“NO DEJES INCLINARSE MI CORAZÓN A LA MALDAD”

“Coloca, Señor, una guardia en mi boca, un centinela a la puerta de mis labios; no dejes inclinarse mi corazón a la maldad” (Sal 140,3-4a).

La lengua es “un mundo de iniquidad” (St 3,6) y de nuestro corazón procede el mal (cf. Mt 15,19). Así nos lo dice la Sagrada Escritura, con su incomparable sobriedad y sin rodeos. “¿Quién se da cuenta de sus yerros?” (Sal 18,13).

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“EL AMOR Y LA LEALTAD NO TE ABANDONEN”

“El amor y la lealtad no te abandonen; átalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón” (Prov 3,3).

Las amonestaciones paternales de Dios nos señalan el rumbo. Nunca debemos descuidar el camino de la virtud, y siempre hemos de volver a él si nos hemos desviado aunque sea un ápice. Después de cada derrota hemos de levantarnos de nuevo y retomar el camino. Ésta es la lealtad a la que nos exhorta el Padre Celestial. Recordemos cómo Jesús, en su camino al Calvario, cayó tres veces bajo el peso de la Cruz y –como meditamos en las estaciones del Via-Crucis– volvió a levantarse para consumar la obra que el Padre le había encomendado realizar.

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“VENGO PARA DARME A CONOCER”

“Los misioneros han hablado y siguen hablando de Dios en la medida en que ellos mismos me conocen, pero os digo nuevamente que no me conocéis como soy. Por eso vengo para darme a conocer como el Padre de todos los hombres” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Aquí el Padre expone una de las razones por las que quiere Él mismo darse a conocer a los hombres a través de la Madre Eugenia Ravasio. Evidentemente, la verdadera imagen de nuestro Padre aún no calado suficientemente en las almas de los hombres. El demonio ha logrado que persista una imagen imperfecta, distorsionada y falsa de Dios, incluso en aquellos cristianos que ya siguen al Señor.

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LA EXTENSIÓN DEL AMOR

“Si conocierais a este Padre (…), ¿acaso entonces este amor que me ofreceríais no (…) se extendería al resto de la humanidad, que aún no conoce esta comunidad de los cristianos ni mucho menos a Aquél que los creó y que es su Padre?” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Esta afirmación de nuestro Padre nos permite vislumbrar un poco sus planes de salvación. Su meta es que todos los hombres aprendan a conocerlo, honrarlo y amarlo como Padre, para que, viviendo como hijos de Dios, puedan acoger lo que Él les tiene preparado.

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UN AMOR ACTIVO

“Si conocierais a este Padre (…), ¿acaso entonces este amor que me ofreceríais no se convertiría, bajo el impulso de mi gracia, en un amor activo?” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Al conocer más profundamente a nuestro Padre, se despierta en nosotros ese amor que habita en su Corazón paternal. Si lo amamos a Él, amaremos al mismo tiempo a los hombres y procuraremos su salvación.

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ADMINISTRAR EL MUNDO CON SANTIDAD Y JUSTICIA

“Con tu Sabiduría formaste al hombre para que (…) administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu” (Sab 9,2a.3).

El Padre no sólo encomendó a nuestro cuidado la Creación irracional; sino también el mundo, que ha de ser modelado por el hombre. Si en lo que respecta a nuestra responsabilidad frente a la Creación el Padre puso énfasis en que la tratáramos con sabiduría, para administrar el mundo menciona como criterio la santidad y la justicia. Aquellas cualidades que nuestro Padre posee a plenitud –la santidad y la justicia–, y que de Él podemos recibir, quiere verlas reflejadas en nosotros a la hora de asumir responsabilidad en el mundo humano.

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“NADIE PUEDE ARREBATARLAS DE LA MANO DEL PADRE”

“Mi Padre, que me las dio [las ovejas], es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre” (Jn 10,29).

En las manos de nuestro Salvador, en las que el Padre nos ha colocado, podemos atravesar seguros el tiempo de nuestra vida terrena y enfrentar de forma correcta los peligros que se nos presentan en el camino. Éstos nunca podrán adquirir poder sobre nosotros, por más amenazadores que parezcan. Pensemos en la victoria del Señor en la Cruz: los poderes de las tinieblas creían haber triunfado; pero en realidad fue la hora de su derrota.

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