NO PUEDO RETENER MI AMOR

“Cuando miro en mi Corazón, no puedo retener mi amor. Siempre quiere derramarse sobre los hombres, envolverlos y donarse a ellos.”

¡Cómo arde en el Corazón de nuestro Padre el fuego del amor, queriendo entregarse a nosotros!

Así es el amor divino: siempre quiere donarse y jamás se detiene. Ciertamente, uno puede cerrarse a él. Pero esto no puede atenuar ni mucho menos extinguir el fuego en el Corazón de Dios. Aunque no lo dejemos entrar en el corazón para que pueda traernos su luz y calor, el fuego no se apaga.

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La jerarquía de los mandamientos

Mt 22,34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al enterarse de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en grupo. Entonces uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

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CONFÍA EN MÍ SIN RESERVAS

“Confía en mí sin reservas” –escuché un día en la oración.

El amor de nuestro Padre nos invita a confiar ilimitadamente en Él. No hay nada que Dios no sepa; Él nos conoce mejor que nosotros mismos, conoce nuestro corazón:

“Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.”
(Sal 138,1-3)

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Flavia Elena Augusta

La meditación de hoy queremos dedicársela a Santa Elena, Emperatriz y madre del Emperador Constantino. El 18 de agosto es considerado el día de su muerte, por lo que en esta fecha suele celebrarse su memoria en la Iglesia Católica.

En lugar de tomar una lectura bíblica, iniciaremos esta meditación con unas palabras del cántico del Magníficat:

El Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52).

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NO PERDER EL ÁNIMO

En la oración, escuché un día estas palabras: “No te desanimes cuando el mal parezca triunfar. Son victorias pírricas, victorias ficticias, después de las cuales viene la derrota y la separación definitiva entre el bien y el mal.”

Cuando notamos cómo el mal parece triunfar en el mundo y a nuestro alrededor, la gran tentación que nos sobreviene es la de perder el ánimo, tirar la toalla e indirectamente darle así mayor poder al mal. ¡Pero no debería ser así!

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La responsabilidad de los pastores

Ez 34,1-11

La palabra del Señor me fue dirigida en estos términos: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: Así dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño.

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¡NO TEMAS!

“No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío.” (Is 43,1)

El Apóstol Pablo exclama: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom 8,35), y nos asegura entonces que absolutamente nada – “ni la muerte, ni la vida, (…)  ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, (…) ni cualquier otra criatura– podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (v. 38-39).

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Soberbia satánica

Ez 28,1-10

El Señor me dirigió su palabra en estos términos: “Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor: Tu corazón se ha engreído y has dicho: ‘Soy un Dios, sentado en un trono divino, instalado en el corazón del mar.’ Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu mente a la de Dios. ¡Claro, eres más sabio que Daniel; ningún sabio se te puede comparar!

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EL AMOR DE DIOS ESTÁ SIEMPRE AHÍ

Todas las personas han de cobrar consciencia de que tienen un Padre amantísimo. Es ésta la realidad objetiva sobre la cual se cimentan sus vidas. Sólo al interiorizar esta certeza podrán despertar a la plenitud de la vida (cf. Jn 10,10b).

Es el Padre Celestial quien puede sanar todas nuestras heridas y hacernos descubrir el sentido amoroso de nuestra existencia, al dársenos a conocer. ¡Aquí reside la verdadera felicidad del hombre!

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MEDITACIONES MARIANAS – María: Esposa del Espíritu Santo

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Amada Virgen: ¡Cuántas manifestaciones del amor resplandecen en ti!

En relación con el Padre, te vemos como una amorosa hija; para el Hijo eres madre y discípula; al Espíritu Santo te une un amor esponsal.

Si ya aquí, en nuestra realidad terrenal, nos conmueve el tierno amor de una esposa humana, y podemos observar cómo ella florece y le dirige todo su corazón y su atención a su esposo, ¡cuánto más sucede así contigo, siendo así que tu Esposo es el Espíritu Santo mismo!

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