“EN EL APRIETO ME DISTE ANCHURA”

“Cuando me encuentro con un corazón abierto, quiero darle todo y, a través suyo, agasajar también a otras personas” (Palabra interior).

Nuestro Padre puede servirse de un corazón que se ha abierto a Él. De hecho, además de amar a cada persona con un amor único y colmarla con su gracia, Dios tiene siempre bajo su amorosa mirada a la familia humana en su totalidad. Así, podemos notar que, cuando nos esforzamos sinceramente por recorrer el camino de la santidad y responder al amor de nuestro Padre, Él nos incluye en su plan de salvación.

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EL CASTILLO INTERIOR

“Si te aferras inconmoviblemente a mí, si rechazas contundentemente todos los pensamientos que te confundan y anclas tu corazón insondablemente en mí, entonces ya no serás tú quien vive, sino que yo viviré en ti y me habré convertido en tu vida” (Palabra interior).

Esta pauta de nuestro Padre es para tiempos de gran confusión, como los que vivimos actualmente en el mundo e incluso en la Iglesia. En esos tiempos, el Padre está particularmente cerca de los suyos, sosteniéndolos en todas las dificultades y preparándolos para que puedan resistir a todo lo que les sobrevenga.

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AL SERVICIO DEL SEÑOR 

“Haz que te encuentre siempre en vela, para que pueda contar contigo a toda hora” (Palabra interior).

Nuestro Padre quiere tomarnos totalmente a su servicio. Para ello, necesita que estemos en vela; es decir, enfocados en Él. Por eso es importante que trabajemos en nuestra disposición interior, para que estemos prontos a asimilar todo aquello que nuestro Padre quiere confiarnos.

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MIS ENTRAÑAS PATERNALES

“Es a vosotros, creaturas mías, a quienes vengo a mostrar mis entrañas paternales, apasionadas de amor por vosotros, hijos míos” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre quiere mostrarnos su Corazón. A nivel humano, sabemos lo que significa que una persona le diga a otra que su corazón le pertenece. Significa que se lo ha abierto de par en par, para que ella pueda encontrarse con lo más íntimo de su ser.

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UNA LUZ RADIANTE 

“Si vivís en mi amor, a través de mi Espíritu Santo yo os daré todo, y ésa será vuestra radiante luz” (Palabra interior).

Al vivir en el amor de nuestro Padre, nuestra vida se vuelve radiante y clara. Cuanto más permitamos que el Espíritu Santo penetre en nosotros, tanto más podrá desplegarse en nosotros la imagen de Dios, según la cual Él nos creó.

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¡NO TEMAS!

“No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío.” (Is 43,1)

El Apóstol Pablo exclama: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom 8,35), y nos asegura entonces que absolutamente nada – “ni la muerte, ni la vida, (…) ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, (…) ni cualquier otra criatura– podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (v. 38-39). leer más

AMOR DESINTERESADO

“Desde la creación del hombre, ni un solo instante he dejado de estar cerca de él. Como su Creador y Padre, siento la necesidad de amarlo” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Asimilemos profundamente hasta qué punto nos ama el Padre, con total desinterés. Dios no nos necesita para sí, porque es perfecto en sí mismo y no carece de nada. Así lo describe en el Mensaje a Sor Eugenia: “No es que yo lo necesite, pero mi amor de Padre y Creador me hace sentir la necesidad de amar al hombre.”

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LA VERDADERA PAZ

El gran anhelo de paz que habita en el corazón de tantas personas puede hacerse realidad si recurren a la verdadera fuente de la paz. Primero es necesario estar en paz con Dios, viviendo conforme a su Voluntad. Esto nos lo ofrece en su Hijo, por quien “quiso reconciliar consigo todos los seres, restableciendo la paz, por medio de su sangre derramada en la Cruz” (Col 1,20). A sus discípulos les dice: “Mi paz os doy” (Jn 14,27).

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LA VIDA ETERNA 

Alzando sus ojos al cielo, Jesús dijo: “Padre, glorifica a tu Hijo (…), por cuanto le diste autoridad sobre todo ser humano, para que Él dé vida eterna a todos los que Le has dado. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Jn 17,2-3)

El Padre le ha dado a su Hijo el poder sobre todo ser humano. Sabemos de qué tipo de poder se trata: es el “poder del amor”. Cuando los fieles doblan sus rodillas ante Jesús, se postran ante un Rey que dio su vida por ellos y obtuvo así poder sobre sus corazones. Más que servir al Señor por temor a su majestad, nos adherimos a Él con gran amor.

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LA GLORIFICACIÓN DE DIOS 

“Jesús dijo: ‘Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti’” (Jn 17,1b).

Así como el Padre quiere ser glorificado a través del Hijo, también quiere Él mismo glorificar al Hijo:

“Glorifícame Tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17,5).

Jesús pide ahora al Padre que también su humanidad sea glorificada con toda la gloria que poseía desde la eternidad como Dios, para que los hombres reconozcan a Aquel que lo envió, a Aquel en cuyo Nombre habla y cuyas obras realiza, a Aquel cuya gloria procura…

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