“¡Qué incomparables encuentro tus pensamientos,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.” (Sal 138,17-18)
¿Podemos conocer los pensamientos de Dios?
“¡Qué incomparables encuentro tus pensamientos,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.” (Sal 138,17-18)
¿Podemos conocer los pensamientos de Dios?
“Yo mismo vengo a traer el fuego ardiente de la Ley del amor, para así derretir y destruir la enorme capa de hielo que envuelve a la humanidad.” (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio)
Cuando el Señor vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc18,8)
Siendo realistas, hay que admitir que el panorama se ve sombrío. Cuando miramos a nuestro alrededor, tenemos que constatar que la fe y, en consecuencia, la relación viva del hombre con Dios está a punto de extinguirse. Lamentablemente, hay que hablar incluso de apostasía… ¡Una situación desesperada!
“Nunca estaréis en la verdadera libertad ni en la verdadera felicidad, mientras no me reconozcáis como Padre y os sometáis a mi yugo, para ser verdaderos hijos de Dios, vuestro Padre.” (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio)
Cuando pensamos poder hallar la libertad y la felicidad fuera de los santos Mandamientos de Dios, nos encontramos en el mayor engaño. Es el engaño de Lucifer, que hace creer a las personas que pueden determinar por sí mismas su vida conforme a sus propias ideas y que entonces todo saldrá bien. ¡Lo que sucede es todo lo contrario!
“[Al recibir la Sagrada Hostia] Yo os inundo con mi amor. Entonces, sólo tenéis que pedirme las virtudes y la perfección que necesitáis, y podéis estar seguros de que, en estos momentos en que Dios reposa en el corazón de su criatura, nada os será negado.” (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio)
“Buscad almas que luchen desinteresadamente por Mi gloria y honor, y que de buena gana me den este lugar de reposo.” (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio)
Cuando le hemos abierto las puertas de nuestro corazón al Padre Celestial y Él se nos dona, cuando empezamos a disfrutar la dicha de la comunión íntima con Él, entonces nuestro Padre dirige nuestra mirada a las otras personas, pues también ellas están llamadas a tener parte en esta inefable gracia de vivir como verdaderos hijos de Dios.
“Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras” (Sal 138,13-14).
¿Podemos pronunciar con el corazón libre y a una sola voz con el salmista esta acción de gracias a Dios? Deberíamos ser capaces de ello, porque nuestro Padre puso todo su amor al crear al hombre, y esto cuenta para todos y cada uno de nosotros.
“No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda.” (Sal 138,4)
Desde que los pensamientos surgen en nuestro interior hasta que los pronunciamos con las palabras, aún nos queda un camino que nos permite refrenarlos, de modo que no salga de nuestros labios palabra alguna que pudiese desagradar a nuestro Padre.
“De lejos penetras mis pensamientos” (Sal 138,2b).
La amorosa omnisciencia de nuestro Padre no sólo es para nosotros una reconfortante certeza; sino que se nos convierte en una lección espiritual, si permitimos que sus palabras nos impregnen profundamente.
“Señor, tú me sondeas y me conoces” (Sal 139,1)
Nadie más que Dios conoce el corazón del hombre en su mayor profundidad. Nadie puede siquiera sondear a fondo su propio corazón, si no le es revelado en la luz del Espíritu de Dios.
“Yo mismo he depositado en los corazones de los hombres la búsqueda de mí. ¡Y Yo mismo soy la respuesta!” (Palabra interior).
¿Por qué el hombre busca?
Porque el Padre mismo ha depositado este anhelo en su corazón y, conforme a las inolvidables palabras de San Agustín, “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I, 1).