La autoridad de Jesús

Mc 1,21-28

Llegados a Cafarnaún, Jesús entró el sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Y la gente quedaba asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.” Jesús, entonces, le conminó: “Cállate y sal de él.” Y el espíritu inmundo lo agitó violentamente, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados, de tal manera que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Da órdenes incluso a los espíritus inmundos, y le obedecen.” Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

leer más

San Elredo de Rievaulx: Un ardiente abad cisterciense

Tras la serie de meditaciones sobre la Epístola de Santiago, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: presentar la vida de algunos santos.

El santo de hoy, San Elredo, nació en Hexham (Inglaterra) en 1109. Sus padres, reconocidos en el mundo por su origen noble, se preocuparon especialmente por su educación. En su juventud, Elredo gozó de una amplia formación clásica en el monasterio benedictino de Durham. En la época del rey David I (1124-1153), vivió en la corte real escocesa: primero, como compañero de los príncipes de Escocia y, posteriormente, como economista.

leer más

El poder de la oración

St 5,13-20

¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Así pues, confesaos unos a otros los pecados, y rezad unos por otros, para que seáis curados. La oración fervorosa del justo puede mucho. Elías era un hombre de igual condición que nosotros; y rezó fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después rezó de nuevo, y el cielo dio lluvia y la tierra germinó su fruto. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados. leer más

Exhortación a la perseverancia

St 5,7-12

Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y las tardías. Tened también vosotros paciencia, fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para que no seáis juzgados; mirad que el Juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como modelos de una vida sufrida y paciente a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. Mirad cómo proclamamos bienaventurados a quienes sufrieron con paciencia. Habéis oído de la paciencia de Job y habéis visto el desenlace que el Señor le dio, porque el Señor es entrañablemente compasivo y misericordioso. Ante todo, hermanos míos, no juréis: ni por el cielo ni por la tierra, ni con cualquier otro juramento. Que vuestro sí sea sí y que vuestro no sea no, para que no incurráis en sentencia condenatoria.

leer más

Responsabilidad ante Dios

St 4,13–5,6

Atended ahora los que decís: ‘Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí un año, negociaremos y obtendremos buenas ganancias’. ¿Cómo habláis así, si ni siquiera sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana? ¡Sois vapor de agua que aparece un instante y enseguida se evapora! En lugar de decir: ‘Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello’, os jactáis y fanfarroneáis, sin advertir que toda jactancia de este tipo es mala. Por tanto, el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado. Atended ahora los ricos: llorad a gritos por las desgracias que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida, y vuestros vestidos consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos, y su moho servirá de testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como si fuera fuego.

leer más

La clave para la verdadera paz

St 4,1-12

¿De dónde proceden las guerras y las peleas entre vosotros? ¿Acaso no provienen de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y tenéis envidia, y no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no obtenéis, porque pedís mal, para derrochar en vuestros placeres. ¡Almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: ‘Celosamente nos ama el Espíritu que habita en nosotros’? Pero mayor es la gracia que da; por eso dice: ‘Dios resiste a los soberbios’, ‘y a los humildes da la gracia’. Por eso, estad sujetos a Dios.

leer más

La sabiduría de lo alto 

St 3,1-18

Hermanos míos, no pretendáis muchos ser maestros, sabiendo que tendremos un juicio más severo; porque todos caemos con frecuencia. Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo su cuerpo. Si ponemos frenos en la boca a los caballos para que nos obedezcan, dirigimos todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean tan grandes y las empujen vientos fuertes, un pequeño timón las dirige adonde quiere la voluntad del piloto. Del mismo modo, la lengua es un miembro pequeño, pero va presumiendo de grandes cosas. ¡Mirad qué poco fuego basta para quemar un gran bosque! Así también la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento. 

leer más

Fe y obras

St 2,14-26

¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Acaso la fe podrá salvarle? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento cotidiano, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y saciaos’, pero no le dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta. Pero alguno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien; pero también los demonios lo creen, y se estremecen’. 

leer más

Trato hacia ricos y pobres

St 2,1-13

Hermanos míos, no intentéis conciliar la fe en nuestro Señor Jesucristo, glorioso, con la acepción de personas. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con anillo de oro y vestido espléndido, y entra también un pobre mal vestido. Y os fijáis en el que lleva el vestido espléndido y le decís: ‘Tú, siéntate aquí, en buen sitio’; y, en cambio, al pobre le decís: ‘Tú, quédate ahí’, o ‘siéntate en el suelo, a mis pies’. ¿No estáis haciendo entonces distinciones entre vosotros y juzgando con criterios perversos? Escuchad, hermanos míos queridísimos: ¿acaso no escogió Dios a los pobres según el mundo, para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis deshonrado al pobre.

leer más

Diligentes para escuchar y tardos para hablar

St 1,19-27

Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar, tardo para hablar y tardo para la ira; porque la ira del hombre no hace lo que es justo ante Dios. Por eso, desechad todo tipo de inmundicia y de maldad, y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica, es como un hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era. En cambio, quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella -no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra- ése será bienaventurado al llevarla a la práctica. Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vana. La religiosidad pura e intachable ante Dios Padre es ésta: ayudar a huérfanos y viudas en su tribulación y guardarse incontaminado de este mundo. leer más