EL PADRE DA A TODOS ABUNDANTEMENTE

«Si alguno de vosotros carece de sabiduría, que la pida a Dios -que da a todos abundantemente y sin echarlo en cara-, y se la concederá» (St 1,5). 

Nadie debe afligirse por carecer de una sabiduría especial. Sabemos que Dios distribuye sus dones según su voluntad (1 Cor 12,11) y no debemos olvidar que la mayor sabiduría consiste en guardar los mandamientos de Dios y seguir a Jesucristo. Si lo hacemos, poseemos mucha más sabiduría que quien acumula toda la ciencia del mundo, pero no conoce ni obedece lo esencial.

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EL CAMINO DE ADVIENTO – Día 2: “Dios nos ama desde toda la eternidad”

El primer paso en nuestro camino de Adviento consiste en asimilar profundamente el concepto de la bondadosa Providencia de Dios, ya que éste nos permite comprender que fue el amor de Dios el que nos llamó a la existencia y nos bendice constantemente con su presencia. No somos un producto casual ni un capricho de la naturaleza, que va y viene hasta disolverse en la nada. ¡No! Dios nos ha creado para que vivamos en comunión con Él y para hacernos partícipes de su plenitud (cf. Ef 1,4-6). El Señor nos dice:

“Te llamé por tu nombre, y eres mío” (Is 43,1).

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San Cuthbert Mayne: Mártir del catolicismo en la Inglaterra anglicana

Una gran tribulación sobrevino a los fieles de Inglaterra y Gales cuando el rey Enrique VIII se separó de la autoridad de Roma en 1531 y fundó la así llamada «Iglesia de Inglaterra». La situación empeoró aún más bajo el gobierno de Isabel I. Los católicos eran tratados y perseguidos como enemigos del Estado. Ya no quedaban obispos católicos, por lo que no era posible ordenar sacerdotes católicos. La Iglesia Católica, que había tenido una posición destacada en Inglaterra, parecía a punto de extinguirse.

Pero Dios no permitió que esto sucediera.

Un sacerdote que había tenido que huir de Inglaterra, William Allen, logró fundar un seminario en Douai (Francia) para formar sacerdotes que, una vez ordenados, fueran enviados como misioneros a Inglaterra. Las vocaciones debían ser firmes, ya que en su tierra de origen les esperarían la persecución y la muerte. El propio William Allen escribió varios libros en defensa de la verdadera fe.

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San Esteban el joven: Víctima del iconoclasmo

Antes de entrar en la historia del santo de hoy, ¿qué es el iconoclasmo?

A raíz del Concilio de Calcedonia, surgió una controversia en la Iglesia de Oriente acerca de si era admisible representar a Cristo en íconos. Influenciados por la doctrina islámica de la inaccesibilidad de Dios, los detractores de las imágenes argumentaban que, al ser Cristo verdadero Dios, no podía ser representado, y consideraban que un ícono ponía demasiado énfasis en su humanidad. Los defensores de las imágenes, por el contrario, afirmaban que el Espíritu de Dios impregnaba las representaciones visibles del Dios invisible. En el año 726, el emperador León III prohibió las imágenes y ordenó su destrucción en todas las iglesias y monasterios.

Los «iconoclastas», es decir, los detractores de las imágenes, se basaban en la prohibición del Antiguo Testamento de hacer representaciones de Dios. Esta disputa, que se libró con ferocidad durante casi un siglo, finalizó cuando la Iglesia definió de forma vinculante que se podían venerar los íconos de Cristo y de los santos.

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San Barlaam y Josafat: El verdadero rey

Al acercarnos al final del año litúrgico, me gustaría hablaros de dos santos que, probablemente, hoy en día desconocemos, pero cuya historia era tan popular en la Edad Media que se decía que algunos la conocían mejor que las Sagradas Escrituras.

Se trata del ermitaño san Barlaam y el príncipe indio Josafat. Se considera como autor de su historia a san Juan Damasceno, un padre de la Iglesia nacido alrededor del año 650.

Las antiguas crónicas de la India relatan que algunos ermitaños del desierto de Tebaida se desplazaron a la tierra de los hindúes, donde habrían conquistado para el cristianismo a personas de todas las castas. Muchos de ellos imitaron el ejemplo de los apóstoles de Egipto y se dedicaron a la contemplación en la soledad. Su número era considerable, por lo que la «nueva religión» atrajo la atención de los reyes. Entonces se levantó Abener, un poderoso rey de la India cuyo reino se encontraba en las fronteras de Persia, y comenzó a perseguir a los cristianos. Él adoraba al dios Brahma y no desdeñaba ningún placer sensual. Pero, por muy rico que fuera el tesoro de su palacio y por más que sus ropas abundaran en oro y piedras preciosas, su alma era pobre en sabiduría.

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