La primera resurrección

Tras haber dedicado las tres últimas meditaciones a hablar sobre la resurrección de la carne, que podemos esperar con alegría como fieles, conviene abordar ahora el tema de la resurrección espiritual, que precede a la del cuerpo y es el requisito indispensable para afrontar la muerte con serenidad y confianza. La resurrección espiritual se denomina también «primera resurrección», en referencia al despertar del alma a la verdadera vida.

San Agustín escribe sobre este tema en La Ciudad de Dios, comentando las siguientes palabras de Jesús:

«En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5,25-26).

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La resurrección de la carne (III)

En las dos últimas meditaciones ya abordamos el tema de la resurrección corporal y pudimos constatar cuán maravilloso es el futuro que Dios ha previsto para nosotros. Los cuerpos resucitados ya no estarán sujetos a la corrupción. Tanto el alma como el cuerpo de los fieles, una vez que el Señor los haya vuelto a unir al final de los tiempos, podrán gozar para siempre de la visión beatífica de Dios.

Nuestro cuerpo resucitado poseerá cuatro gloriosas cualidades, tal y como nos enseña el Catecismo Romano de san Pío V:

«Los cuerpos resucitados de los santos tendrán ciertas propiedades maravillosas, que los harán inmensamente más nobles y espléndidos que fueron antes de la resurrección. Los Padres, apoyándose en la doctrina de San Pablo, señalaron cuatro, llamadas dotes:

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La resurrección de la carne (II)

Retomemos hoy la sana doctrina sobre la resurrección de los muertos. Esta certeza es tan esencial que san Pablo llega a afirmar: «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1Cor 15,13-14).

Puesto que nuestra fe católica nos comunica la luz de la verdad, es sanadora en todo el sentido de la palabra. No hay nada que introduzca más al ser humano en su verdadera identidad que reconocer la verdad por gracia de Dios y aceptar la salvación que Él, en su infinita misericordia, le ofrece en Cristo Jesús. Si permanece en la verdad, el Padre celestial podrá restablecer en él la imagen según la cual lo creó. En la eternidad alcanzará su plenitud. Por otro lado, no podemos pasar por alto el hecho de que el hombre, por su propia culpa, puede fallar al propósito para el cual fue creado y, en consecuencia, estar eternamente separado de Dios, sufriendo indecibles tormentos. Esta verdad de fe sobre el infierno también es provechosa, puesto que puede sacudirnos y recordarnos que tendremos que rendir cuentas de nuestra propia vida, exhortándonos así a optar por la verdad.

¿Qué sucede cuando una persona muere? La Iglesia católica enseña que, inmediatamente después de la muerte, tiene lugar el juicio particular, en el que se decide el destino eterno del difunto mediante una sentencia divina.

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“UN INSTRUMENTO IDÓNEO”

«El que se levanta tras sus caídas poniendo su confianza en Dios y con profunda humildad, se convertirá en un instrumento idóneo en las manos de Dios para realizar grandes obras. El que actúa de otra manera, nunca podrá hacer ningún bien» (San Pablo de la Cruz).

Amado Padre, cuánta sabiduría has comunicado a aquellos que te siguen fielmente y, con ella, los has introducido en tu propio ser. Así, san Pablo de la Cruz nos enseña que nadie debe desesperarse si ha sufrido una caída en su camino de seguimiento de Cristo. Antes bien, Tú solo esperas que se arrepienta y se vuelva a levantar, depositando su confianza en Ti.

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“UN AMIGO CELESTIAL”

«Ahí tienes un buen amigo, hijo mío, un gran amigo» (Palabra interior).

«El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo 6,14)

Escuché estas hermosas palabras en mi corazón y supe que el buen amigo al que se refería era el apóstol san Pablo. De hecho, me acompaña en mi camino desde hace mucho tiempo y tanto sus sabias palabras como el ejemplo de su entrega total son una luz en mi vida. Es, al mismo tiempo, un maestro y un amigo al que siempre puedo acudir.

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La resurrección de la carne (I)

A través de las meditaciones sobre la Resurrección de Cristo durante la Octava de Pascua, nos hemos adentrado en este maravilloso tiempo litúrgico, esos cuarenta días en los que el Señor Resucitado preparó a sus discípulos para la misión que les encomendaría. Aún se respira el asombro de los discípulos ante lo ocurrido, cuya realidad fueron asimilando solo poco a poco.

En lo que respecta a las meditaciones diarias posteriores, he optado por basarme en las lecturas según el rito romano tradicional. Como ya he escrito muchas meditaciones siguiendo las lecturas del nuevo calendario litúrgico, al final de cada texto se podrán encontrar uno o varios enlaces para quienes prefieran seguir ese ritmo.

Pero antes de retomar las meditaciones diarias basadas en las lecturas, nos queda un tema importante que tratar. Como aún estamos muy cerca de la Fiesta de la Resurrección de Cristo, me gustaría meditar sobre la resurrección de la carne, en la que nosotros mismos participaremos al final de los tiempos. Esto resulta aún más oportuno si tenemos en cuenta que la catequesis sobre las verdades de fe se está desvaneciendo en la Iglesia y que las enseñanzas básicas sobre las así llamadas «postrimerías» (las realidades últimas del hombre) están siendo relegadas a un segundo plano. En el peor de los casos, incluso se ponen en duda o se niegan. Al mismo tiempo, cobran fuerza las enseñanzas erróneas de otras religiones (como el hinduismo, el budismo o ciertas corrientes esotéricas) sobre la reencarnación o la transmigración del alma.

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DOMINGO IN ALBIS: “La paz del Resucitado”

¿Qué es la verdadera paz? Es aquella que procede de Dios, que brota de su corazón. Así había dicho Jesús a sus discípulos en la Última Cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

Asimismo, las primeras palabras que el Resucitado dirigió a sus discípulos, expresando en ellas lo que está previsto para todos los hombres, fueron: «La paz esté con vosotros» (Jn 20,19).

¡Qué distinto es cuando el Hijo de Dios mismo se dirige a los hombres y les asegura la paz que viene de Dios! Cuando se la acoge, esta paz atraviesa las tinieblas de la ignorancia, toca y abre los corazones cerrados y los miedos empiezan a ceder. Es la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27); la paz que surge al vivir en conformidad con la verdad y el amor, la paz que Dios ofrece a los hombres como don infinito de su bondad y que les da la verdadera vida. Jesús viene a los suyos como Resucitado. Viene como vencedor, porque ha derrotado a Satanás, ha triunfado sobre la muerte y ha pagado el precio de rescate por los hombres en la cruz: «La paz esté con vosotros». ¡Es su paz!

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