LA CONSTANTE PRESENCIA DEL PADRE 

“Pensad que no vivís solos; sino que un Padre que está por encima de todos los padres vive cerca de vosotros; más aún, vive en vosotros, piensa en vosotros y os invita a participar de los incomprensibles privilegios de su amor” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre exhorta a todos los hombres a pensar en Él. Estas palabras suyas nos recuerdan a la exhortación que San Benito dirigía a sus monjes, llamándoles a hacerlo todo bajo la presencia de Dios.

Es un consejo que nos dan todos los maestros de la vida espiritual, porque es invaluable para que se despliegue nuestra relación con Dios.

Con demasiada frecuencia y demasiada rapidez, nos dejamos llevar por el dinamismo de los acontecimientos, olvidándonos de la presencia de nuestro Padre y distrayéndonos fácilmente. En consecuencia, nos resulta más difícil contemplar a la luz de Dios las situaciones dadas y encontrarles la solución adecuada, que el espíritu de consejo nos muestra cuando permanecemos abiertos a la guía de Dios. Además, la pérdida de vigilancia espiritual conlleva el peligro de que apenas percibamos las mociones más sutiles del Espíritu Santo y, por tanto, actuemos más según los criterios humanos e inclinaciones de nuestra naturaleza que según la sabiduría del Espíritu.

En cambio, cuando cobramos consciencia de la amorosa presencia de nuestro Padre, su amor penetra cada vez más en nuestro corazón y nos habituamos a un trato confiado con Él, aquel trato que Él tanto desea y que es nuestra mayor dicha. Así, la relación con nuestro Padre adquiere un brillo de aquella gozosa naturalidad con la que el hombre vivía con Dios antes de caer en el pecado y que nos espera en la eternidad.

Esa es la intención de nuestro Padre, pues Él sabe bien que el hombre puede alejarse tremendamente de la fuente del amor y, por tanto, perder el rumbo en su vida. Por eso el hombre debe enterarse de que tiene un Padre incomparablemente bueno, que no sólo no está lejos del hombre ni es el gran desconocido, sino que, movido por el amor, se le da a conocer e incluso quiere morar en él, haciéndolo partícipe de su plenitud.

De esta manera, el pensar en su presencia no es solamente un ejercicio espiritual para contrarrestar la dispersión, sino que nos lleva a sabernos hijos predilectos del Padre Celestial, a quienes Él acompaña a lo largo del camino de la vida, sin negarles nunca su amor.