EL TESORO DE DIOS EN NOSOTROS

Dios nos creó a partir de la nada. Su única motivación fue su amor por nosotros. Por ello, creó al hombre a su imagen y semejanza (Gen 1,27) y lo revistió de una gran dignidad.

Así nos lo transmite el Padre en el Mensaje a la Madre Eugenia:

“Cuando Yo creo a una persona de la nada, del polvo, del elemento de la tierra, le concedo algo muy grande; algo que procede de mí: el espíritu, el alma. Así, cuando la persona llega a este mundo, es ya muy grande, pues porta en sí misma aquel tesoro de la belleza que procede de Dios, su Padre, y que hace que esta alma sea divina.”[1]

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LA VERDADERA LIBERTAD

“Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres” (Jn 8,36).

Sólo Dios puede darnos la verdadera libertad, pues ésta consiste en vivir en su Voluntad, correspondiendo así al amoroso plan con que Él nos creó. Muchas veces las personas creen que la libertad consiste en hacer lo que a uno le plazca, y así caen en muchas dependencias. Pero no, la verdadera libertad consiste en hacer lo correcto, vivir en la verdad y adherirse a ella de todo corazón. Esto es lo que Dios, en su amor, nos ofrece, al mismo tiempo que nos da la gracia para ponerlo en práctica.

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LA SENCILLEZ

El Padre ama la sencillez. En el evangelio escuchamos cómo Jesús se regocija en ello: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21).

Sencillez no significa falta de inteligencia; sino simpleza de corazón.

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TODO COOPERA PARA EL BIEN DE LOS QUE AMAN A DIOS

“A aquellos que aman a Dios, Él todo lo convierte en bien. Incluso sus extravíos y errores Dios los revierte en bien para ellos” (San Agustín de Hipona).

Probablemente en ningún otro momento nos encontramos con más fuerza con la amorosa Omnipotencia de nuestro Padre que en el perdón de nuestros pecados. Él se dirige a nosotros, los hombres, con su gran misericordia, para llamarnos a la conversión, para llamarnos de regreso a casa… La hora de la gracia está en vigencia; las puertas del Corazón de Dios están abiertas de par en par.

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EL CAPITÁN 

Un niño estaba a la orilla de un gran lago y con sus brazos hacía señas para llamar a un barco que ya se encontraba en pleno curso. Se le acercó un hombre y le dijo: “¡No seas tonto! ¿Crees que el barco cambiará de rumbo sólo porque lo estás llamando?” Pero, efectivamente, el barco giró hacia la orilla, atracó y subió al niño a bordo. Mientras éste subía, le dijo al hombre: “¡No, señor, no soy tonto! El capitán es mi papá.”

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QUEDAREMOS SORPRENDIDOS

“La mayoría de personas no tiene ni idea de lo que Dios podría hacer de ellas si tan sólo se pusieran a su disposición” (San Ignacio de Loyola).

San  Ignacio, un maestro de la vida espiritual, nos recuerda en esta frase cuánto Dios ama hacer de cada persona lo que ella es en realidad. En cada una ha de relucir lo que más glorifique a  nuestro Padre y la ennoblezca a ella misma.

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EL PALACIO DEL GRAN REY

“Si hubiera sabido antes lo que ahora sé, que el diminuto palacio de mi alma alberga a tan grande Rey, no lo habría dejado sólo en ella tan a menudo” (Santa Teresa de Ávila).

Santa Teresa llega a una conclusión esencial, que también nosotros deberíamos acatar sin demora. En efecto, esta realidad se aplica a cada alma que se encuentra en estado de gracia. La Santísima Trinidad pone su morada en ella y la convierte en su Templo. Si aceptamos la constante invitación del gran Rey, su inhabitación se convertirá en una constante fuente de vida en nuestro interior. En lo más profundo de nuestra alma escucharemos atentamente a nuestro Padre, dialogaremos con Él, cultivaremos el amor…

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“REGÁLAME TU CORAZÓN”

“Dios no dice: ‘Dame un corazón como el de los ángeles’; sino: ‘Regálame tu corazón.’ Lo que Él quiere es tu propio corazón; entrégaselo tal como es. Él no pide más que lo que somos y tenemos” (San Francisco de Sales).

Nuestro actual compañero de camino nos dirige hoy una frase reconfortante, invitándonos a acercarnos a nuestro Padre tal como somos. No hace falta que nos humillemos de una forma artificial ni que nos presentemos como grandes campeones religiosos. Podemos y debemos acudir a Él como somos en verdad y regalarle nuestro corazón. A través de la guía del Espíritu Santo y con nuestra cooperación, el Padre se encargará de convertirlo en un corazón semejante al suyo.

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LA TRANSFORMACIÓN DEL SUFRIMIENTO 

“El sufrimiento, considerado en sí mismo, es algo terrible. Pero cuando lo miramos en la Voluntad de Dios, se convierte en amor y dulzura” (San Francisco de Sales).

Aceptar el sufrimiento como venido de las manos de nuestro Padre es una de las lecciones más difíciles que hemos de aprender en nuestro camino de seguimiento de Cristo. No es de extrañar que sea así, puesto que el sufrimiento y la muerte son consecuencias del pecado original y de la pérdida del Paraíso. Sigue resultándonos ajeno y, contemplado en sí mismo, el sufrimiento es algo terrible, como nos dice nuestro actual compañero de camino, San Francisco de Sales.

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