LA ADORACIÓN DEL PADRE 

“Sin descanso repiten día y noche: ‘’Santo, santo, santo es el Señor, el Dios Todopoderoso, el que era, el que es, el que va a venir’” (Ap 4,8). 

Así describe San Juan la adoración de nuestro Padre en su Trono celestial. En la visión apocalíptica, el Apóstol vio veinticuatro ancianos y cuatro vivientes que alababan sin cesar la gloria de Dios.

Todo esto nos espera en la eternidad, cuando hayamos concluido el “noble combate” en nuestra vida terrenal. Allí, en la eternidad, poseeremos un conocimiento pleno de Dios y uniremos nuestras voces a la alabanza de los ángeles y santos. Será nuestra alegría conocer cada vez más profundamente a nuestro Padre y tener la certeza de que nunca más nos desviaremos de sus caminos y que ahora podremos acoger sin reservas su amor. Esto es lo que Dios tiene preparado para los que lo aman (1Cor 2,9). Jesús se nos adelantó para prepararnos las moradas (Jn 14,2).

Por la fe, podemos unir desde ya nuestras voces a la alabanza eterna, aunque estemos aún en este “valle de lágrimas”. A nuestro Padre le agradará sobremanera que ya aquí y ahora le rindamos la misma gloria que en la eternidad le ofreceremos con profundo gozo y naturalidad.

En la liturgia de la Iglesia se refleja algo del esplendor de la adoración celestial, siempre y cuando no sea distorsionada por banalidades y una falsa adaptación al mundo. La visión de la liturgia celestial nos invita a glorificar al Padre ya aquí en la tierra, especialmente a través del Santo Sacrificio de la Misa, en la que el sacerdote ofrece el sacrificio grato al Señor, el sacrificio que trae la salvación al mundo.

Sin duda, los santos ángeles están presentes cuando resuena el “Gloria a Dios en las alturas” (Lc 2,14), el mismo canto que oyeron los pastores en Belén antes de salir presurosos a buscar al Niño que les había sido anunciado. Los ángeles junto con los santos siempre nos apoyarán para que rindamos a nuestro Padre Celestial la gloria que Él merece y que llena de regocijo a todos los que le aman.