Amado Padre, en el evangelio de hoy volvemos a encontrarnos indirectamente con aquellos poderíos que se rebelaron contra ti. ¡Te agradecemos infinitamente porque tu Hijo ha liberado a la humanidad de su poder! No obstante, esperamos con ansias el momento en que la luz y las tinieblas se separen de forma definitiva y nunca más seamos atacados por ellas en la eternidad.
Por ahora, todavía estamos en camino y, cuando te somos fieles y anunciamos tu Reino a través de nuestra vida y nuestra palabra, los espíritus del mal se inquietan e intentan perturbarnos. Debemos soportarlo y aprender a verlo como un desafío que se nos presenta para oponerles resistencia con tu poder. De hecho, Tú no nos eximes de este combate, sino que quieres que lo libremos con determinación y vigilancia.
Pero siempre debemos cuidarnos de no prestar demasiada atención a estos espíritus malignos, ni mucho menos dejarnos fascinar por ellos pretendiendo escudriñar «las profundidades de Satanás» (cf. Ap 2,24). Al fin y al cabo, ¿qué podríamos aprender de ellos si no viven en la verdad ni en el amor?, ¿por qué habríamos de prestarles oído o dejarnos impresionar por imágenes y películas de este mundo oscuro?
Eso no te agradaría, porque, digan lo que digan los demonios, la mentira está entretejida en todas sus palabras, incluso cuando se valen de ciertas citas de la Sagrada Escritura para engañar.
No, amado Padre, solo a ti queremos escucharte. Tú nos has revelado tu maravillosa Palabra y, en tu Hijo, nos has descubierto los tesoros de la sabiduría y la ciencia (Col 2, 3). A tu Iglesia le has confiado un auténtico Magisterio, al que escuchamos gustosamente cuando anuncia la verdad sin alteraciones. En cambio, cada mentira y cada error infligen una herida a nuestra alma. Ella empieza a marchitarse y pide el verdadero alimento, que Tú nos brindas en abundancia si tan solo lo buscamos. ¡A ti, Padre, te escuchamos! ¡Eso basta!
