NUESTRO FUTURO CELESTIAL 

“Oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos. Ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Entonces el que está sentado en el trono dijo: ‘Mira, hago nuevas todas las cosas’” (Ap 21,3.5).

¿Cuál es el futuro que nos aguarda si permanecemos fieles a nuestro Padre? Los últimos capítulos del Apocalipsis nos dan la respuesta: lo que nos espera es la comunión eterna con Dios, la morada del Señor en medio de su pueblo.

“No vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero. Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor. Sus puertas no se cerrarán con el día – porque allí no habrá noche – y traerán a ella el esplendor y los tesoros de las naciones” (Ap 21,22-26).

Si centramos cada vez más nuestro corazón en la eternidad y avanzamos conscientemente hacia ella, entonces se activarán todas nuestras fuerzas para cumplir la misión que nos ha sido encomendada en este mundo. Al mismo tiempo, crecerá el anhelo de estar para siempre con nuestro Padre, que enjugará todas nuestras lágrimas allí donde no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4).

Este es el maravilloso futuro que nos espera y que es capaz de darnos fuerza y consuelo cuando las cargas terrenales parecen aplastarnos. Como hijos de nuestro Padre, debemos convertirnos en “hombres celestiales” (1Cor 15,49), que tienen en vista una meta y la persiguen, como atestigua San Pablo:

“Olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús” (Fil 3,13).

¡Hay que hacerlo realidad!