué ayuda tan redundante de gracia se nos ofrece a nosotros, los hombres! ¿Quién podrá comprenderlo?

Día a día se hace presente este misterio en el Santo Sacrificio de la Eucaristía; día a día, hasta la consumación del mundo, se actualiza incruentamente el suceso del Gólgota. Día a día las personas están invitadas a prepararse y purificarse para recibir este santo alimento, para que éste pueda desplegar su efecto de gracia. Día a día se puede recibir al Señor, cuando se vive en estado de gracia. Día a día Jesús se nos dona, y el sacerdote, en nombre de Cristo, puede brindarlo a los hombres. Día a día fluyen inconmensurables ríos de gracia, que Dios ha preparado para la humanidad. Día a día se realiza en nosotros la obra de la Redención, cuando aceptamos la invitación del Señor.

¡Nunca podrá enmudecer nuestra alabanza, ni en la tierra ni en el cielo, cuando reconocemos al Señor y a sus obras! ¡Toda la gloria sea dada al Dios Trino!

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“LA CRUZ ES MI CAMINO HACIA VOSOTROS” 

El amor de Dios resplandece incomparablemente en la Cruz: el amor del Padre, que envío a su Hijo para redimirnos; el amor del Hijo a su Padre y a nosotros, los hombres; el amor del Espíritu Santo, quien nos revela más profundamente este acontecimiento de amor y lo actualiza en nosotros.

“¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” –exclama San Pablo (Gal 6,14).

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Miércoles Santo: “Treinta monedas de plata”

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Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me daréis, si os lo entrego?” Ellos le asignaron treinta monedas de plata. (Mt 26,14-15)

La traición de Dios a cambio del dinero injusto… ¡Cuántas veces se repite esta historia! ¡Cuántas veces las personas se venden a precio de dinero, de honor, de placeres desordenados, de poder!

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“ADÁN, ¿DÓNDE ESTÁS?”

“El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’” (Gen 3,9)

Esta es la primera palabra que el Padre dirige al hombre después de haber caído éste en el pecado. Expresa todo el amor con que nos busca.

Esta búsqueda de Dios por nosotros continuará hasta que el hombre haya llegado a la eternidad, donde podrá acoger plenamente su amor y pasará de la fe a la visión beatífica.

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MIRAR AL PADRE DESDE LA CRUZ DEL MUNDO

“Desde la cruz de este mundo, que causa tanto sufrimiento, elevad conmigo la mirada al Padre” (Palabra interior).

Quien tenga ojos para ver y oídos para oír, ciertamente percibirá que se ciernen tiempos oscuros tanto sobre el mundo como sobre la Iglesia. A causa de la pérdida de fe y la falta de una orientación clara por parte de la Iglesia, son cada vez menos los rayos de luz que brillan sobre el mundo, que con tanta urgencia necesita la luz de la Iglesia. El pecado y la confusión se proliferan. Con frecuencia sucede que ya no se llama al pecado por su nombre e incluso puede producirse una diabólica inversión de valores.

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Lunes Santo: “Un gesto de amor a Jesús”

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“María, tomando una libra de perfume de nardo puro muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos.” (Jn 12,3)

¡Qué gesto tan tierno de parte de María nos narra este pasaje evangélico! Es una ternura que corresponde al ser de la mujer, y que refleja algo de su belleza y capacidad de entrega. María le ha entregado todo su corazón a Jesús, y cuánto consuelo habrá sido para Él, en medio de tanta hostilidad, aquella alma amante. Algo similar le sucederá en el Viacrucis, cuando Verónica enjuga su rostro.

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