(Sal 145,3.5)
La invitación que nuestro Padre nos dirige una y otra vez a confiar en todo y del todo en Él, viene acompañada de la advertencia de no buscar ni en los príncipes ni en hombre alguno la seguridad existencial de nuestra vida.
(Sal 145,3.5)
La invitación que nuestro Padre nos dirige una y otra vez a confiar en todo y del todo en Él, viene acompañada de la advertencia de no buscar ni en los príncipes ni en hombre alguno la seguridad existencial de nuestra vida.
“En mi Corazón estás en casa, siempre y para siempre. Allí encuentras todo, aun en la más densa oscuridad” (Palabra interior).
Sentirse en casa es un anhelo profundamente arraigado en el hombre. El hogar es el sitio donde puede ser como es, donde no se siente amenazado, donde se sabe amado, donde se ubica…
“No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar (…).
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios.” (Sal 145,3.5)
La invitación que nuestro Padre nos dirige una y otra vez a confiar en todo y del todo en Él, viene acompañada de la advertencia de no buscar ni en los príncipes ni en hombre alguno la seguridad existencial de nuestra vida.
“Confía en mí sin reservas” –escuché un día en la oración.
El amor de nuestro Padre nos invita a confiar ilimitadamente en Él. No hay nada que Dios no sepa; Él nos conoce mejor que nosotros mismos, conoce nuestro corazón:
“Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.” (Sal 138,1-3)
Todas las personas han de cobrar consciencia de que tienen un Padre amantísimo. Es ésta la realidad objetiva sobre la cual se cimentan sus vidas. Sólo al interiorizar esta certeza podrán despertar a la plenitud de la vida (cf. Jn 10,10b).
Es el Padre Celestial quien puede sanar todas nuestras heridas y hacernos descubrir el sentido amoroso de nuestra existencia, al dársenos a conocer. ¡Aquí reside la verdadera felicidad del hombre!
Habiendo llegado su hora, Jesús se dirige al Padre y le encomienda a los Suyos y le asegura: “[Ellos] Entendieron que en verdad salí de Ti, y creyeron que Tú Me enviaste” (Jn 17,8b).
Conocer a Jesús significa comprender más profundamente que Él salió del Padre y vino para dárnoslo a conocer. Es de inconmensurable importancia que los judíos, a los cuales Jesús fue enviado en primer lugar (cf. Mt 15,24), sepan que su Mesías y el Mesías de toda la humanidad es el Hijo del único Dios; el mismo que los había elegido para que sean su Pueblo (cf. Jer 30,22).
En la Encarnación de Jesús y en su Venida al mundo, el Padre Celestial se les manifiesta de forma excepcional. Jesús es el testimonio vivo de la bondad de nuestro Padre. Cada paso, cada palabra, cada obra suya testifica a Aquél que lo envió. ¡Y su testimonio es veraz (cf. Jn 21,24)!
“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16).
Dichosos aquellos que sean capaces de entenderlo y se convenzan de que la suprema obra de amor del Padre Celestial es venir a nuestro encuentro en la Persona de su Hijo.
Dichosos aquellos que, a la luz del Espíritu Santo, penetran en el misterio del amor entre el Padre y el Hijo.
Dichosos aquellos a los que se les revela la Palabra de Dios y que día a día encuentran en ella el alimento para su alma.
Dichosos aquellos en los que la Palabra de Dios encuentra cabida, de modo que puede impregnar su corazón.
Dichosos aquellos que han encontrado el verdadero alimento en las praderas eternas de Dios, y lo comparten con sus hermanos.
Dichosos los que ya no buscan otra cosa que lo que saciaba a Jesús:
“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.” (Jn 4,34)
“Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20,29b).
En su gran oración al Padre, Jesús puede atestiguar que los suyos, que le fueron encomendados por el Padre, han guardado su Palabra: “Ahora han conocido que todo lo que Me has dado viene de Ti; porque Yo les he dado las palabras que Me diste; y las recibieron.” (Jn 17,7-8)
Seguimos meditando detalladamente el capítulo 17 de San Juan, que es expresión eminente de la profunda relación entre el Padre y el Hijo. Alzando los ojos al cielo, Jesús dijo a su Padre:
“He manifestado tu Nombre a los hombres que del mundo me diste. Eran tuyos y me los diste, y han guardado tu palabra” (Jn 17,6).
“Glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17,4).
Para Jesús ha llegado la hora de volver al Padre. Ha cumplido su misión y ha dejado a los suyos todo lo que necesitan para avanzar hacia la eternidad y llegar a la morada eterna que Él les prepara en la Casa de su Padre (cf. Jn 14,2-3).
Dios anhela que nosotros, los hombres, lo amemos y que este amor se exprese también en un culto y una veneración especial.
Podemos imaginar cómo es cuando nosotros mismos estamos llenos de amor y queremos compartir este amor con las personas… Y si a nosotros, que somos tan imperfectos, nos urge transmitir este amor a los demás, ¡cuánto más a nuestro Padre, que es la fuente misma del amor! En efecto, el culto y la veneración que Dios Padre pide, tienen como profundo objetivo que nuestros corazones se dirijan a Él y que descubramos y correspondamos al verdadero sentido de nuestra existencia.