ESCENA 1
(Una mujer ve a un hombre que parece algo perdido…)
FIEL: ¿Sois nuevo aquí en Milán?
PAULINO: Sí, vengo de un largo viaje y regreso a Roma, pero he tenido que hacer una parada aquí.
FIEL: Parecéis clérigo.
PAULINO: ¡Lo soy!
ESCENA 1
(Una mujer ve a un hombre que parece algo perdido…)
FIEL: ¿Sois nuevo aquí en Milán?
PAULINO: Sí, vengo de un largo viaje y regreso a Roma, pero he tenido que hacer una parada aquí.
FIEL: Parecéis clérigo.
PAULINO: ¡Lo soy!
Durante las tres últimas meditaciones, desarrollamos un consejo indirecto que nos da San Antonio Abad, un sabio padre del desierto. En este contexto, reflexionamos sobre el combate en lo que escuchamos, hablamos y miramos, y vimos cuán necesario es colocar estos importantes ámbitos de la vida humana bajo el dominio de Dios y defenderlos contra múltiples ataques.
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Entonces, nos queda ahora por tratar la lucha contra la impureza, que es uno de los combates más difíciles para el hombre. No sólo se refiere a la impureza a nivel corporal; sino también a las inclinaciones desordenadas a nivel espiritual y psicológico. Pero en esta ocasión nos enfocaremos en la dimensión corporal.
«Lleva en el corazón a todas las personas y tráelas a mí» (Palabra interior).
¿Cómo hacer realidad esta palabra?
Pensemos en nuestro Padre celestial. Él lleva en su corazón a todas las personas, sin excepción, y conoce a cada una por su nombre. Sin duda, quiere salvar a todas y conducirlas de regreso a su hogar eterno. Para ello, envió a su propio Hijo al mundo.
«La humildad es la verdad; nos sitúa de nuevo en nuestra condición real, porque, en realidad, ¿qué somos ante Dios?» (Santa Francisca Saverio Cabrini).
La humildad es la verdad y, por tanto, nos despierta a una visión real de nuestra vida. ¡Qué absurda es la soberbia, que empaña nuestra mirada y, con el tiempo, nos ciega! Basta con pensar en el ángel caído, que se embriagó de su propia belleza y, en su delirio, se rebeló contra nuestro Padre Celestial.
Retomemos una vez más la meditación de estas palabras de San Antonio Abad:
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Los dos últimos días, habíamos reflexionado acerca del combate contra lo que escuchamos y contra lo que hablamos. Hoy nos dedicaremos a la lucha en relación con lo que miramos.
En la meditación de hoy, continuamos con el tema que habíamos iniciado ayer, en la memoria de San Antonio Abad. Volvamos a escuchar las palabras de este padre del desierto, para seguir describiendo el combate que los cristianos estamos llamados a librar:
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Ayer habíamos reflexionado acerca de la escucha; hoy meditaremos sobre el combate en el hablar. San Antonio, estando en el desierto, aprendió a callar. Pero, conforme a sus palabras, también cultivaba una calma en el corazón, con lo cual se refiere a un recogimiento interior, una paz que va creciendo conforme vivamos en un diálogo confiado con Dios y nos enfoquemos totalmente en Él.
«No te desanimes si otros te rechazan o incluso te odian. Permanece en el amor, que soy Yo mismo. Tal vez así puedas conquistarlos» (Palabra interior).
Sin duda, es difícil soportar el rechazo de otras personas, pues hemos sido creados por nuestro Padre celestial por amor y para el amor. En la senda del amor, nuestra vida puede desarrollarse en verdadera armonía. En cierto sentido, el rechazo y el odio cuestionan nuestra existencia, más aún cuando se trata de personas que han sido o son cercanas a nosotros.
«En la guerra la victoria no depende del número de soldados, sino de la fuerza que viene del Cielo» (1Mac 3,19).
Probablemente, en la Iglesia militante quede solo un pequeño rebaño que se defiende de los ataques y las insidias del Maligno. ¿Un motivo para rendirse? ¡De ninguna manera! El versículo previo del Libro de Macabeos dice así: «Es fácil que una multitud caiga en manos de unos pocos. Al Cielo le da lo mismo salvar con muchos que con pocos» (1Mac 3,18).
Ef 6,10-13.18
Lectura correspondiente a la memoria de San Antonio Abad
Hermanos, fortaleceos por medio del Señor, de su fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no va dirigida contra simples seres humanos, sino contra los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto; y manteneros firmes después de haber vencido todo. Manteneos siempre en la oración y en la súplica, orando en toda ocasión por medio del Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos.
«Te doy gracias, porque me has formado portentosamente, porque son admirables tus obras» (Sal 138,14).
¿Se lo hemos dicho alguna vez a nuestro Padre Celestial? ¿Hemos intentado mirarnos a nosotros mismos tal y como Dios nos mira y tomar conciencia del amor con el que nos ha llamado a la existencia? ¿Le hemos dado las gracias de todo corazón?