“EN LA ESCUELA DE LA ENFERMEDAD”

«Mucho se aprende en la enfermedad, siempre y cuando uno está dispuesto» (San Conrado de Parzham).

Los padres de la vida espiritual —entre quienes sin duda se puede contar al santo hermano Conrado— nos muestran una y otra vez cómo podemos avanzar en nuestro camino hacia Dios. Cuando Dios permite que nos sobrevenga una cruz —y una enfermedad es una de ellas—, se nos presenta, como personas creyentes, una oportunidad para crecer y madurar. Además de poder aprovecharla en el sentido de la expiación, especialmente por tantas ofensas cometidas contra Dios y contra los hombres, nuestro Padre quiere enseñarnos algo importante a través de la enfermedad.

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Relación confiada con Dios ­– Reflexiones sobre San Conrado

Sin duda, nos maravillamos ante el testimonio de San Conrado, cuya vida fue tan fecunda en el humilde y agotador servicio de fraile portero, que desempeñó durante cuarenta y un años, hasta tres días antes de su muerte. A través de fray Conrado, los peregrinos que llegaban al santuario de Altötting podían experimentar la presencia de Dios de una forma muy cercana. Él mismo nos reveló algo del «secreto» de su amor, que lo mantenía tan íntimamente unido al Señor.

Por un lado, hemos de admirar una vida así y alabar al Señor por la obra que realizó en él y a través de él. Por otro lado, también debemos agradecer al santo por haber seguido tan atentamente la guía de nuestro Padre celestial y por haberle servido incansablemente a Él y a los hombres. También conviene pedir su intercesión para nuestro propio camino de seguimiento de Cristo. Pero podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿cómo podemos sacar el mayor provecho posible de la vida de este santo?

Se trata de que también nosotros encontremos la fuente de la que el hermano Conrado bebió en abundancia, de modo que brotaron de su interior ríos de agua viva hacia el mundo (cf. Jn 7,38). Con su habitual sencillez y bondad, nuestro santo nos mostró cómo deberíamos vivir:

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San Conrado de Parzham: apóstol de la santidad

Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.

Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.

Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:

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El purgatorio: la purificación tras la muerte

Para completar esta serie de meditaciones sobre las «postrimerías», solo nos queda abordar el tema del purgatorio, que es muy importante, aunque a menudo se malinterpreta. A pesar de su seriedad, la doctrina del purgatorio resulta muy reconfortante.

Debemos asumir que, después de la muerte, la mayoría de las personas aún no están en condición de alcanzar inmediatamente la unión plena con Dios, ya que para ello es preciso estar completamente purificados. Al mismo tiempo, esperamos que el menor número posible de almas —ojalá ninguna— se condenen en el infierno. Esto, por supuesto, queda sometido exclusivamente al Juicio misericordioso y justo de Dios. Desde este trasfondo, podemos comprender el profundo sentido de la doctrina del purgatorio. El lugar de purificación brota de la sabiduría de Dios y constituye un acto de su misericordia. Así, para aquellas personas que durante su vida terrenal no respondieron suficientemente al amor de Dios, aún existe la posibilidad de ser purificados después de la muerte.

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“El infierno”

Una reflexión sobre las «postrimerías» —las realidades últimas del hombre— quedaría incompleta si no abordáramos también la posibilidad de que el ser humano fracase en su camino. Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición de la Iglesia dan testimonio inequívoco de la existencia del infierno.

Es cierto que puede resultar aterrador hablar de ello, pero eso no justifica que se omita esta dimensión de nuestra fe. De hecho, también puede existir un «susto» provechoso que nos sacuda. San Juan Crisóstomo hizo hincapié en la importancia de esta doctrina y destacó cuán esencial es tenerla presente:

«En verdad, si pensáramos siempre en el castigo del infierno, no caeríamos tan fácilmente en él. Por eso Dios nos ha amenazado con el castigo del infierno: si su consideración no tuviera algo salvífico, no lo habría hecho. Puesto que el recuerdo de los castigos del infierno produce efectos tan positivos, Dios nos ha brindado la amenaza como un remedio sanador […]. Un alma que teme al infierno no caerá fácilmente en el pecado […]. El temor que habita en el corazón expulsa de él todo lo pecaminoso» (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses, 2,3).

Hasta aquí las palabras de san Juan Crisóstomo, que destacan especialmente la función pedagógica de la doctrina del infierno.

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El cielo: la vida eterna con Dios (II)

Como vimos en la meditación de ayer, el bien supremo que nos espera en el Cielo es la visión beatífica de Dios, que nos hará infinitamente dichosos. Algunos Padres de la Iglesia han intentado, en cierta medida, hacernos accesible lo inaccesible. Quisiera citar a continuación una de esas voces para acrecentar nuestro anhelo por lo que nos espera. San Agustín, maestro de la palabra, escribe en La Ciudad de Dios:

«¡Qué grande será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde no faltará bien alguno y donde toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo en todos! No sé qué otra cosa se podría hacer allí, donde ni por pereza cesará la actividad, ni se trabajará por necesidad (…).

Todos los miembros y partes internas del cuerpo incorruptible, que ahora vemos desempeñando diversas funciones por necesidad, se ocuparán entonces en la alabanza de Dios, ya que allí no habrá necesidad alguna, sino una felicidad plena, cierta, segura y eterna. (…) Todas las demás cosas grandes y admirables que allí se verán, encenderán las mentes racionales con el deleite de la hermosura racional en la alabanza de tan excelente artífice» (Libro XXII, capítulo 30).

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