«El que me escucha vivirá seguro, tranquilo, sin temor a la desgracia» (Prov 1,33).
Nuestro Padre nos lo pone fácil para adquirir sabiduría y vivir en la seguridad que tanto anhelamos. Siempre ha sido así, incluso en los tiempos en que el hombre vivía despreocupado en el Paraíso. Mientras escuchaba a Dios, antes de la caída en el pecado, su vida transcurría en plena unidad con su amantísimo Padre celestial. Pero entonces llegó la desgracia, a causa de la desobediencia y de haber prestado oído a la seductora voz del diablo.
Ahora ya no vivimos en el Paraíso y sufrimos las consecuencias de haberlo perdido. Sin embargo, nuestro Padre no nos ha abandonado a merced de la perdición. En la persona de su Hijo, Él mismo vino a nosotros para liberarnos de las cadenas de la culpa.
Y hoy en día seguimos llamados a escuchar a nuestro Padre y a seguir sus instrucciones: «Porque el Señor es el que da la sabiduría, de su boca nacen la ciencia y la prudencia» (Prov 2,6).
Este es el camino para alcanzar la sabiduría divina: asimilar profundamente su palabra en nuestro corazón, como hizo la Virgen María, que guardaba en su corazón las palabras de su Hijo. Entonces, la luz de la verdad se difunde en nuestro interior, confiriéndonos una gran seguridad en nuestra vida de gracia. Si nos aferramos a ella, esta luz no nos abandonará ni siquiera en aquellas temporadas en las que rugen las tormentas y los escenarios apocalípticos parecen hacer tambalear todo a nuestro alrededor.
No hay nada más seguro, nada que aporte mayor sabiduría, que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Porque no cabe duda de que nuestro Padre «vigila las sendas de la equidad y guarda el camino de sus amigos» (Prov 2,8).
