SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Juan vio y creyó”

Los relatos del Evangelio lo confirman una y otra vez: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya! Este grito de júbilo resuena en toda la cristiandad y le da esperanza, esperanza aun en tiempos sombríos, cuando ésta parece desvanecerse, pues la Resurrección de Cristo es el signo visible de su victoria sobre el infierno y la muerte:

«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?» (1 Cor 15,55).

Este clamor no debe enmudecer jamás, sino que ha de infundir ánimo a los corazones abatidos y atravesar todas las tinieblas. ¡El Señor ha resucitado!

El Evangelio que se proclama hoy siguiendo el leccionario tradicional (Jn 20,1-9) nos conduce de vuelta donde los discípulos en la mañana del primer día de la semana. Todavía tenían que recorrer un camino hasta comprender lo sucedido en aquella noche de Resurrección. Todavía estaban a oscuras, consternados y de luto por la muerte de su Señor. ¿Qué pasará ahora después de su muerte? Jesús yacía en el sepulcro, al menos eso creían.

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“¡NUNCA TE DETENGAS!”

«Los santos están siempre llamados a crecer y a no detenerse jamás» (Palabra interior).

En nuestro seguimiento de Cristo, hay momentos en los que podemos descansar en los brazos de nuestro Padre y aflojar un poco el arco tensado, sin por eso dejarlo de lado ni perderlo de vista. Eso no nos perjudica, más bien nos libera de una severidad y tensión innecesarias. Como hijos de nuestro Padre Celestial, sabemos que Él adapta todas las cruces a nuestra medida y nos otorga la gracia necesaria para sobrellevarlas.

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“LA GRAN DICHA EN EL CIELO Y EN LA TIERRA”

«La mayor dicha de nuestra vida es asemejarnos a Jesús» (San Juan Eudes).

¡Qué alegría para ti, amado Padre, y para todos los hombres, si intentamos poner en práctica estas palabras de san Juan Eudes! En efecto, no solo nos enviaste a tu Hijo como Redentor, para que se convirtiera en el camino hacia ti, sino que también nos lo diste como modelo para que nos asemejemos a Él e incluso lleguemos a ser como Él.

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VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “El mandato del Resucitado”

«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20).

Estas son las palabras que Tú, amado Señor, dirigiste a los once discípulos en Galilea tras tu Resurrección, y permanecen vigentes para siempre.

Fueron esas santas palabras las que impulsaron a los misioneros a viajar hasta los confines de la Tierra y a servir con alegría en esta gran misión, aun en medio de las mayores penurias y sufrimientos.

Son aquellas palabras que el Espíritu Santo trae siempre a nuestra memoria para que nunca se extingan y tus discípulos no olviden jamás la misión que les encomendaste.

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“LA PRIMACÍA DE LA MISIÓN”

«Hay que servir primero a Dios» (Santa Juana de Arco).

Santa Juana de Arco no solo pronunció estas palabras, sino que también las puso en práctica, incluso en los momentos de mayor tribulación, cuando sus injustos jueces intentaban tenderle trampas durante su proceso eclesiástico para que se contradijera a sí misma. Su condena a muerte estaba decidida de antemano, como sucedió con Nuestro Señor Jesucristo.

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JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”

Amada Magdalena, con cuánta prisa te dirigiste muy de mañana al sepulcro del Señor para llorar por él, sin poder imaginar lo que allí encontrarías. Tu corazón estaba embargado por el dolor: ¡te habían arrebatado a tu amado Señor y lo habían matado con tal crueldad! ¿Quién podía consolarte?

Te quedaste junto a la tumba y diste rienda suelta a tus lágrimas. Al inclinarte hacia el sepulcro, viste a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús (Jn 20,12). Como relata el Evangelio, ellos te preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?» (v. 13).

Quedaste aún más sorprendida. ¿Dónde estaría tu Señor? ¿Y quiénes eran esos dos ángeles vestidos de blanco? ¿Sabrían ellos decirte dónde estaba el Señor? ¿Por qué ya no estaba allí, en el sitio donde lo habían colocado?

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“LA MIRADA DE JESÚS AL PADRE (II)”

Amado Padre, ayer compartí con tus hijos el maravilloso regalo que nos otorgaste hace tres años, en el santísimo día de la muerte de tu Hijo, y que permanece con nosotros hasta el día de hoy. Contemplar el Rostro del Señor, que nos atrae con su mansedumbre, es siempre un gran consuelo. En una palabra interior, el Señor nos ha exhortado: «Desde la cruz de este mundo, que causa tanto sufrimiento, elevad conmigo la mirada al Padre».

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MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “¡Es el Señor!”

«Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5).

Así se dirigió Jesús a sus discípulos cuando se les apareció por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades. Una vez más, no lo reconocieron de inmediato, pero, en esta ocasión, Jesús encontró una nueva forma de revelarse para que pudieran entenderlo fácilmente. De hecho, la mayoría de los apóstoles eran pescadores a quienes Jesús había elegido para que se convirtieran en pescadores de hombres (Mt 4,18-20).

Pero primero debían asimilar que su Señor verdaderamente había resucitado de entre los muertos. Esa nueva realidad debía calar hondo en ellos, pues posteriormente tendrían que portar al mundo entero el mensaje de su Resurrección. No podía quedarles ninguna duda y sus ojos debían abrirse por completo.

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MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Soy yo, ¡no temáis!”

«La paz esté con vosotros (…).  ¿Por qué os asustáis? (…) Soy yo mismo» (Lc 24,36.38-39).

Así se dirigió el Señor Resucitado a sus discípulos cuando se apareció en medio de ellos. Estos aún no acababan de creerlo y estaban llenos de espanto y miedo (Lc 24,37). ¿Quién era aquel que les hablaba? Aún no se les habían abierto los ojos; no podían reconocer al Resucitado.

¿Era acaso un espíritu? No, ¡era el Señor! Era el mismo con quien habían estado de camino y a quien habían seguido durante tres años, con quien habían comido y bebido; aquel que había realizado milagros ante sus ojos y los había instruido con la plenitud de la sabiduría. Sin embargo, ahora no podían reconocerlo. ¿Sería acaso un fantasma?

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“LA MIRADA DE JESÚS AL PADRE (I)”

Amado Padre, hoy me gustaría compartir con quienes siguen los «3 minutos para Abbá» un maravilloso acontecimiento con el que has bendecido a nuestra comunidad. Algunos probablemente ya lo conozcan; otros lo escucharán por primera vez.

Ocurrió el 7 de abril de 2023, Viernes Santo aquel año, a las 9 de la mañana, la hora en que inició la crucifixión de tu Hijo para redimir a la humanidad (Mc 15,25). Como es costumbre en la Iglesia Católica durante el Tiempo de Pasión, el gran crucifijo de nuestra capilla estaba cubierto con un velo morado.

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