“¿Acaso entonces este amor que me ofreceríais [como hijos] no se convertiría, bajo mi impulso, en un amor activo, que se extendería al resto de la humanidad, que aún no conoce esta comunidad de los cristianos ni mucho menos a Aquél que los creó y que es su Padre?” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
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“La doncella de Orléans” – Parte 1: El llamado
A partir de hoy, saldremos por algunos días del marco habitual de nuestras meditaciones diarias sobre la Palabra de Dios. Puesto que en este año la Solemnidad del Corpus Christi cayó en el día 30 de mayo, en que normalmente se celebra la memoria de Santa Juana de Arco, queremos dedicar las meditaciones de los próximos días a contar la historia de esta extraordinaria santa. La “doncella de Orléans” es patrona de nuestra comunidad y desde hace muchos años nos acompaña en nuestro camino con el Señor. Nos gusta llamarla nuestra “hermana predilecta”.
EL ‘LADO DÉBIL’ DE DIOS
“Hay que saber tomar [a Dios] del corazón; este es su lado débil…” (Santa Teresita del Niño Jesús).
La sobriedad
1Pe 4,7-13
El final de todas las cosas está cerca. Sed, por eso, sensatos y sobrios para poder rezar. Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados. Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros. Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios. Si uno toma la palabra, que sea de verdad palabra de Dios; si uno ejerce un ministerio, hágalo en virtud del poder que Dios le otorga, para que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo.
El amor y el sacrificio de Jesús
Hb 9,11-15
Hermanos: Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes futuros, oficiando en una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario de una vez para siempre, no presentando sangre de machos cabríos ni de novillos, sino su propia sangre. De ese modo consiguió una liberación definitiva. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de una becerra santifican con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas a nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo!
DIOS NOS AMÓ PRIMERO
IMITAR LA LONGANIMIDAD DE DIOS
“Conduce de vuelta al camino recto a aquellos que tu longanimidad vio extraviarse” (Himno de Laudes en el Tiempo de Cuaresma).
Lecciones del Señor
Mc 10,32-45
Mientras iban de camino subiendo a Jerusalén, Jesús precedía a sus discípulos y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: “Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará.”
DIOS NOS AMÓ PRIMERO
“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1Jn 4,19).
Debemos tener en claro que el amor a Dios no se define en primera instancia por los sentimientos. Éstos suelen ser muy efímeros y pueden cambiar de un momento al otro. También sucede con frecuencia que sentimos que nuestro corazón está frío y, por tanto, tememos que no estamos amando suficientemente a nuestro Padre.
Aquí entra en juego nuestra voluntad: queremos amar a Dios. La carta de San Juan nos da la razón más convincente: “Porque Él nos amó primero.”
Se trata, pues, de corresponder a nuestro Padre, cuyo amor por nosotros precede a nuestro amor por Él. Una joven me lo expresó de forma muy hermosa. Me dijo: “Yo quiero amar al Señor tanto como Él merece”.
Podríamos encontrar un sinnúmero de razones por las que debemos amar al Señor, razones por las que Él merece ser amado. Pero, a fin de cuentas, volveremos siempre al punto de partido: “Porque Él nos amó primero.” Esta es la mayor razón para amarle, buscarle y servirle con toda nuestra voluntad.
También es una respuesta sencilla para cuando las personas nos pregunten por qué amamos a Dios. Es posible que, a partir de ahí, se interesen por saber más, de modo que podamos entablar una fructífera conversación.
Y este amor a nuestro Padre Celestial también debe extenderse a nuestros hermanos, como nos dice San Juan más adelante en su carta:
“Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano” (1Jn 4,21).
EL SEÑOR ES CLEMENTE Y MISERICORDIOSO
“El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad.” (Sal 144,8) leer más
