«Inclinad el oído y acudid a mí, oíd y vuestra vida prosperará» (Is 55,3).
Para recibir todo lo que nuestro Padre nos tiene preparado, tenemos que aprender a escuchar y, por tanto, centrar toda nuestra atención en Él. Inclinar el oído significa escuchar con el corazón, querer descubrir exactamente lo que el Dios vivo tiene que decirnos, investigar sus planes acercándonos a Él con total confianza y dispuestos a escuchar. De esta manera, prospera la verdadera vida, porque se produce un intercambio de amor. El que nos habla —nuestro Padre— es el amor mismo, y aquel que está llamado a escuchar —el hombre— fue creado por este amor.
