“UNA CASTA GUARDIANA”  

«La castidad es la guardiana de la belleza del alma» (Palabra inspirada).

Con frecuencia, los místicos describen la belleza originaria del alma y se extasían ante la maravilla de la obra que realizó el Señor al crear al hombre. San Gregorio Nacianceno, por ejemplo, lo describe en estos términos:

«No es el cielo el que fue creado a imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni la belleza de las estrellas, ni ninguna otra cosa que exista en la creación. Solo tú, alma humana, te has convertido en imagen de la naturaleza que supera todo entendimiento, semejanza de la belleza imperecedera, huella de la verdadera divinidad, receptáculo de la vida bienaventurada, imagen de la verdadera luz».

A causa del pecado, esta belleza inocente y originaria del alma se ha visto perturbada. Sin embargo, nuestro Padre no ha escatimado esfuerzos para restaurarla, lavando nuestra alma con la sangre de su propio Hijo y haciéndola renacer así en todo su esplendor.

Ahora nos corresponde preservar esta belleza. Para ello, la virtud de la castidad viene en nuestro auxilio. Del mismo modo que la castidad vela para que no cedamos a las tentaciones de la carne y suframos heridas profundas que nos mancillen y nos hagan perder la belleza de la virginidad, también custodia como guardiana de nuestra alma para que ella no se deje llevar por pensamientos erróneos o falsas doctrinas, sino que se aferre a la verdad de la Sagrada Escritura y a la doctrina de la Iglesia. En efecto, todas las doctrinas que se apartan de Dios también infligen profundas heridas al alma y al espíritu, los contaminan y oscurecen su luz.

Así, en cooperación con el Espíritu Santo, la castidad se convierte en guardiana de la belleza con la que Dios nos ha dotado al crearnos a su imagen.