Día 4: “La fe desata la obra de Dios”

Hoy, en el cuarto día de nuestro itinerario cuaresmal, el Señor, por medio del profeta Isaías, insiste una vez más en la importancia de actuar justamente con el prójimo y de cumplir sus mandamientos. Si lo hacemos, la verdadera paz podrá entrar en nuestra alma y sucederá tal y como nos asegura la lectura:

«Serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas jamás faltarán (…). Entonces tendrás tus delicias en el Señor y yo te elevaré sobre toda terrena altura» (Is 58,11b.14a).

En efecto, solo la recta conducta y el cumplimiento de los mandamientos de Dios traen la verdadera paz al hombre y le capacitan para convertirse, a su vez, en «instrumento de paz». Si vivimos en la gracia de Dios —o, en palabras del profeta Isaías, si somos un «huerto bien regado»—, entonces también daremos buenos frutos. En cambio, ¿cómo podría haber paz si, a causa del pecado, vivimos en contradicción interior y en oposición a Dios? Por eso, el llamado a la conversión siempre es prioritario, ya sea que nos hayamos desviado totalmente del camino, que no conozcamos a Dios o que hayamos descuidado el seguimiento de Cristo y no hayamos respondido lo suficiente a la gracia que se nos ha confiado.

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“UN AYUNO GRATO A TUS OJOS”  

«Con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas (…) a dominar nuestro orgullo, e imitar así tu generosidad compartiendo nuestros bienes con los necesitados» (Prefacio de Cuaresma).

A través del profeta Isaías, amado Padre, nos dejas muy claro en qué consiste un verdadero ayuno. Tú aborreces toda injusticia y te horroriza que alguien sea capaz de perjudicar a quien ya de por sí tiene poco. El santo ayuno incluso puede pervertirse cuando se practica simplemente porque goza de prestigio en una sociedad religiosa –como era el caso del pueblo judío en el pasado– pero se le despoja de su sentido más profundo.

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Día 3: “Los beneficios del ayuno”

Hoy, en el tercer día de nuestro itinerario cuaresmal, las lecturas nos introducen en los temas del ayuno y del amor a los enemigos.

El ayuno —y con ello nos referimos, en primer lugar, al ayuno corporal, que era muy común en la Iglesia en tiempos pasados— es una práctica muy buena y provechosa para nuestra vida espiritual en el seguimiento de Cristo. Sin duda, es un sacrificio grato a los ojos de Dios si va acompañado de la lucha por la santidad en general. La lectura, tomada del Libro de Isaías, señala los frecuentes abusos que desagradaban a Dios en el ayuno practicado por su pueblo. Se entiende fácilmente que esta práctica solo puede resultar grata a sus ojos cuando se realiza con un corazón sincero.

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Día 2: “En la escuela de la oración”

Tras haber atravesado la puerta del Miércoles de Ceniza, la liturgia tradicional nos presenta hoy un relato del profeta Isaías. Este fue enviado para transmitir una triste noticia al rey Ezequías, que estaba enfermo de muerte: «Esto dice el Señor: Haz testamento, porque vas a morir; no vivirás» (Is 38,1b).

El rey se conmovió profundamente con este mensaje, pues evidentemente no estaba aún preparado para morir. Quizá recordaba las promesas de una larga y dichosa vida para quienes guardaban la alianza. Su dolor debió de ser aún mayor al saber que tendría que morir sin dejar un heredero al trono. Así continúa el relato:

«Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: ‘¡Oh, Señor! Dígnate recordar que me he conducido en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto, haciendo lo que es recto a tus ojos.’ Y Ezequías estalló en un copioso llanto» (vv. 2-3).

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Día 1: “Un camino de conversión, penitencia y oración”

Reflexiones introductorias

Dentro del año litúrgico, la Cuaresma ocupa un lugar muy importante. Comienza hoy con el Miércoles de Ceniza y termina el Sábado Santo. Durante cuarenta días y cuarenta noches, los fieles emprenden un camino de profunda conversión con el fin de prepararse para la celebración de la Santa Pascua.

Cuarenta días y cuarenta noches duró el diluvio, cuarenta años tardó la travesía de Israel por el desierto antes de entrar en la tierra prometida, cuarenta días ayunó Moisés antes de recibir la Ley para su pueblo, cuarenta días peregrinó el profeta Elías hacia el monte Horeb y cuarenta días y cuarenta noches ayunó Nuestro Señor Jesucristo en el desierto antes de iniciar su ministerio público y darse a conocer como el Hijo de Dios.

A nivel litúrgico, este tiempo nos insta enfáticamente a meditar sobre la Pasión del Señor, la gracia del Santo Bautismo y la penitencia. Las obras clásicas que deben acompañar la Cuaresma son el ayuno, la oración y la limosna. También se suele recomendar vivirla como un tiempo de retiro, es decir, alejarse de las distracciones del mundo, evitar celebraciones y festejos innecesarios y, sobre todo, dedicar tiempo a la oración y al diálogo íntimo con Dios.

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