“UNA DULCE MUERTE”  

«¡Oh, cuán dulce es morir cuando se ha estado lleno de fiel devoción al Corazón de Aquel que habrá de juzgarnos!» (Santa Margarita María Alacoque).

¡Tienes razón, querida Margarita María Alacoque, porque entonces el corazón ya ha despertado al verdadero amor! ¿Qué podría ser más hermoso que alcanzar la plena unión con Aquel a quien ama nuestro corazón? En este caso, la devoción al Corazón del Redentor habría allanado el camino para que su amor se derramara en nuestro corazón y lo inflamara. Entonces, la muerte pierde cada vez más su espanto. Ya no es el último enemigo al que debemos temer (cf. 1 Co 15, 26), sino que incluso crece el anhelo de que llegue la hora, no porque nos hayamos cansado de la vida, sino porque anhelamos tanto a nuestro Señor que aspiramos a que cada día nos acerque más a la eternidad.

Al venerar el Corazón de nuestro Redentor, recordamos que en él se nos revela el amor del Padre celestial. En el Mensaje a sor Eugenia, nuestro Padre describe cómo hace pasar la fuente de su amor a través del Corazón de su Hijo para que llegue hasta nosotros. Puesto que el amor es una fuerza unificadora, atrae a nuestra alma hacia sí. Ella sabe que su verdadero hogar está en el Padre celestial y, cuanto más se ha desprendido de todo lo pasajero, más anhela el amor que nunca pasa.

El alma que ha despertado al amor confía en su Padre celestial y en Aquel a quien Él ha entregado el juicio (Jn 5,22). Se sabe amada con un amor infinito y, así, no solo perderá el miedo a la muerte, sino que se acercará conscientemente a ella cada día. Estará agradecida por cada día transcurrido en la gracia de Dios, sabiendo muy bien que «no tenemos aquí [en la tierra] ciudad permanente, sino que vamos en busca de la venidera» (Hb 13,14).