Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
______________________________________________________
Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
______________________________________________________
Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:
«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).
San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.
Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).
El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.
Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).
En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).
Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.
«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).
Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.
Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:
«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).
Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».
Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.
El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.
En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:
Meditación sobre el evangelio del día:
