«¿De dónde proceden las guerras entre vosotros?» —se pregunta el apóstol Santiago—, y él mismo da la respuesta: «¿Acaso no provienen de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Lucháis y os hacéis la guerra» (St 4,1-2).
Existen caminos hacia la verdadera paz, y las palabras de Santiago nos dan una pista. Si queremos contribuir a la paz que nuestro Padre celestial quiere conceder a la humanidad, debemos comenzar por nosotros mismos, refrenando las pasiones destructivas que habitan en nuestro interior.
Pero eso no basta. Ante todo, debemos volvernos de corazón hacia ti, amado Padre, y asimilar más profundamente tu amor. ¿Cómo seríamos capaces, de otro modo, de perdonar incluso a nuestros enemigos? ¡Nuestro amor humano no sería suficiente!
¿Cómo podemos convertirnos en una «flor de paz»? ¿No emanaría de ella al menos algo del dulce aroma de la Virgen María, de la claridad del Espíritu Santo, de la pureza de los ángeles, de la fortaleza de tus santos?
Sin duda, sería un aroma maravilloso, quizá similar al de un buen incienso, como cuando las oraciones de los santos se elevan hacia ti (cf. Ap 5, 8).
En todo caso, sería una hermosa flor creciendo en el jardín de tu amor y como una higuera que da frutos a su tiempo. ¡Y en nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, tendríamos al mejor jardinero! Se deleitaría sobremanera en ver que la flor de la paz, alimentada por su Palabra y purificada por su Sangre, floreciera para tu gloria.
Sin embargo, la «flor de la paz» tendrá que enfrentarse a un gran reto. Todavía no puede vivir en la tranquilidad del jardín celestial, sino que debe demostrar su valía entre espinas y abrojos si quiere servir a la paz en la Tierra.
