EL CONSUELO CELESTIAL 

“Ya no pasarán hambre, ni tendrán sed, no les agobiará el sol, ni calor alguno, pues el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor, que los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7,16-17).

Todas las penurias terrenales han llegado a su fin para aquellos que dieron testimonio de nuestro Padre y del Cordero, permaneciéndoles fieles hasta la muerte. Ellos recibirán el gran consuelo del Espíritu Santo y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.

¡Qué gesto tan amoroso de nuestro Padre!

Con infinito amor recibirá a los suyos y los dejará reposar en su Corazón. Todo quedará sanado y ya no faltará nada. Ahora el Padre podrá dar sin límites a sus hijos todo lo que les tiene preparado.

El hambre y la sed, las penurias y fatigas habrán terminado, y entonces estaremos agradecidos por cada instante en el que hayamos servido a nuestro Padre con los esfuerzos de esta vida terrenal. Él no se dejará ganar en generosidad, y nos retribuirá todo permitiéndonos vivir cerca de Él por toda la eternidad.

¡Qué hermosa perspectiva! ¡Cuán corto es el tiempo de nuestra vida terrenal, como un abrir y cerrar de ojos en comparación con la eternidad!

Y esta gloria que nos espera no sólo no está lejos; sino que viene a nuestro encuentro ya durante nuestra vida terrenal, aunque todavía veamos “como a través de un espejo, borrosamente”, como nos dice el Apóstol de los Gentiles (1Cor 13,12). Ya ahora somos consolados, ya ahora podemos entrar en ese diálogo de amor con Dios que llegará a su plenitud en la eternidad, ya ahora el Señor no nos deja simplemente a merced de las penurias y fatigas de este mundo, sino que nos llama: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Ya ahora nos conduce a las fuentes de la vida y nos alimenta con el pan de los ángeles.

Sin embargo, nos ayuda la visión de la eternidad y la certeza de que nuestro Padre nos espera allí y nos da la oportunidad de traerle abundante fruto con las obras del amor que hayamos practicado. No sólo somos nosotros quienes esperamos al Señor; sino que también Él nos espera a nosotros para abrazarnos con su amor. Así empieza a crecer nuestro amor y el anhelo de estar pronto con el Señor, y esto puede convertírsenos en motivación para aprovechar lo más fructíferamente posible el tiempo que nos queda en este mundo: para la gloria del Padre y la salvación de las almas.