“Elevad la mirada junto a mí hacia el Padre, y entonces todo saldrá bien, sea lo que sea” (Palabra interior).
Estas palabras son una invitación de nuestro Señor a imitarlo siguiendo el mismo camino que Él siguió, y a recorrerlo de la mano de Él.
“Elevad la mirada junto a mí hacia el Padre, y entonces todo saldrá bien, sea lo que sea” (Palabra interior).
Estas palabras son una invitación de nuestro Señor a imitarlo siguiendo el mismo camino que Él siguió, y a recorrerlo de la mano de Él.
2Cor 5,6-10
Nos sentimos plenamente seguros, aun sabiendo que habitar en este cuerpo es vivir en el exilio, lejos del Señor; porque nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente.
Sí, nos sentimos plenamente seguros, y por eso, preferimos dejar este cuerpo para estar junto al Señor; en definitiva, sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él, nuestro único deseo es agradarlo. Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal. leer más
1Re 19,19-21
En aquellos días, Elías partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Tenía frente a él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Elías pasó a su lado y le echó su manto encima. Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo: “Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.” Le respondió: “Puedes ir, pero recuerda lo que he hecho contigo.” Volvió atrás Eliseo, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó a la gente para que comieran. Luego siguió a Elías y se puso a su servicio.
La vocación de Eliseo y su inmediata respuesta nos recuerdan aquella escena en que los discípulos fueron llamados por el Señor y dejaron todo atrás para seguirlo. En este caso, Elías permite a su sucesor despedirse de su familia. Jesús, en cambio, nos muestra con más claridad aún cuán importante es una vocación tal. A partir del momento de ser llamada, la persona ha de ocuparse exclusivamente en el Reino de Dios: “El que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de los cielos” (Lc 9,62). O también: “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37).
Es importante que comprendamos la dimensión de una vocación como la que recibió Eliseo. De ninguna manera se opone a la familia ni le quita la importancia que ésta tiene en el orden de la vida natural. El mandamiento de honrar padre y madre por supuesto que permanece vigente.
Pero una vocación como ésta hace parte de la dimensión sobrenatural y es un llamado directo a entrar en el servicio de Dios. Para estar totalmente libres para corresponder a este llamado, las relaciones naturales pasan a un segundo plano. La preocupación por el bienestar de la familia se transforma en una preocupación universal por las intenciones del Reino de Dios.
Cuando una persona recibe un llamado tal, Dios le está dando una gran muestra de su amor, y podemos estar seguros de que su vocación se convertirá en bendición también para su familia natural, aun si muchas veces no lo comprenden en un primer momento.
El celibato de los sacerdotes católicos ha de ser entendido en el contexto de esta vocación especial. Su vida refleja la vida del Hijo de Dios, quien no contrajo matrimonio. Podríamos considerar muchos aspectos de esta forma de vida, que nos permitirían descubrir aún más su valor. Pero en el marco de la lectura de hoy, conviene que meditemos especialmente sobre el carácter de la vocación en cuanto que saca a una persona del contexto natural que suele ser dominante en la vida humana.
En el seguimiento del Señor, todo cristiano ha de transformar sus costumbres y su forma de pensar. Como nos enseña San Pablo, hemos de “aspirar las cosas de arriba; no las de la tierra” (Col 3,2). Si esto se aplica para el cristiano que vive en el mundo, que lógicamente tiene que ocuparse mucho más de las realidades cotidianas de la vida, y hacerlo en el Espíritu de Cristo; cuenta especialmente para aquellos que han sido llamados a abandonar el mundo y han sido liberados de muchas cargas terrenales.
Sería paradójico dejar el mundo por causa de Jesús, para luego seguir ocupándose voluntariamente de las cosas mundanas de una manera que ata el corazón.
Aquellas personas que han recibido un llamamiento especial para seguir a Cristo, han de guardar en su interior estas palabras del profeta Elías: “Recuerda lo que he hecho contigo”, porque también sobre ellas ha sido “echado el manto del profeta”, al tener una especial participación en la vocación profética.
“Recuerda lo que he hecho contigo”… Y la frase podría continuar así: “Considera tu vocación como un llamado especial de amor, que te llama a la responsabilidad de corresponderle. Por eso, sólo a mí has de apegarte, para que Yo pueda enviarte, para que pueda vivir en Ti, para que te conviertas en bendición para otros…”
“A veces paso días e incluso años cerca de ciertas almas, para poder asegurarles la felicidad eterna. Ellas no saben que estoy ahí, esperándolas, que las llamo a cada instante del día… Sin embargo, yo no me canso nunca (…).
“Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan” (Sab 11,23).
Estas palabras de la Sagrada Escritura nos revelan por qué nuestro Padre a menudo espera tanto tiempo hasta que los hombres se conviertan, mientras que nosotros ya hace mucho habríamos perdido la paciencia e invocado el juicio sobre ellos. También los discípulos tuvieron que aprender esta lección, cuando hubieran querido hacer bajar fuego del cielo sobre una aldea que no dio acogida a Jesús (Lc 9,51-56).
1Re 19,9a.11-16
En aquellos días, cuando Elías llegó a Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva, y pasó en ella toda la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!» Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía: «¿Qué haces, aquí, Elías?» Respondió: «Me consume el celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derruido tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme.» El Señor dijo: «Desanda tu camino hacia el desierto de Damasco y, cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael, rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.»
El amor de nuestro Padre se derrama sobre nosotros especialmente a través del Santo Sacrificio de la Misa, cuya digna celebración y participación Él nos encomienda. Aquí nuevamente somos nosotros los receptores y los invitados –siempre y cuando estemos en estado de gracia– y simplemente le damos a Dios la oportunidad de colmarnos de sus bienes, como tanto le gusta hacerlo.
Mt 5,20-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás, pues el que mate será reo ante el tribunal.’ Pues yo os digo que todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal; el que llame a su hermano ‘imbécil’ será reo ante el Sanedrín; y el que le llame ‘renegado’ será reo de la Gehenna de fuego. Entonces, si al momento de presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano.
Después de haber tematizado en los dos últimos impulsos diarios la bondad de nuestro Padre Celestial y su deseo de perdonar incluso los pecados repugnantes como el fango, quisiera hoy simplemente “dejar hablar” al Padre mismo, citando dos pasajes del Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio sobre este tema.
Mt 5,17-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.” leer más