“Venga a nosotros tu Reino” (Mt 6,10).
¿La edificación del Reino de Dios aquí en la tierra es solo un hermoso sueño o un piadoso deseo? ¿Es una promesa cuyo cumplimiento está pendiente o es un mero recuerdo del Paraíso perdido?
Jesús nos enseñó a orar así, y esta petición se eleva desde todos los rincones del mundo. Por tanto, no puede ser una mera ilusión, sino una súplica a Dios para que su Reino, que ya existe en el cielo, se haga realidad también en la tierra.
El cumplimiento de esta petición depende de nosotros, los hombres, pues sus condiciones están predeterminadas. Pero el Reino de Dios se establecerá primeramente en el interior de la persona a través de la gracia. Cuando aceptamos la invitación de Dios y acogemos su amor, viviendo de acuerdo con sus preceptos, el Reino de Dios empieza a hacerse realidad en nosotros. La paz con Dios hace posible vivir en paz con los demás, al menos en la medida en que esto dependa de nosotros. Esto sucede por gracia, ya que, al asemejarnos a nuestro Señor, podemos convertirnos en pacificadores.
En realidad, no es tan difícil. Ciertamente, aquí y allá ya empieza a vislumbrarse este Reino entre las personas. Dondequiera que se adore a Dios en espíritu y en verdad, la semilla está sembrada. Y, sin embargo…
En el Mensaje a la Madre Eugenia, nuestro Padre mismo pregunta: “¿Ha llegado ya mi Reino?”
Nuevamente, tenemos que responder con honestidad que apenas se ha cumplido esta petición, quizá aquí y allá…
Sin duda, la verdadera paz formará parte del Reino de Dios. Pero esta paz aún no se ha extendido por la tierra, aunque la Sagrada Escritura habla de ella: “Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos” (Sal 45,10).