“Pecado conectado con humildad es mejor que virtud sin humildad” (San Agustín).
A primera vista, podría parecer una afirmación osada del gran San Agustín. Sin embargo, la comprenderemos mejor al analizarla más detenidamente. leer más
“Pecado conectado con humildad es mejor que virtud sin humildad” (San Agustín).
A primera vista, podría parecer una afirmación osada del gran San Agustín. Sin embargo, la comprenderemos mejor al analizarla más detenidamente. leer más
1Cor 1,17-25
No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio, y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros- es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: “Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto?” ¿Dónde el intelectual que se ciñe a simples criterios humanos? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo, mediante su propia sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación.
“Echaré una vez más la red de mi amor” (Palabra interior).
Mc 6,14-29
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Algunos decían: “Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.” Otros decían: “Es Elías”; otros: “Es un profeta como los demás profetas.” Al enterarse Herodes, comentó: “Seguro que aquel Juan, a quien yo decapité, ha resucitado.” leer más
“Mañana tras mañana el Señor despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50,4).
Quien se haya adentrado en la oración del corazón por un buen tiempo y la practique con regularidad, podrá experimentar la dicha de que esta oración realmente se hace presente en el corazón. Se nos vuelve fácil retirarnos a esa “celda interior” que se ha formado gracias a la oración, precisamente en aquellos momentos en que el ruido estorba y estamos más expuesto al peligro de la dispersión. Pero aun si nuestro entorno no es tan ruidoso, nos retiraremos gustosamente a esta “celda interior”, para allí estar a solas con el Señor. Con el paso del tiempo, se nos convierte en algo natural. Por supuesto que, para llegar ahí, habrá que seguir los impulsos de la gracia y cultivar la oración interior. Así, llega a ser un buen hábito espiritual el de retirarnos gustosamente a la oración, hallando, a través de ella, nuestro hogar en el Señor.
La oración del corazón –u oración de Jesús– requiere una cierta preparación. En este sentido, escuchemos nuevamente al metropolita Serafim Joanta:
“Las disposiciones para la oración de Jesús son, al igual que para cualquier otra oración, las siguientes: Estar en paz con el prójimo, liberarse de excesivas preocupaciones, una cierta disposición del alma, un lugar tranquilo… Nadie puede rezar una oración pura –esto es, una oración que no esté empañada por pensamientos extraños, por impresiones externas de los sentidos y recuerdos– mientras no esté en paz con el prójimo. La falta de perdón y la permanencia en la discordia nos llenan de fuerzas negativas que enturbian el corazón. Lo mismo sucede con el exceso de preocupaciones.
“Quien ande a oscuras, sin claridad, que confíe en el nombre del Señor y se apoye en su Dios” (Is 50,10b).
“El tiempo apremia” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
El eterno Padre nos dice que el tiempo apremia; el Apóstol Pablo nos exhorta a “aprovechar bien el tiempo presente” (Ef 5,16). ¡Así que no hay tiempo que perder!
El que quiera enriquecer e intensificar su vida de oración, encontrará una práctica muy valiosa en la tradición de la Iglesia oriental: Es la así llamada “oración del corazón” u “oración de Jesús”.
Para no dar lugar a malos entendidos, vale aclarar que esta forma de oración hace parte del rico tesoro de la Iglesia Universal, si bien es practicada sobre todo por los fieles de la ortodoxia. No es, de ninguna manera, una práctica ajena que provenga de las formas de meditación de otras religiones orientales; sino que es genuinamente cristiana. Actualmente se está introduciendo también cada vez más en la Iglesia católica romana. En efecto, la oración del corazón puede responder de forma fructífera a nuestro anhelo de silencio y recogimiento.