“DELÉITATE EN EL SEÑOR”

“Deléitate en el Señor, y él te dará lo que pide tu corazón” (Sal 36,4).

Deleitarse en el Señor significa tener acceso al Corazón del Padre y alegrarse en él. Esto no se refiere tanto a la alegría por lo que el Padre ha hecho y sigue haciendo por nosotros, sino más bien a deleitarse en Dios mismo. Él nos ha abierto su Corazón, de modo que podemos morar en él y movernos en su amor. La profundidad de esta alegría proviene del encuentro directo con nuestro Padre. Su amor se comunica a nuestra alma y la impregna, y ella exulta de gozo en el Señor. El amor divino despierta todas sus potencias.

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“EN TU LUZ VEMOS LA LUZ” 

“En ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz” (Sal 36,10).

Nuestro Padre quiere abrir nuestros ojos para que podamos ver. Como se relata en el Evangelio, nuestro Señor devuelve la vista a los ciegos (Mc 10,46-52). Pero un regalo aún más grande de su amor es concedernos la luz de la fe, abrir nuestros ojos espirituales y permitirnos ver con los ojos de Dios. ¡Qué diferencia con respecto a la ceguera espiritual, que impide a las personas encontrar el camino hacia Dios! Y aún más fuerte es la ceguera espiritual cuando los hombres viven en pecado. ¡Que el Señor los arrebate del poder de las tinieblas (Col 1,13) y los conduzca a su luz admirable (1Pe 2,9)!

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Estar preparados para el Retorno de Cristo

Rom 13,11-14a

Hermanos: Comportaos reconociendo el momento en que vivís. Porque ya es hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con dignidad: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo. 

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EL MONTE SANTO DEL SEÑOR 

“¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón” (Sal 24,3-4a).

El Padre llama a todos los hombres a “subir al monte del Señor”. Él los ha equipado con todo cuanto necesitan para ello. Ahora, le corresponde al hombre seguir de todo corazón esta invitación y ponerse en marcha hacia el monte santo del Señor.

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REFLEJO DEL AMOR DEL PADRE 

“Yo soy la verdadera fuente de la Ley, y vosotros debéis reflejarla. Puesto que Yo vengo a confirmaros una vez más que es una Ley del amor, vosotros deberíais ser apóstoles que, inflamados por el amor, busquen almas delicadas y suaves, para que Mi Reino de amor se expanda entre todos los hombres” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

El Padre quiere que seamos un reflejo de su amor. De muchas maneras ha de hacerse visible en cada uno de nosotros el amor de Dios. Así como nosotros, los hombres, no nos cansamos de contemplar la belleza de aquello que el Padre ha creado, asimismo –y mucho más aún– nuestro Padre se deleita en nosotros cuando ve su gloria reflejada en nuestro ser, cuando brotan de nuestro interior ríos de agua viva hacia el desierto de este mundo, cuando nos convertimos en portadores del agua de su amor:

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No adorar a la Bestia

Ap 20,1-4.11-15; 21,1-2

Yo, Juan, vi a un ángel que bajaba del cielo, llevando en su mano la llave del abismo y una gran cadena. Dominó al Dragón, la serpiente antigua –que es el diablo y Satanás– y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al abismo, lo encerró y selló el lugar. Así no volverá a seducir a las naciones, hasta que se cumplan los mil años. Después tendrá que ser soltado por un poco de tiempo. Luego vi unos tronos.

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UN CONSUELO PARA DIOS 

“Quisiera (…) que puedas dedicar media hora al día para consolarme y amarme” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

La Madre Eugenia, a quien nuestro Padre Celestial dirigió estas palabras, aclara que este deseo del Padre se extiende a todos sus hijos. En efecto, es un gran consuelo para Él que sus hijos se dirijan confiadamente a Él y le dediquen tiempo. El amor necesita este espacio donde se trata de la otra persona, del “tú”; en este caso, de Dios mismo. Recordemos que, conforme al testimonio de los Evangelios, Jesús se retiraba antes del amanecer para estar a solas con su Padre (Mc 1,35). Estos momentos son de inestimable valor: el diálogo íntimo con el Padre, la permanencia con Él…

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