“UN CORAZÓN PURO EN EL EJÉRCITO DEL CORDERO”

Habiendo purificado nuestro corazón, amado Padre, podremos atrevernos aún más a emprender cosas grandes sin descuidar las pequeñas. ¿Acaso san Pablo no dio el buen testimonio de la fe ante los grandes de este mundo (cf. Hch 26)? ¿No denunciaron Elías y Juan Bautista intrépidamente a los reyes el mal que estos cometían (1Re 18,17-18 y Mt 14,3-4)? ¿Y los apóstoles no dieron un valiente testimonio de tu amado Hijo ante el Sanedrín (Hch 4,1-20)? ¿Quién les hizo capaces de ello, si no Tú? Tú les comunicaste el espíritu de fortaleza. Y ese mismo espíritu es el que necesitamos hoy para resistir a las maquinaciones de los espíritus malignos y de las personas que, consciente o inconscientemente, cooperan con ellos.

Hoy, Padre amado, necesitamos de forma especial tu fortaleza, porque un espíritu anticristiano ha tomado el control en gran medida, tanto en el mundo como incluso en la Iglesia.

Cuanto más hayas purificado nuestro corazón, tanto más podrá actuar en él tu espíritu de fortaleza, oponiéndose a estas maquinaciones. Entonces, nuestras pasiones estarán más refrenadas y al servicio de la verdadera paz.

Cuanto más actúe en nosotros la fuerza de tu amor y hayamos refrenado, o incluso superado en gran medida, nuestras malas inclinaciones, más podrá este amor, en toda su pureza, contrarrestar la influencia del espíritu anticristiano. Cuanto más se purifique el corazón y sane de su ceguera, más rápido podrá detectar y rechazar este espíritu impuro.

Amado Padre, ayúdanos a trabajar en nuestro corazón y concédenos un corazón nuevo; un corazón puro que te ame por encima de todo. Haz que esté dispuesto a defender la verdadera fe en el ejército del Cordero y a luchar para debilitar aquellas fuerzas que quieren arrastrar a los hombres a la perdición.